oh bachito, bachito, bachito.

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La tarde descendía con una lentitud densa, casi pesada, como si el calor del sol se aferrara con uñas invisibles a cada rincón del pequeño parque detrás de la escuela. Una escuela que, para muchos, nunca fue la primera opción. Algunos decían que era un castigo del destino acabar ahí. Otros, simplemente, no esperaban nada bueno del lugar. Pero con el paso de los días, los meses y las miradas cruzadas en los pasillos, todos terminaban encontrando algo que los ataba: recuerdos, afectos, secretos… o personas que, de no haber sido por esa escuela, nunca habrían conocido.

Erick era uno de esos casos. Un tipo que, en apariencia, no hablaba más de lo necesario. Siempre con ese aire silencioso y la espalda recargada contra la pared más lejana del salón. Sin embargo, sus amigas lo habían ido empujando con risitas y codazos hacia algo más... algo que ni él mismo se habría permitido imaginar: Santiago.

Santiago, con esa manera de reírse sin razón aparente, con sus ojos que sabían exactamente cuándo mirar y cuándo quitar la vista, y con esa forma de hablar que a veces parecía broma, a veces reto, y otras tantas promesa.

—No sé si esto sea una buena idea —murmuró Erick, aunque sus manos ya estaban entrelazadas con las de Santiago, caminando juntos hacia ese rincón oculto entre los árboles del parque.—

—¿Y desde cuándo te importan las buenas ideas? —rió Santiago, acercándose peligrosamente a su rostro.—

Erick no respondió. El vodka aún le quemaba levemente en la garganta, mezclado con la adrenalina que lo hacía sentirse vivo, deseado, observado. Aunque no lo dijeran en voz alta, sabían que estaban siendo grabados. Las amigas de ambos, escondidas tras los arbustos o sentadas en alguna banca con los celulares en mano, ya lo habían anunciado con risas cómplices.

—Vamos a darles un buen show, ¿no? —susurró Santiago, dejando que sus labios rozaran los de Erick, apenas, como un juego cruel.—

—¿Así de fácil? —replicó Erick, su voz ronca, entre el escepticismo y la provocación.

—¿Fácil? No. Te he querido besar desde hace semanas. Esto no es fácil… es inevitable.

Y entonces, sin más palabras, se encontraron en un beso que no era suave ni tímido. Era algo más. Había urgencia, deseo contenido, electricidad mezclada con el sabor metálico del alcohol que ambos compartían. Santiago tomó a Erick por la nuca, dominando el ángulo, profundizando el contacto, mientras el otro se dejaba llevar, con un leve gemido que se perdió entre el follaje y el murmullo del viento vespertino.

Las risitas lejanas no los detenían. Al contrario, encendían aún más el fuego entre ellos. Había una cámara grabando, sí, pero no importaba. En ese momento no estaban en la escuela, ni en el parque, ni siquiera en el planeta. Estaban en una dimensión íntima, creada entre sus bocas, sus respiraciones entrecortadas y el temblor leve de las manos que comenzaban a recorrer caminos prohibidos.

—¿Te das cuenta de lo que estamos haciendo? —preguntó Erick, jadeando apenas, con la frente contra la de Santiago.

—Claro que sí —respondió el otro, con una sonrisa torcida— y no pienso detenerme.

Y volvió a besarlo, más fuerte esta vez. Más descarado. Como si quisiera marcarlo. Como si el vodka no fuese suficiente y necesitara probarlo otra vez, directamente de su lengua.

Esa tarde no fue como las demás. Porque esa escuela, por más que la hubieran despreciado al principio, les dio un rincón secreto, una excusa para mirarse de nuevo en clase al día siguiente… y quizás, la primera chispa de algo que ninguno de los dos tenía planeado, pero ambos necesitaban.

Pero mucho antes de ese beso robado en el parque, antes del ardor del vodka y de la adrenalina de ser grabado mientras sus labios se unían a los de Santiago, Erick era simplemente… él. Un chico que no era exactamente el más sociable, pero que tampoco se perdía en las sombras. Su personalidad era más compleja de lo que muchos pensaban. Podía parecer reservado al principio, con su andar tranquilo y su mirada siempre atenta, pero bastaba rascar un poco más allá de la superficie para descubrir que Erick, en realidad, era mucho más extrovertido de lo que dejaba ver. Solo necesitaba el entorno correcto. Las personas correctas.

Azótame Where stories live. Discover now