Alejandra Villarreal siempre ha sido de las que llegan gritando al salón. No porque grite literal —bueno, a veces— sino porque su sola entrada es como una ráfaga: mochila colgando de un solo hombro, moño chueco, zapatos medio desabrochados, ideas a mil por hora.
—¡Miss! ¡Se me olvidó la cartulina, pero sí hice el dibujo! —dice con una sonrisa que suele funcionar más de lo que debería.
Emily Neville, en cambio, entra callada. Puntual. Con todo en orden. Su mochila parece recién comprada cada día, y su letra, aunque pequeña, es perfecta.
Van en el mismo salón desde hace dos años, pero nunca se sientan juntas. Ale va con sus amigas ruidosas, las que juegan a ser cantantes o se empujan de la risa en el recreo. Emily se queda en la esquina del patio, leyendo o mirando a las palomas. A veces escribe cosas en una libreta azul que nunca deja que nadie vea.
Lo raro es que se conocen desde antes. Desde siempre, en realidad. Sus mamás son amigas y se ven en reuniones cada tanto. Ale ha ido mil veces a la casa de Emily. Han comido pizza juntas, jugado a las muñecas, armado rompecabezas. Pero en la escuela... no.
En la escuela, Ale casi nunca le habla. Y Emily tampoco lo intenta.
Una vez, cuando Ale se lastimó la rodilla en educación física, fue Emily quien se acercó primero. Le limpió con una toallita húmeda de su mochila sin decir palabra. Solo la miró como si supiera exactamente lo que tenía que hacer.
—Gracias... —murmuró Ale, sorprendida.
Emily solo asintió con la cabeza. Luego se fue, caminando como si nada.
Ale se quedó viendo su espalda.
¿Por qué me puso nerviosa eso? pensó.
Solo me ayudó. Como una mamá. O una enfermera. O algo.
Pero esa noche, en casa, cuando se estaba bañando, volvió a pensar en los ojos de Emily: tranquilos, claros, serios.
Y al día siguiente, en clase, cuando la maestra pidió equipos de tres, Ale eligió a cualquier otra persona. Cualquiera menos a Emily.
No sabía por qué.
Solo sabía que, cuando la tenía cerca, el pecho se le hacía chiquito. Como si no pudiera respirar igual.
—¿Y ustedes no vienen? —pregunta Mony desde la puerta, mirando a sus hijas mayores.
—¿A un desayuno de señoras? No, gracias —responde Dany, riendo mientras se acomoda en el sillón con su teléfono.
—Además, ya estamos grandes —añade Pau, con tono burlón, sin despegarse de la pantalla de su tablet.
Mony pone los ojos en blanco, pero no discute. Está acostumbrada.
—Pues nos vamos entonces —dice, ajustándose los lentes de sol. Se gira hacia Ale—. Tú sí vienes, chiquita. No me vas a dejar sola con puras adultas.
—¡Ugh! —protesta Ale, cruzándose de brazos. Pero igual se pone los zapatos.
Alicia, la mamá de Emily, entra justo en ese momento, con su hija al lado. Emily lleva un suéter azul y una trenza mal hecha que se le deshace un poco a cada paso.
—¿Están listas? —pregunta Alicia con una sonrisa tranquila.
—Más o menos —responde Mony, mirando a Ale, que arrastra los pies como si fuera al dentista.
En el coche, Ale y Emily van atrás. Al principio no se hablan. Mony y Alicia conversan de cosas aburridas: la nueva vecina, la escuela, una tienda de zapatos.
Emily mira por la ventana. Ale tamborilea los dedos en la pierna.
Llegan al restaurante, uno de esos con terraza y juegos infantiles. Las mamás piden desayuno. Las niñas se quedan sentadas un rato, cada una con su jugo. Pero no hablan.
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Forget You.
FanfictionAlejandra y Emily se conocen desde que eran niñas. Sus mamás son amigas, ellas no tanto. En la escuela apenas se hablaban, aunque compartían pasillos y recuerdos vagos de desayunos familiares, tardes en el parque y flores en el cabello. Emily era tr...
