capítulo 1

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Si la universidad fuera una jungla (que lo es), el aula 2.05 del Edificio de Humanidades sería mi madriguera. No me importa lo que digan los libros de autoayuda sobre “aceptar el cambio”. Yo no cambio. Mi café siempre va con leche de avena, mis auriculares sólo reproducen música instrumental mientras leo, y yo me siento en la tercera fila, tercera silla desde la izquierda. Punto.

Pero cuando entro en clase aquel martes, una energía oscura flota en el aire. Mis sentidos se agudizan, como los de un animal que huele el peligro antes de verlo.

Y entonces lo veo.

Hay un chico sentado en MI sitio.

En mi silla sagrada, con su maldita mochila apoyada justo donde yo suelo poner los pies, y con una chaqueta de cuero colgada en el respaldo como si fuera su trono personal. Se está acomodando. Como si fuera suya. Como si no estuviera profanando territorio sagrado.

Respiro hondo. Porque soy una adulta. Porque tengo autocontrol. Porque no puedo volver a quejarme a la profesora Black por “problemas existenciales”.

Me acerco con calma. Bueno, con calma tensa.

—Disculpa —le digo con una sonrisa que probablemente haría temblar a los ángeles—. Ese es mi sitio.

Él levanta la vista. Sin prisa. Sin culpa. Como si el universo entero le debiera algo. Y, honestamente, si el universo fuera una persona, probablemente estaría contemplando dárselo.

Tiene el pelo desordenado de forma premeditada —de esos que dicen “me acabo de levantar” aunque llevan treinta minutos delante del espejo— y unos ojos verdes que no deberían ser legales a esa hora de la mañana. Una mandíbula perfecta y una expresión que mezcla aburrimiento con diversión. El combo más irritante del mundo.

—¿Ah, sí? —dice, inclinando apenas la cabeza—. ¿Lo pone?

—¿Perdón?

—¿Tu nombre? ¿Está en la silla?

Yo parpadeo. Dos veces.

—¿Estás de broma?

—Un poco, sí.

¿Pero qué le pasa a este tipo?

—Es mi sitio. Siempre me siento ahí. Desde septiembre.

—¿Y si yo quiero sentarme aquí desde hoy hasta el fin de los tiempos?

—Entonces estaríamos en guerra.

Él sonríe. Y por alguna razón —muy estúpida—, esa sonrisa me da escalofríos.

—Qué intensa, ¿no? ¿Siempre eres así o es que no te han traído café esta mañana?

—Tengo café. Lo que no tengo es paciencia para imbéciles que invaden propiedad privada emocional.

—¿Propiedad privada emocional? Wow. Deberías patentar eso. Suena como una canción indie.

No sé si quiero matarlo o aplaudirle. Quizás ambas cosas.

Miro a mi alrededor. El aula empieza a llenarse. Todos los buenos sitios están ocupados. Solo quedan los que están justo al lado de la puerta (muy ruidosos), los que dan directamente al proyector (muy cegadores), o, peor, junto a Camila, que siempre quiere saber “cómo me siento realmente”.

—¿Me vas a devolver mi sitio o tengo que recurrir a la violencia pasiva-agresiva? —pregunto finalmente.

Él se encoge de hombros, relajado.

—Siéntate aquí al lado. Prometo no morder… al menos sin consentimiento verbal claro.

—Eres  insoportable.

—Gracias, intento superarme cada día.

Vacilo. Porque NO quiero sentarme a su lado. Porque ya lo veo venir: es de los que se sacuden el pelo cada cinco segundos, de los que hacen ruidos con el bolígrafo, de los que creen que el mundo está para entretenerlos.

Pero también odio los otros sitios.

Y yo no soy Liv Harper para ceder ante el caos. Yo me adapto. Como toda buena estratega.

Así que aprieto los labios, me siento en la silla contigua, y dejo mi mochila con un golpe seco.

Él me mira de reojo.

—Soy Noah, por cierto. Noah Benett. Por si quieres escribir una queja formal.

—Liv —respondo sin mirarlo.

—¿Corta para Olivia?

—Corta para “no te importa”.

Él ríe. Ríe en serio. Como si lo estuviera pasando bien. Como si esto fuera un sketch y no un acto de guerra fría entre dos personas claramente incompatibles.

La clase empieza. La profesora suelta su clásica introducción de los martes y pregunta si alguien ha leído el texto de esta semana. Noah, evidentemente, no levanta la mano.

Por supuesto que no lo ha leído.

En cambio, saca un cuaderno lleno de garabatos y empieza a dibujar una figura humanoide con cuernos y gafas. Me asomo sin querer. Tiene escrito “La señora Black cuando le dices que Shakespeare está sobrevalorado”.

Me atraganto con mi propio aire.

—¿Estás dibujando a la profesora?

—Arte contemporáneo —responde él, orgulloso—. Estoy explorando los límites entre la sátira y el realismo mágico.

—Estás explorando los límites de tu expulsión, más bien.

Él se inclina hacia mí. Huele a algo entre colonia cara y humo de cigarro. Detestable y adictivo al mismo tiempo.

—¿Seguro que no te caigo bien? Porque yo ya me estoy encariñando.

—Es repulsivo lo rápido que te enamoras de ti mismo.

—Si no me amo yo, ¿quién lo hará?

Miro al frente. Noah Benett es la peor persona del planeta. Lo peor es que lo sabe. Y le divierte.

La clase transcurre, y yo intento ignorarlo. Pero no lo logro. Porque cada movimiento suyo está diseñado para llamar la atención. Tamborilea con los dedos. Se estira como si estuviera en su sofá. Juega con el cordón de su sudadera. Y, para colmo, me ofrece un caramelo a mitad de la sesión. De esos de menta azul.

—Por si te estás amargando demasiado —dice.

No lo acepto. Pero me lo deja en el borde de mi cuaderno.

Y ahí queda. Tentándome.

Maldito cliché con patas.


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⏰ Last updated: Jun 22, 2025 ⏰

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