Corría el año de 1850, y las colinas de Escocia se mecían bajo un cielo gris y pesado, como si el mundo mismo cargara con el peso de los sueños no cumplidos. En una vieja casa de piedra, al borde del pueblo de Inverness, los ecos de un reloj marcaban el paso del tiempo en un silencio apenas roto por el crujir de la madera y el siseo del viento.
Allí, en una pequeña habitación que olía a medicina y tinta, una joven inclinaba su rostro sobre un cuaderno de tapas gastadas. Katrina McGregor, de cabellos castaños enmarañados por el trabajo y ojos verdes encendidos por la pasión del saber, escribía con mano firme pese al temblor leve que el frío le arrancaba.
“La sangre fluye como un río que no conoce barreras... ¿y si pudiéramos guiar ese río a voluntad?”
Sus palabras llenaban páginas y páginas con teorías imposibles, ideas adelantadas a su tiempo, sueños que la ciencia de su siglo apenas se atrevía a susurrar. Katrina cerró el cuaderno con un suspiro profundo y lo guardó bajo una tabla suelta del piso, donde otros volúmenes semejantes formaban un pequeño tesoro oculto.
—Katrina... —la voz de su padre adoptivo, el doctor Alistair McGregor, resonó desde el pasillo con un deje de cansancio y cariño—. Es tarde, hija. Mañana será otro día de estudio.
La joven se levantó, alisando la falda sencilla que siempre terminaba manchada de tinta. Salió de la habitación y encontró al anciano apoyado en su bastón, los ojos azules apagados pero dulces. Lo ayudó a llegar a su sillón frente al fuego, como cada noche.
—¿Aún sueñas con las grandes universidades, mi niña? —preguntó él, sabiendo ya la respuesta.
Katrina asintió, aunque el brillo en sus ojos se volvió un poco más triste.
—Lo intento, padre. Pero todas las cartas regresan con el mismo mensaje. Inaceptable. Imprudente. Inadecuado.
Alistair le tomó la mano y la apretó entre las suyas, ya nudosas y débiles.
—Quizá Escocia no esté lista para ti, pero el mundo es vasto. A veces, los sueños necesitan cruzar océanos para encontrar el suelo donde puedan florecer.
Aquella noche, mientras las llamas danzaban en la chimenea y el viento cantaba viejas melodías entre las piedras de la casa, el doctor McGregor tomó la pluma. Escribió una carta a un viejo amigo en Australia, un hombre que alguna vez había sido como un hermano para él en los años de juventud.
Cuando dobló el papel y lo selló con cera roja, Alistair miró a su hija, que dormía en un sillón, la cabeza inclinada sobre un libro.
—Que el destino te lleve donde tu corazón pueda latir libre, Katrina —murmuró.
Y así comenzó el viaje que cambiaría para siempre el curso de su vida.
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La Mecánica Humana
Teen FictionUna joven con grandes sueños en un mundo donde es mal visto
