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A Lyra Clark le gustaban muchas cosas.
Le gustaba volar. La velocidad, la sensación del viento cortándole el aliento, el latido acelerado mientras descendía en picada con la quaffle. Le gustaba el rugido del estadio cuando marcaba, el dolor leve en los músculos tras un buen entrenamiento. En el aire, todo tenía sentido.
Le gustaban las fiestas improvisadas, la música fuerte, el desorden, los desafíos. Su mejor amigo, Sirius Black, era su compañero de crimen favorito. Y sus tatuajes, pequeños secretos grabados en la piel, la hacían sentir más viva. Uno de ellos —un fénix diminuto— descansaba justo detrás de su oreja izquierda. Lo había hecho en el baño de prefectos con Sirius sujetándole la varita y riéndose como idiota.
Lo que no le gustaban eran las personas rígidas, distantes, que caminaban como si el mundo les debiera reverencia.
Como Narcissa Black.
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—¿Otra vez? —dijo Sirius, robándole una tostada del plato—. No me digas que te volvió a mirar.
—¿Y si lo hizo? —respondió Lyra, bajando la voz—. No me va a detener por comer uvas, ¿verdad?
—Por ser mestiza, tal vez —bromeó Sirius—. Pero no sé... cada vez que te ve, se le tensa la mandíbula. No es odio. Es otra cosa.
Lyra alzó la vista. Allí estaba: Narcissa, sentada entre los de Slytherin, impecable como siempre, con el cabello perfectamente peinado, los labios apretados. Tenía la cabeza ligeramente girada. No hacia ella exactamente… pero cerca.
Un segundo. Dos.
Y luego bajó la mirada como si nunca hubiera estado observando.
—Es solo una mirada —murmuró Lyra, volviendo a su desayuno—. Y no me gusta. Es bonita, sí, pero es como una estatua. Sin alma. Sin fuego.
—Y aun así, no dejas de hablar de ella —sonrió Sirius.
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Esa tarde, el campo de Quidditch estaba vacío, salvo por el equipo de Ravenclaw entrenando con fuerza. El sol se escondía entre nubes plomizas, y el viento soplaba con fuerza. Lyra surcaba el cielo con determinación, marcando jugadas, riendo con sus compañeros, empapada de sudor y barro.
Ella no lo sabía, pero alguien la observaba desde la sombra de una de las columnas del estadio.
Narcissa Black no solía desviarse de su rutina de prefecta, y mucho menos merodear por los entrenamientos de otras casas. Pero esa tarde, sus pasos la llevaron hasta allí. No tenía una razón concreta. Solo... fue.
Se quedó de pie, parcialmente oculta, sin hacer ruido. Su túnica ondeaba ligeramente con el viento, pero no se movía.
Solo miraba.
La vio girar en el aire, hacer una finta arriesgada, y reír después de esquivar una Bludger con pura audacia.
La vio aterrizar con gracia, quitándose los guantes, el cabello húmedo pegado al cuello.
Entonces, Lyra se amarró el cabello en una coleta alta.
Y ahí lo vio.
Un tatuaje.
Pequeño. Delicado. Un fénix negro, apenas visible detrás de la oreja.
Narcissa tragó saliva.
No era solo el tatuaje. Era la forma en que Lyra reía cuando uno de sus compañeros decía algo absurdo. La manera en que su voz se elevaba con alegría, libre de vergüenza, como si no tuviera miedo a brillar.
Narcissa no se movió.
No cuando Lyra se quitó la túnica y se sentó en el césped a beber agua.
No cuando se estiró, con las piernas cubiertas de tierra y una sonrisa satisfecha.
No cuando sus compañeros le desordenaron el cabello con un gesto de cariño, y ella, entre risas, los empujó con fuerza.
Cada detalle la desconcertaba.
Esa no era la clase de persona que Narcissa debía mirar. Ni admirar. Ni recordar.
Y, sin embargo, ahí estaba.
Hipnotizada.
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Horas más tarde, Lyra se arreglaba el uniforme frente al espejo del vestuario. Había entrenado duro. Tenía barro en las rodillas y el cabello aún húmedo. El tatuaje le ardía levemente con el roce de la toalla.
No se dio cuenta de que, durante todo el entrenamiento, alguien la había estado mirando.
No sintió esos ojos fríos, intensos, que habían seguido cada uno de sus movimientos desde lejos.
No supo que, por primera vez en años, Narcissa Black había roto su propio esquema.
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Esa noche, en la Torre de Ravenclaw, la fiesta era ruidosa y cálida. Música hechizada flotaba entre libros olvidados, y algún Ravenclaw había encantado las luces para que parpadearan como luciérnagas. Lyra se sentó en el alféizar de la ventana, bebiendo a sorbos cortos.
Sirius apareció con una copa.
—¿Aún pensando en ella?
—No pienso en nadie —dijo Lyra, aunque sus ojos estaban perdidos en la oscuridad del campo.
—¿Quieres que te diga la verdad? —preguntó Sirius, dejando la copa a su lado—. Narcissa... no es tan de piedra como todos creen.
Lyra no respondió enseguida.
—Hoy, mientras volaba, me sentí... observada. Pero cuando aterricé, no había nadie.
Sirius sonrió apenas.
—Quizás no estaba tan lejos.
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En la sala común de Slytherin, Narcissa estaba sentada frente a su escritorio. No había abierto ningún libro. La pluma descansaba sobre un pergamino en blanco.
Llevaba minutos recordando la risa de Lyra.
La forma de su cuello al amarrarse el cabello.
El tatuaje.
Esa imagen se le había quedado grabada, como un hechizo no pronunciado, pero poderoso. Algo que no quería reconocer. Algo que no podía borrar.
Y sin pensarlo, su pluma se movió.
Solo una línea.
Lyra Clark.
La tinta aún estaba fresca cuando la observó, sin tocarla.
—Ridícula —murmuró, pero su voz no tenía fuerza.
Se quedó sentada ahí, sola en el silencio. Con un nombre escrito en su escritorio y el corazón latiendo con una pregunta muda.
Porque algo había cambiado.
Y ya no podía fingir que no lo había visto.
