El sol de Cartagena, un astro ya familiar pero que ahora se sentía ligeramente distinto filtrándose por las persianas del carro de su Padre, iluminó el papel arrugado donde Samuel había escrito la dirección: Colegio Los Ángeles, Calle de la Cruz. Un nudo tenso danzaba en su estómago, una sensación que conocía demasiado bien desde las incontables mudanzas de su familia.
Al llegar frente a la verja de hierro forjado, ornamentada con unos ángeles de aspecto severo, Samuel sintió un escalofrío que no era precisamente por el clima cálido y húmedo de la ciudad amurallada. Este era el colegio número cinco en siete años, y con cada nuevo inicio, la esperanza de pasar desapercibido se desvanecía un poco más.
Respiró hondo y se despidió de su papá con una sonrisa forzada. La mochila nueva, aún sin las marcas de la vida escolar, le pesaba en los hombros. Cruzó la entrada y se encontró en un patio bullicioso. Grupos de chicos y chicas charlaban animadamente, algunos ya uniformados con camisas blancas y pantalones grises, otros con ropa de calle aprovechando los últimos días antes de la imposición del código de vestimenta completo.
El primer golpe de realidad fue la indiferencia. Absoluta. Nadie lo miró dos veces. Samuel caminó con la cabeza ligeramente baja, buscando la oficina de dirección. Se sentía como un fantasma en un lugar lleno de vida. Siguió las indicaciones pintadas en una pared color crema deslavado y finalmente encontró la puerta indicada.
La secretaria, una mujer de mediana edad con gafas de montura gruesa, lo recibió con una eficiencia amable. Le entregó el horario, un mapa del colegio y lo dirigió a su salón de clase: Séptimo B, en el segundo piso.
Subió las escaleras sintiendo las miradas fugaces, pero aún sin detenerse en él. Encontró el aula y se deslizó discretamente hacia un pupitre vacío cerca de la ventana, en la penúltima fila. La profesora aún no había llegado. La mayoría de los alumnos ya estaban allí, inmersos en sus propias conversaciones. Samuel sacó un cuaderno y un bolígrafo, fingiendo revisar el horario para evitar el contacto visual.
La clase comenzó sin incidentes. EL profesor de matemáticas, un hombre enérgico de cabello negro casi rapado, se presentó como Pablo y comenzó a explicar el tema del día. Samuel intentó concentrarse, pero su mente divagaba, analizando el ambiente. Notó las risas cómplices entre algunos grupos, las miradas de reojo que, aunque no se dirigían directamente a él, lo hacían sentir observado.
Fue durante el descanso cuando todo empezó a cambiar. Al salir al patio, aún con la esperanza de encontrar un rincón tranquilo, tropezó sin querer con un chico más alto y corpulento que caminaba en sentido contrario.
"¡Ey, mira por dónde vas, novato!", exclamó el chico, frunciendo el ceño. Sus amigos, que caminaban a su lado, se detuvieron y lo miraron con curiosidad.
Samuel, con el rostro enrojecido, balbuceó una disculpa. "Lo siento, de verdad. No te vi."
El chico sonrió con burla. "¿Novato? ¿Eres nuevo por aquí, verdad?"
Samuel asintió tímidamente, sintiendo cómo la atención de otros alumnos cercanos se centraba en el pequeño altercado.
"¿Y cómo te llamas, el invisible?", preguntó otro del grupo, soltando una carcajada que fue imitada por los demás.
La timidez de Samuel, que hasta ese momento lo había mantenido en un segundo plano, pareció interpretarse como debilidad. Sintió el calor subirle al rostro. No sabía qué responder, las palabras se le habían atascado en la garganta.
"¡Seguro que se llama Aire!", gritó el chico corpulento, y la risa se intensificó. "Porque nadie lo ve."
A partir de ese momento, la etiqueta pareció pegarse a él como un chicle en el zapato. Durante el resto del día, cada vez que cruzaba un pasillo o entraba a un aula, escuchaba murmullos, risitas y alguna que otra mirada burlona acompañada de un "¡Mira, ahí va Aire!".
En la clase de educación física, mientras intentaba unirse a un juego de fútbol improvisado, nadie le pasó el balón. Cuando se acercaba, los demás se alejaban o hacían como si no lo vieran. Se sintió torpe, fuera de lugar, un espectador no deseado en su propia vida.
Al final de la jornada, mientras caminaba solo hacia la salida, Samuel sintió un peso en el pecho mucho mayor que el de su mochila. El Colegio Los Ángeles, que en su mente había albergado la posibilidad de un nuevo inicio, se revelaba como un lugar donde su timidez era una diana, y la invisibilidad, una condena. Sabía que este era solo el principio. La verdadera prueba no sería aprender las lecciones del aula, sino sobrevivir a las lecciones crueles que el pasillo y el patio de este nuevo colegio ya habían comenzado a enseñarle.
Continuara...
Habla el autor, la mayoría de situaciones de este libro si fueron reales y me pasaron a mi. Algunos nombres los he cambiado pues para privacidad de la gente, el nombre del colegio tampoco es real
804 Palabras
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Otro lugar,Mismo Infierno
Non-FictionSamuel solo quería pasar desapercibido. La escuela "Ángeles" era su oportunidad para un nuevo comienzo, pero el 'equipo de bienvenida' tenía otros planes. Risas a sus espaldas, empujones en los pasillos, y un constante goteo de humillaciones lo hac...
