El chico que no debia existir (1)

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Capítulo 1

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El cielo de Bangkok estaba cubierto de un gris sucio que anunciaba lluvia, pero la ciudad seguía viva. Carros, motocicletas, gritos, luces. Era un caos que todos ignoraban, como si vivir en medio del ruido fuera la única forma de no escuchar lo que uno llevaba dentro.

Nut caminaba con la cabeza gacha, con los audífonos puestos aunque no sonaba nada. Le gustaba el silencio, ese que se hacía cuando uno se desconectaba del mundo. Tenía 17 años, era callado, con una mirada que parecía cansada desde que nació. El uniforme escolar le quedaba un poco grande y siempre llevaba el último botón sin abrochar, como si no pudiera soportar sentirse atado.

Esa tarde, después de clases, no volvió directo a casa. Como cada viernes, se desvió por un callejón que cruzaba detrás de las vías del tren, un atajo que sólo él conocía. Pero esa vez, algo era distinto.

La humedad en el aire era más espesa. Los postes parpadeaban. El suelo, mojado aunque no había llovido. Y entonces, lo escuchó.

Una voz. Suave. Familiar, pero imposible.

—No mires atrás.

Nut se detuvo.

—¿Quién…?

No había nadie. Solo el eco de su respiración acelerada.

Caminó más rápido. Sintió que lo seguían, que algo se arrastraba detrás de él. Pero no se atrevió a voltear. Hasta que una risa muy baja —demasiado humana— se filtró en su oído.

Y ahí, en la esquina del callejón, lo vio por primera vez.

Un chico. Sentado sobre una pila de cajas de madera rotas, con las piernas dobladas y la mirada clavada en el suelo. Tenía el uniforme de otra escuela, empapado, y un cuaderno viejo apretado contra el pecho. Su cabello oscuro le caía desordenado, goteando como si acabara de salir de un estanque.

Nut sintió que el aire se congelaba entre ellos.

—¿Estás bien? —preguntó, con voz queda.

El chico levantó la cabeza. Tenía los ojos más tristes que Nut había visto en su vida.

—¿Puedes… verme?

La pregunta lo descolocó. Nut frunció el ceño.

—Sí. Por eso te hablo.

El chico sonrió, muy levemente.

—Entonces, eres como yo.

Nut dio un paso atrás, como si de pronto la distancia entre ellos se hubiera vuelto peligrosa.

—¿Qué quieres decir?

—Los demás ya no me ven. Hace tres días que estoy muerto.

Nut no contestó. Se quedó allí, de pie, mirando esos ojos que no parpadeaban.

—¿Cómo te llamas? —dijo finalmente, más por instinto que por valentía.

—Hong.

El nombre le supo a agua fría. Le caló en el pecho. Era hermoso. Triste. Como él.

—¿Y por qué estás aquí, Hong?

El chico bajó la mirada.

—Porque no puedo irme. Alguien rompió el velo. Y ahora… ahora me buscan.

—¿Quién?

—Los Hijos del Agua.

El nombre quedó flotando en el aire como una amenaza sin forma. Nut sintió un escalofrío que le bajó por la columna.

—Tú... —Hong lo miró otra vez, directo, con los ojos grandes, profundos, como pozos— tú no deberías poder verme. Y sin embargo… aquí estás.

Nut dio un paso más cerca, sin darse cuenta. Algo lo atraía. Algo más fuerte que el miedo.

—Yo… desde niño veo cosas. Cosas que no están ahí. O que no deberían estar.

—Entonces te van a encontrar. Como a mí.

Un trueno sonó a lo lejos. La ciudad rugía sin saber que, en ese rincón olvidado, algo imposible acababa de suceder.

Cuando Nut parpadeó, Hong ya no estaba.

Solo quedaba el cuaderno, perfectamente seco, sobre una de las cajas.

Lo abrió. En la primera página, con una letra temblorosa, estaba escrito:

"No debí cruzar. Y tú tampoco deberías haberme visto."

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Sombras sobre las Aguas Negras \{Nuthong}Stories to obsess over. Discover now