Cap. 1

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El reino de Gyeongwon parecía ser como cualquier otro.

Un lugar gobernado por la familia Kang. Donde sus habitantes vivían felices si cumplían con las leyes del reino. Pero los que se atrevían a contradecir al rey... Estaban perdidos.

Los ladrones eran encarcelados si admitían el crimen, pero eran torturados si lo negaban. Si descubrían a un asesino, se le cortaban las manos. Los que cometían delitos sexuales eran castrados, o en caso de las mujeres, sus pechos eran cortados.

Las personas que cometían adulterio eran marcados con hierro, así todos podían ver que no era bueno mantener una relación amorosa con ellos.

Y había muchos otros castigos para las personas que eran criminales, o eran consideradas unos.

Pero nada se comparaba al castigo que recibían las personas homosexuales. Para ellos no había piedad alguna, si te descubrían manteniendo una relación sentimental con alguien de tu mismo sexo, estabas muerto.

Los hombres eran castrados y azotados para que recuperen su "masculinidad". Los soldados no veían que esto fuese suficiente y los golpeaban con todo lo que encontraran. Cuando sus cuerpos parecían ya no poder, eran quemados enfrente de todo el pueblo.

Las mujeres eran despojadas de sus vestimentas para ser apedreadas, pero antes de eso, les cortaban los pezones. Justo antes de morir, prendían fuego alrededor de ellas. Si la llama era pequeña, morían quemadas vivas. Y si la llama era grande, morían por inhalar el humo.

La homosexualidad era el mayor pecado que un ser humano podía cometer, era incluso peor que cometer homicidio. Era visto como una enfermedad imposible de curar, si eras homosexual, eras un enfermo.

Y en medio de ese caos, Yang Jungwon, el hijo del primer ministro Yang Dae-chul y la doncella Im Mi-Suk. A sus 21 años, vivía dentro de una burbuja de oro y sangre creada por sus propios padres, quienes lo tenían ahogado en grandes expectativas.

Una burbuja que, poco a poco, empezaba a ser asfixiante.

Afuera, el reino gritaba.

Dentro, todo debía ser perfecto.

Desde pequeño le enseñaron cómo caminar, cómo sentarse, cómo hablar, cómo bajar la mirada frente al rey. Aprendió a mentir con una sonrisa, a disimular la incomodidad con cortesía, y a tragar el miedo sin hacerlo visible.

Su padre no aceptaba errores.

Su madre no aceptaba emociones.

Cada día comenzaba antes del amanecer. Un baño en agua fría para templar el carácter, oraciones en el altar del templo real, clases de historia, estrategia militar, modales, leyes del reino…

Y luego, horas interminables entrenando con espadas, lanzas, arcos.

"Un hombre no siente dolor", decía su instructor mientras le golpeaba los nudillos con una vara.

"Un hijo de noble cuna no se queja", murmuraba su madre cuando lo encontraba sollozando en silencio por la noche.

"Los hombres verdaderos aman a las mujeres", escupía su padre mientras elegía retratos de jóvenes doncellas para comprometerlo.

Jungwon asentía. Siempre asentía.

Pero por dentro se rompía un poco más cada día.

En el reflejo del agua, a veces veía a un extraño.

Un muchacho de ojos vacíos, con la espalda recta, con la voz bien modulada y la respiración controlada.

Un muchacho que no sentía nada cuando una dama le tomaba la mano.

Un muchacho que temblaba cuando otro guerrero le sonreía.

A veces deseaba poder arrancarse la piel.

A veces pensaba que sería más fácil si hubiese nacido plebeyo. O muerto.

Pero era el hijo del primer ministro. Su destino no era suyo.

Sus compañeros lo admiraban. Las mujeres suspiraban. Los sirvientes lo temían.
Y él…
Él solo fingía.

Fingía reír, aunque por dentro estaba lleno de heridas. Asentía cuando debía. Odiaba, o eso decía. Aunque por dentro... ardía

Fingía sentirse hombre.

Cada vez que el castigo a un homosexual se ejecutaba, Jungwon lo presenciaba de pie al lado de su padre, fingiendo indiferencia.
Cada vez que alguien era castrado, marcado, quemado… Jungwon apretaba los dientes tan fuerte que sangraba.

No por compasión.

Sino por miedo.

Porque él sabía que, si alguna vez su verdad salía a la luz, no habría perdón para él.

No importaba su apellido, ni su linaje, ni su obediencia.
No importaba que hubiese hecho todo bien.

Si alguna vez alguien descubría lo que realmente sentía…
Moriría.

Y tal vez lo merecía.

Porque en el reino de Gyeongwon, no existía lugar para hombres como él.

Así que reprimía. Cada pensamiento, cada impulso, cada mirada.

Pasaba horas en el templo, pidiéndole a los dioses que lo curaran. Se arrodillaba hasta que sus rodillas sangraban, ayunaba hasta desmayarse, y lloraba en silencio cuando nadie lo veía.

Su padre creía que era devoto.

Su madre creía que era ejemplar.

El pueblo creía que era perfecto.

Solo él sabía la verdad.
Yang Jungwon era una farsa.
Una grieta a punto de romperse.

En un reino donde no se perdonaba la debilidad, esa grieta… podía matarlo. Podía matarlo de la manera más lenta y dolorosa posible.

Y aún así, creerían que fue curado.

Porque nadie es inocente en ese lugar, por más de diga serlo.

Bajo la sombra de un cerezo [Jaywon]Stories to obsess over. Discover now