El cielo sobre Little Kilton era de un gris implacable, como si alguien hubiera extendido una sábana húmeda sobre todo el pueblo. Las calles estaban salpicadas de casas adosadas de ladrillo rojo, tiendas familiares y farolas que titilaban débiles a plena luz del día. Un viento ligero sacudía carteles de “SE VENDE” y viejos anuncios de clases de yoga y paseadores de perros. Parecía un pueblo cualquiera, pero cada calle tenía secretos que se arrastraban como raíces bajo el asfalto.
Una ráfaga de hojas muertas cruzó la High Street, la calle principal, donde un puñado de adolescentes se agolpaba frente a la vieja tienda de ultramarinos Penton’s Shop. El escaparate, cubierto de carteles de revistas locales y panecillos de oferta, apenas dejaba ver el interior. Desde dentro, una campanita colgaba sobre la puerta, lista para delatar a cualquiera que entrara o saliera.
En una esquina de la tienda, Pippa Fitz-Amobi estaba de pie, fingiendo ojear un gastado ejemplar de Crimen y Castigo. Cada tanto, sus ojos saltaban de las páginas amarillentas a la figura encorvada de la señora Penton, que acomodaba botellas detrás del mostrador con un cuidado casi obsesivo.
—¿De verdad vas a comprar ese libro? —preguntó una voz a su espalda.
Pip parpadeó y levantó la mirada. Era Lauren, su amiga de siempre, que sostenía una caja de seis cervezas con ambas manos, intentando ocultarla detrás de su mochila.
—No —respondió Pip, cerrando el libro de golpe—. Estoy vigilando.
Lauren soltó una risita y echó un vistazo hacia la señora Penton, que lanzaba miradas de águila a los pasillos cada pocos segundos.
—¿Vigilando? ¿A la vieja Penton? Pip, en serio, ¿qué pasa contigo? —Lauren frunció el ceño, bajando la voz—. ¿Por qué te escondes? Vamos, solo es cerveza. Tenemos cara de mayores, ¿no?
Pip negó con la cabeza, soltando un suspiro que empañó la cubierta de plástico del libro.
—No es por mí. Es por ti. Y por ellos —dijo, señalando con la barbilla al resto del grupo, que cuchicheaba junto a la nevera de helados—. La señora Penton nunca les va a vender. Sabe exactamente cuándo cumplimos cada uno.
Lauren bajó la voz aún más, inclinándose sobre el libro que Pip había devuelto a su estante. Con una sonrisa traviesa, metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó algo doblado con cuidado. Lo desplegó como si fuera un mapa del tesoro: era una identificación falsa, tan pulida que parecía auténtica hasta en los bordes desgastados.
—Bueno —susurró, con un brillo pícaro en los ojos—, justo ahora no está en la caja… y tengo esto.
Pip entrecerró los ojos, leyendo cada línea con la rapidez meticulosa que la caracterizaba. Tomó la tarjeta entre sus dedos, sosteniéndola a contraluz para ver la marca de agua.
—¿Dice que tienes veintisiete? —murmuró, soltando una risa incrédula.
Lauren se encogió de hombros, intentando contener una carcajada.
—¿Y? —le soltó, mientras se acomodaba el cabello detrás de la oreja—. ¿Tú crees que parezco de esa edad?
Pip bajó la mirada a la foto laminada, luego a su amiga: la misma chaqueta de mezclilla, la coleta un poco despeinada, la risa contenida. Volvió a ver la identificación, como si el plástico pudiera cambiar de pronto.
—Si ella usa esas gafas viejas… tal vez —dijo Pip, apenas conteniendo la sonrisa.
Lauren le dio un leve codazo en las costillas.
—Perfecto. Entonces, necesito que me ayudes, Sherlock —susurró, inclinándose aún más cerca—. Quiero que distraigas a la señora Penton, ¿sí? Y ni se te ocurra voltear hacia la caja.
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A Good Girl's Cuide To Murder
FanfictionEn el pequeño pueblo de Little Kilton, el caso de Andie Bell, una chica desaparecida y dada por muerta, es casi una leyenda oscura. Todos saben la historia: Andie desapareció una noche y su novio, Sal Singh, confesó el crimen antes de quitarse la vi...
