Margarita tenía 18 años, pero su mirada cargaba con décadas de abandono. Su historia no empezaba en un lugar preciso, sino en un silencio, en un vacío. Había sido abandonada siendo apenas un bebé, envuelta en una manta raída y dejada frente a una iglesia en las afueras de la ciudad. Nadie supo nunca quién la dejó allí, ni por qué. Creció en hogares de acogida, saltando de uno a otro como si fuera un paquete extraviado, siempre con una etiqueta invisible que decía "temporal".
Al principio, de niña, trataba de adaptarse. Se esforzaba por ser buena, por no molestar, por sonreír cuando tocaba. Pero los adultos siempre parecían querer otra cosa, o simplemente no querían nada en absoluto. Algunos eran indiferentes. Otros, crueles. En cada mudanza, dejaba atrás una parte de sí: una muñeca rota, una libreta con dibujos, una amiga fugaz. Aprendió pronto a no encariñarse con nadie, ni con nada.
A los quince, el sistema dejó de preocuparse por ella. Ya era "demasiado grande", decían. A los diecisiete, salió del último hogar con una bolsa de ropa usada, unos cuantos billetes arrugados y una foto vieja que había guardado como un tesoro toda su vida. Era la única pista de su pasado: una imagen borrosa y descolorida donde se veían tres bebés acostados en una manta. Uno de ellos era ella, lo sabía por los ojos, por la forma de la boca, y los otros dos... eran un misterio. Sus hermanos, tal vez. O solo otros niños en la misma cuna. Pero Margarita eligió creer que eran su familia. Era lo único que le daba calor cuando la noche era demasiado fría.
Hoy vive en la calle. Duerme donde puede: una estación de tren, un banco del parque, un pasillo detrás de un supermercado. Tiene cicatrices en el cuerpo, pero más aún en el alma. Nadie la llama por su nombre. A veces se lo olvida ella misma. Pero cada tanto, cuando la ciudad duerme y el mundo se calla, saca la foto de su bolsillo, la alisa con cuidado, y les habla a los bebés. Les promete que algún día los va a encontrar. Que va a saber quién es. Que su historia no terminó. Que apenas está empezando.
Margarita sobrevive con lo justo y con lo que puede. Su vida en la calle es una coreografía silenciosa de instinto, estrategia y resignación.
Se despierta antes del amanecer, antes de que la ciudad empiece a moverse. Si duerme en un banco, debe hacerlo sentada, con la mochila, su única posesión, entre los brazos. Si tiene suerte, consigue un rincón en una obra en construcción o en el pasillo trasero de una panadería que huele a levadura y salvación. Nunca duerme profundamente. El miedo es su sombra constante: a que alguien la robe, a que la echen a patadas, a que algo peor le pase.
Durante el día, camina. Camina mucho. Lo hace para mantenerse en movimiento, para no parecer vulnerable, para no congelarse. Conoce los horarios de los comedores comunitarios, de las parroquias que reparten viandas, de los locales que tiran la comida cerca de la fecha de vencimiento. Tiene los ojos entrenados para encontrar monedas en el suelo, botellas que puede vender, pedazos de pan olvidados en una mesa. A veces limpia vidrios en los semáforos, otras canta bajito en los pasillos del subte, con la voz gastada y dulce, esperando que alguien le deje una moneda, aunque no la mire.
Su ropa es la misma desde hace semanas. Una campera azul que le queda grande, jeans con los bordes deshilachados, zapatillas que ya no tienen suela. Se lava en baños públicos o en estaciones de servicio. Lleva consigo una botella con agua y una pequeña navaja que le regaló otro chico de la calle, "por si te quieren hacer algo", le dijo con una seriedad extraña para su edad.
Tiene reglas claras: no acepta drogas, no se duerme en grupo si no conoce a todos, no se confía de adultos que ofrecen "ayuda" sin que ella la haya pedido. Confía en algunas personas, sí, pero siempre a la distancia. La calle enseña rápido quién es quién, y el precio de confiar mal es alto.
A veces pasa por una vidriera y se ve reflejada. No se reconoce. Se pregunta si los bebés de la foto también estarán en la calle. Si también buscan. Si aún existen. Esa duda le duele más que el hambre.
ESTÁS LEYENDO
Corazon Perdido (Marrey)
FanfictionMargarita es una chica huérfana de 18 años. Desde chica pasó de hogar a hogar hasta que terminó viviendo en la calle. Rey es un hombre de negocios, de 25 años. Aunque tuvo una infancia difícil pudo construir una empresa y una nueva vida. ¿Qué pasará...
