Detención

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A Simón lo mandaron a detención por respirar. O al menos así se sintió.Estaba sentado, derechito, anotando en su carpeta con una lapicera que le había comprado su mamá en una papelería ridículamente cara, cuando la profesora de Historia lo señaló con la mano y lo acusó:—¡Simón, basta de hacer comentarios fuera de lugar!—¿Qué comentario? —preguntó él, genuinamente confundido.—¡Ya mismo a la preceptoría! —Y eso fue todo. Ninguna explicación, ninguna defensa.Simón tomó su mochila, se levantó sin chistar y caminó por el pasillo como si estuviera en una procesión fúnebre. No le gustaba hacer problemas. Le enseñaron desde chico que "portarse bien" era casi una forma de protección.El aula de detención era un salón viejo, con olor a humedad, sillas cojas y ventanas rotas que daban a un patio que siempre estaba embarrado. Había un pizarrón lleno de garabatos antiguos, y una preceptora vieja que parecía estar más cerca de la jubilación que de cualquier forma de autoridad.—Simón Villanueva —leyó la mujer con los anteojos en la punta de la nariz—. Otra vez vos. Qué sorpresa.Lo dijo con sarcasmo, como si él fuera un criminal habitual. Pero Simón nunca se había metido en problemas antes. Ni siquiera sabía cómo se actuaba en detención.Se sentó al lado de la ventana, sacó un cuaderno y fingió que escribía. En realidad dibujaba líneas y más líneas, como si pudieran mantenerlo a salvo de lo que venía.Cinco minutos después, la puerta se abrió de golpe.Entró un chico como una tormenta: campera rota, mochila de tela con parches, pelo revuelto como si recién se hubiese peleado con el viento.Gabriel.Simón lo conocía de vista. Lo había visto alguna vez fumando en la esquina del colegio, riéndose con un grupo de chicos que olían a desorden y a libertad. Era uno de esos alumnos de los que los profesores hablaban en voz baja. Uno de esos que sabían cuándo llegar tarde sin ser expulsados.—Gabriel Ríos —murmuró la preceptora, sin sorprenderse—. Otra vez. Adelante.Gabriel avanzó por el aula como si fuera su casa. Ni miró a Simón. Se tiró en una silla al fondo, estiró las piernas, y sacó de su mochila una caja de jugo.Simón intentó ignorarlo.Pero Gabriel no nació para ser ignorado.—¿Y este? —dijo con voz alta, señalando a Simón con el mentón—. ¿Se perdió de preescolar?Simón apretó los dientes.—No estoy de humor —respondió, sin girarse.—¿Nunca lo estás, o hoy es especial? —insistió Gabriel, con una sonrisa burlona.—No todos queremos llamar la atención.—No todos necesitamos esconderla.Simón se giró. Por un instante, sus miradas se cruzaron como dos espadas.No fue romántico. Fue incómodo. Fue rabia. Fue algo en el medio de una batalla sin nombre.—¿Cuál es tu problema conmigo?—No tengo problema con vos, chetito. El problema lo tiene el mundo por no darte una cachetada a tiempo.—¿Te escuchás hablar?—No. Me basta con mirarte para saber que tu vida es una playlist de Coldplay.La preceptora ni se inmuta. Tenía los auriculares puestos y jugaba al solitario en la computadora de escritorio.Simón suspiró. Miró la ventana. Llovía otra vez. Siempre llovía cuando estaba de mal humor. A veces sentía que el clima lo espiaba.—¿Por qué estás acá? —preguntó, más por aburrimiento que por interés.—Pinté una pija en la puerta del baño de profesores.Simón se dio vuelta para mirarlo.—¿Y eso te parece gracioso?—Me parece necesario. Era una pija artística. Con sombrero. Muy digna.Simón se llevó una mano a la cara. No sabía si reírse o salir corriendo.Gabriel era insoportable. Un desastre andante. Pero al mismo tiempo... algo tenía. Algo que lo hacía imposible de ignorar.—¿Vos por qué estás? —preguntó Gabriel, apoyando la cabeza en el respaldo de la silla.—Por respirar.—Lógico. Tenés cara de que molestás por existir.Simón se quedó callado. Había oído eso antes, pero de otras bocas. De su padre, una vez, después de una discusión absurda por la remera que había elegido para una cena.—Te pasás de gracioso —dijo finalmente.—Y vos de triste.—No me conocés.—No hace falta.Silencio.El aula olía a humedad y galletitas húmedas. Gabriel sacó un chicle del bolsillo y lo masticó como si quisiera matar el tiempo a mordidas. Simón abrió su cuaderno otra vez y escribió con su letra ordenada: "Gabriel Ríos: insoportable". Luego lo tachó. No por culpa. Por impulso.—¿Te molesta que te joda? —preguntó Gabriel, sin dejar de mirar el techo.—Sí. Pero te da igual, ¿no?Gabriel sonrió con los ojos cerrados.—Es bueno saberlo.Y eso fue todo.No hablaron más. No se rieron. No se miraron de nuevo.Cuando terminó la hora, la preceptora los echó como quien tira un vaso roto a la basura.Gabriel salió primero. Con su mochila arrastrándose por el piso, como si el peso del mundo no le molestara en lo más mínimo.Simón fue detrás, despacio.Se detuvo en la puerta del aula, miró el banco donde Gabriel había estado sentado. Estaba rayado. Viejo. Medio roto. Pero por alguna razón, Simón pensó que ese era el lugar más honesto en el que había estado en semanas.Y no supo por qué, pero se le ocurrió una idea absurda:quizás no quería que esa fuera la última vez que veía a Gabriel.Pero todavía no sabía si era por odio... o simple necesidad de ruido.

RotosWhere stories live. Discover now