Howard y yo comenzamos mucho antes de que el mundo lo conociera como el brillante inventor, millonario y rostro perfecto que todos admiran hoy. Cuando lo conocí, apenas era un joven con ideas descabelladas, sobreviviendo a base de proyectos que nadie quería financiar, soñando con construir máquinas imposibles y cambiar el mundo.
Yo estaba ahí desde el principio. Lo escuchaba hablar de sus planos, de sus pruebas fallidas, de los días en que ni siquiera tenía dinero para arreglar su coche. Me enamoré de su mente, de su forma de ver posibilidades donde los demás solo veían problemas. También me enamoré de sus gestos dulces, de la forma en que me sostenía la mano, de la intensidad con la que decía que me amaba.
Nunca había sentido nada igual. Howard era mi primer amor, y cuando me decía que yo era su musa, que sin mí no lograría nada, me sentía la mujer más afortunada.
Pero todo empezó a cambiar cuando llegaron los primeros contratos millonarios, las invitaciones a eventos, las entrevistas, las miradas hambrientas de admiradoras. Howard se transformó casi de la noche a la mañana: pasó de ser mi compañero a ser un hombre inalcanzable, lleno de citas, reuniones y viajes que no me incluían.
Al principio intenté adaptarme. Pensé que era cuestión de tiempo, que cuando todo se acomodara volvería a ser el hombre que conocí. Me repetía a mí misma que debía tener paciencia, porque un genio como él necesitaba su espacio.
Pero no tardé en notar pequeños cambios. Perfumes ajenos en su ropa, números de teléfono anotados con labios dibujados en servilletas, miradas cómplices con mujeres en esas fiestas donde yo tenía que fingir que era solo una invitada más. Cada vez que lo enfrentaba, me respondía con la misma calma, como si fuera yo la que estaba equivocada.
—Isa, confía en mí —me decía—. Eres la única que importa, pero por ahora sería mejor que no se sepa de nosotros, muchos van a pensar que eres una distracción y se me pueden arruinar contratos y alianzas.
Yo quería creerle, claro que sí. Porque sin Howard sentía que me quedaba sin un rumbo, sin propósito, sin ese amor que me encendía la piel. Una y otra vez me tragaba el dolor, aceptaba sus excusas, justificaba sus ausencias.
Me dolía más de lo que podía reconocer, sobre todo cuando se hacía evidente que ya no quería siquiera contestar mis llamadas. Que solo volvía a mí cuando algo lo frustraba o necesitaba un descanso de su propio éxito. Yo pasé a ser su refugio silencioso, nada más.
Y aún así, lo soporté. Aguanté sus humillaciones, sus desplantes, los rumores que prefería no confirmar para no romperme. Pensaba que si aguantaba un poco más, todo volvería a ser como antes.
Pero verlo esa noche en televisión, con esa sonrisa segura, declarando que estaba soltero y que sus seguidoras eran sus únicas “novias”, fue como sentir un cuchillo atravesarme el pecho.
Ahí entendí la verdad: me había convertido en un fantasma para Howard.
Me asustaba imaginar mi vida sin él, pero me daba aún más miedo perderme por completo a su lado.
Me había prometido a mí misma que no volvería a caer. Que esta vez sería diferente, que esta vez lo dejaría ir. Pero cuando Howard volvió a tocar mi puerta, con esa mirada que me atravesaba y me hacía olvidar todo, supe que aún no estaba lista para soltarlo.
—Isa, necesito hablar contigo —fue lo primero que dijo.
Yo quise cerrar la puerta en su cara, pero su voz tembló un poco, y me ganó la curiosidad. Lo dejé pasar.
Me miró en silencio un momento, como si tratara de buscar las palabras correctas. Después, bajó la cabeza, algo que nunca hacía.
—Perdóname —dijo, casi en un susurro—. No debí decir lo de la entrevista, no debí…
Por un momento sentí que la respiración me fallaba. Howard pidiendo perdón pero en esta vez podía notar su miedo a perderme de verdad.
—¿Perdón por qué, Howard? ¿Por mentirme? ¿Por negarme? ¿Por dejarme como una sombra en tu vida? —pregunté, sin poder evitar que la voz se me quebrara.
—Por todo —dijo—. Por todo eso. No quiero perderte, Isa, no puedo.
Mi corazón idiota se estremeció. Por un segundo creí ver al Howard que había amado tanto tiempo atrás.
—Entonces, ¿qué quieres que haga? —pregunté con amargura.
—Quiero que estemos bien —contestó rápido—. Que vuelvas a estar conmigo, como antes.
Reí, una carcajada rota y dolorosa.
—¿Como antes? ¿Para que vuelvas a hacerme lo mismo?
Howard negó con la cabeza.
—No, Isa, esta vez lo haremos a tu manera. Si necesitas sentirte segura, entonces vendrás conmigo a todas partes. A mis juntas, a mis viajes, a los eventos. Estarás siempre a mi lado, si eso te hace sentir tranquila —me dijo con una frialdad disfrazada de ternura.
No supe qué contestar. Parte de mí quería gritarle que era absurdo, que si me amara de verdad no tendría que vigilarlo como un guardia personal. Pero otra parte… la parte rota y cansada… sintió un alivio amargo al imaginarlo cerca, al menos cerca.
—¿Y nuestra relación? —me atreví a preguntar—. ¿Lo dirás al mundo?
Howard suspiró.
—Isa… sabes que no puedo hacerlo público. Hay demasiadas cosas en juego. Los contratos, la prensa… tu seguridad.
Sentí un nudo en el estómago. Otra vez el mismo discurso.
—Pero… —insistió—, a solas seremos nosotros, Isa. Te lo prometo. Te daré todo lo que necesites, todo,créeme que a pesar de todo lo que he logrado también me he hecho de enemigos y no quiero que te lastimen.
Quise odiarlo. Juro que lo intenté. Pero mis fuerzas ya estaban rotas, y su cercanía me seguía envenenando.
—Está bien —cedí, con un hilo de voz—. Iré contigo. Quiero estar segura de que no… de que no volverás a traicionarme.
Howard sonrió, satisfecho, como si hubiera cerrado el mejor trato de su vida.
—No te vas a arrepentir —dijo, inclinándose para besarme en la frente—. Lo vas a ver, Isa, esta vez funcionará.
Yo no le creí del todo. Pero aún así, lo dejé entrar otra vez en mi vida.
Sabía que estaba apostando mi dignidad, pero prefería eso a la soledad.
