Valentina Moretti
A veces me pregunto si los recuerdos son reales o si los inventamos para protegernos de lo que de verdad pasó. Pero hay cosas que no puedo olvidar. La forma en que el viento del mar se colaba por las ventanas abiertas de mi cuarto en verano. El sonido lejano de los disparos, que mi madre siempre decía que eran fuegos artificiales. Y la mirada de mi padre... esa mezcla exacta de ternura y distancia que me hacía sentir amada y sola al mismo tiempo.
Crecí en una casa silenciosa. No por falta de vida, sino por exceso de secretos. La villa Moretti, encaramada sobre los acantilados de Posillipo, tenía vista al Golfo de Nápoles y muros tan gruesos que ni los gritos podían atravesarlos. Era hermosa. Majestuosa. Como un castillo sacado de un cuento, uno de esos en los que las princesas no son rescatadas, sino vigiladas.
Mi padre decía que era por seguridad. Que en su trabajo, había más enemigos que aliados. Que no podíamos darnos el lujo de vivir como gente normal. A mí me parecía exagerado... hasta que dejé de ser niña.
Él era un hombre de principios. O al menos eso decía el resto del mundo. "El juez Moretti es incorruptible", repetían en los noticieros. "Una figura de hierro en un sistema podrido." Yo solía mirar esas entrevistas con orgullo. Pensaba que estaba haciendo lo correcto. Que estaba salvando a esta ciudad enferma de su propia oscuridad.
Pero entonces lo escuché, por primera vez, cuando tenía ocho años. Su voz al teléfono, transformada. Tan serena que daba miedo.
—Dile a tu jefe que sé dónde vive su hija.
Colgó. Me miró. Me sonrió.
—Vamos, tesoro, que vas a llegar tarde a clase.
Desde ese día, supe que mi padre no era solo un juez. Era un hombre acostumbrado a pelear con demonios. Y para ganarles, uno tiene que aprender a hablar su idioma.
Pasaron años. Aprendí a caminar en silencio, a leer los gestos de los guardaespaldas que siempre me seguían, a distinguir cuándo mi madre estaba fingiendo su sonrisa. Me volví hábil en sobrevivir entre verdades a medias. En adaptarme. En fingir que no entendía nada.
Hasta el día en que todo se rompió.
El día en que lo encontraron muerto en su despacho, con una sola bala en la cabeza y una nota firmada por nadie: La justicia es una ilusión.
Desde entonces, la jaula de cristal está vacía. Mi madre se encerró en su propio duelo, en su mundo de pastillas y silencio. Los sirvientes se marcharon uno por uno. Los amigos desaparecieron. Y yo me quedé sola, con un apellido que ya no abre puertas, sino que las cierra de golpe.
Hoy estoy sentada en el mismo sillón donde él solía leer sus expedientes. Afuera llueve. Las gotas golpean los ventanales como si quisieran entrar. Mis dedos acarician el borde de un cenicero de plata, uno que todavía huele a su tabaco inglés. Todo sigue en su lugar... menos él.
Cierro los ojos.
Veo su rostro.
Y por primera vez en años, no siento tristeza.
Siento rabia.
Me juré que encontraría a los responsables. Que haría pagar a cada uno de los que tocaron lo que era mío. No soy mi padre. No creo en la justicia. Al menos no en la que dictan los tribunales.
Pero hay otra justicia.
Una más antigua. Más pura.
Y en ese mundo, el nombre Moretti todavía pesa.
Lo único que necesito es entrar.
Y para hacerlo... debo acercarme a Matteo Bianchi .
El heredero del imperio criminal que mi padre quiso destruir.
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La peliroja del don italiano
RomanceEn las calles ocultas de Nápoles, donde la ley se negocia con sangre y el poder se hereda entre balas, Valentina Moretti, hija de un juez incorruptible, vive al margen del mundo criminal. Su vida da un giro inesperado cuando su padre es asesinado en...
