Flug pensó que su adicción era un secreto más dentro del caos de la mansión... hasta que Black Hat lo descubrió.
Black Hat no quiere detenerlo ni ayudarlo: quiere ver qué tan lejos puede quebrarse su científico.
Desde entonces, cada orden y cada apa...
A veces me lastimo en silencio, casi como un ritual íntimo que nadie debería presenciar… aunque Demencia ya notó algunas de mis marcas. Claro que no le importa, al menos eso aparenta… ella vive perdida en sus risas y su "incondicional amor a black hat". Yo… yo soy distinto. Soy una criatura que se aferra al dolor: pinzas, agujas, ácido, fuego… mi pequeño catálogo personal. Y últimamente estoy caminando al borde, tan cerca que a veces imagino mi propia mano separándose, tendones tensos, la vena expuesta como un hilo tembloroso listo para ser jalado.
—¡FLUG!
—¡Ah, maldición, Demencia! ¿Qué quieres ahora?
—Mi Blacky quiere verte... Dice que lleves tus apuntes del último héroe que derrotamos.
—Bien… pero deja de gritarme de una vez.
Flug salió con prisa. Tomó una libreta, pero al hacerlo dejó caer otra cosa. Algo pequeño, viejo… demasiado personal.
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—¿Un diario? ¿Qué demonios es esto? —murmuró Demencia arqueando una ceja verde, curiosa como un animal que huele sangre fresca.
Lo abrió sin pensar.
—A ver… ¿Flug escribió esto? Ugh, eres un gay —escupió, no con burla real, sino como un mecanismo torpe para tapar un estremecimiento que no esperaba sentir.
El diario estaba salpicado de manchas secas, pequeñas, oscuras. No todas eran tinta.Entre páginas arrugadas había fotografías con fechas, esquinas desgastadas, cada una más inquietante que la anterior.
Día 2: Tortura de ojo. Intento fallido. El sujeto no soporta el dolor tan cerca del nervio. Día 6: Perforación. Día 20: Corte en pierna derecha.
Demencia sintió un escalofrío real recorrerle la columna.
—¿Qué mierda es esto, Flug…? —susurró, cerrando el diario de golpe. Lo escondió entre su cabello como si quisiera tragárselo, como si fuera una serpiente guardando un secreto.
Black Hat ni volteó. Su sombra temblaba detrás de él como una criatura hambrienta.
—Lárgate antes de que te mate. —lo dijo sin alzar la voz; la amenaza ya estaba viva por sí sola.
—S-sí, jefecito…
Flug retrocedió como un ratón escapando de una garra y corrió hasta su laboratorio. Cerró la puerta con seguro, respiró hondo y tomó una tijera. Se quitó la bata. Se quedó allí, mirándose las manos como si estuvieran hechas de cristal roto.
—¿Por qué Demencia me habría mentido…? Da igual… —susurró, acercando la tijera a su piel.