Regreso a clase

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Luego de pasar casi dos años sin poder estar en un aula de clase, hoy por fin es el día en que el colegio retoma las clases presenciales. Me siento muy emocionada y ansiosa por volver a ese ambiente y conocer nuevas personas. He planeado llegar al colegio junto con unas amigas con las que siempre fuimos inseparables.

La noche anterior, nos llegó un comunicado donde se informaba que todos los estudiantes debían asistir acompañados por sus tutores legales, y que sería obligatorio llevar tapabocas durante toda la jornada académica, como parte del protocolo.

A las 7:40 p. m. estaba planchando mi uniforme de diario para lucir impecable y llegar pisando fuerte. Alisté en mi bolso un cuaderno viejo y un lápiz, porque por lo general el primer día no se hace mucho.

Mi alarma sonó a las 5:30 a. m. de un lunes del 2021. Me levanté energética y fui a ducharme como si me alistara para una carretera: estaba emocionada, ¿y quién no? Me puse el uniforme con cuidado para no arrugarlo mientras le aplicaba aceite de aguacate a mis zapatos para que brillaran. Me puse máscara de pestañas, un hidratante de labios y dejé mi cabello suelto. Luego de aplicarme medio tarro de perfume, salí de la habitación a tomar chocolate con pan. Después, salí con mi mamá y una amiga directo al colegio, con el tapabocas en mano.

Al llegar, vimos muchas caras conocidas y otras no tanto, pero todos llevaban tapabocas. Esperamos a que fueran las 7:00 a. m. para entrar al colegio, y cuando se cumplió la hora, nos despedimos de nuestros acudientes y entramos en busca del aula que nos correspondía. Todos estábamos tan emocionados que ni me di cuenta cuando la suela de mi zapato se quedó atrás. Alguien la recogió y me la entregó; la recibí muy avergonzada.

Subimos al segundo piso, y allí estaba el aula asignada. A decir verdad, estaba en mal estado comparada con las demás: tenía el techo roto y todo se veía deteriorado. Pero eso no fue impedimento para que escogiéramos dónde sentarnos. Al final, mis amigas y yo nos ubicamos juntas en la misma fila, junto a la ventana, para poder ver todo lo que pasaba afuera.

Los profesores fueron llegando uno por uno y nos preguntaban cómo nos había ido durante la pandemia. Cada quien contaba su experiencia. Así transcurrieron las seis horas de clase. En la hora del descanso, fuimos corriendo a la cafetería por algo de comer y nos sentamos a hablar con compañeros que no habíamos visto en mucho tiempo. Ese día salimos antes de tiempo porque aún no habían llegado todos los profesores nuevos; solo estaban los de siempre, algunos ya cerca de la jubilación.

Pasaron dos meses de clases así, saliendo temprano, hasta que un día que teníamos Educación Física, yo me encontraba con dos amigas en el balcón del salón, esperando a que llegaran los novios de ellas. De repente, una mujer llamó mi atención. Les pregunté si sería una nueva estudiante, ya que desde la entrada del colegio hasta nuestro salón hay bastante distancia, y no se puede reconocer a alguien con facilidad.

Esa mujer vestía un pantalón de cuadros, camisa negra, llevaba un bolso en la espalda y tenía el cabello corto con mechas doradas. En su mano derecha sostenía un vaso de café. No pude reconocer su rostro por el tapabocas. Al fijar mi vista en otra persona, la perdí de vista. En ese momento sonó el timbre anunciando el inicio de la primera hora de clase, que era Matemáticas.

La clase pasó muy lenta. Yo me encontraba comiendo una empanada por debajo de la mesa porque ya tenía hambre, y en poco tiempo nos tocaba Sociales con el profesor más aburrido del colegio.

Por fin sonó el timbre. Cuando todos estábamos eufóricos por salir, vimos al coordinador entrar al aula acompañado de una mujer que, a primera vista, se notaba diferente. Al llegar a la mitad del aula, nos informó que ella sería nuestra nueva profesora de Español y Literatura. Se presentó como Luciana Borges.

En ese instante supe que era la misma mujer que había visto en la entrada del colegio una hora atrás. Yo siempre he sido una persona muy observadora, y ella no fue la excepción: llevaba zapatos de charol negros, un pantalón de cuadros rojos y negros, un buzo negro, lentes redondos y —para mi sorpresa— tres tapabocas puestos. ¡Ella sí que le tenía respeto al COVID! Su estatura no pasaba de 1.50 m, y yo en ese entonces medía 1.60.

Me alegró saber que era una profesora joven, y no otro docente cercano a la jubilación sin ganas de enseñar. Estuvo unos minutos mientras se presentaba, y luego se retiró en compañía del coordinador. En cuanto salió, todos empezamos a especular sobre ella y su extraña forma de vestir. Para nosotros era raro, porque nunca habíamos visto a alguien con un estilo tan diferente y versátil. Vivíamos en un pueblo donde la gente se vestía de forma muy parecida.

Estábamos ansiosos por tener clase con ella y por saber cuántos años tendría. Yo dije que parecía tener unos 26, porque se veía joven. También comentamos lo mucho que queríamos verla sin los tres tapabocas.


Entre clases y secretosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora