Capítulo 1 - La piel del panal

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Fobia: Tripofobia(Miedo intenso hacia patrones de pequeños agujeros o protuberancias agrupadas)

Los primeros agujeros aparecieron en el brazo derecho. Pequeños, apenas visibles. Como poros agrandados o picaduras de mosquito. Mariana no les dio importancia al principio. Trabajaba doce horas diarias en una oficina cerrada y polvorienta, archivando papeles entre humedad y luz fluorescente, así que no era raro que su cuerpo reaccionara con ronchas o erupciones.

Pero esos agujeros... no picaban. Solo estaban allí. Perfectamente redondos. Simétricos.

El tercero tenía una pequeña pelusa negra dentro.
El quinto, sangró.
El octavo... palpitaba.

Aquella noche soñó con abejas. No con panales. Con las abejas. Miles de ellas, flotando en una habitación sin ventanas, golpeando su cuerpo desnudo. Zumbaban en su oído y se metían entre sus dedos. Algunas se deshacían al contacto, dejando tras de sí un polvo espeso y dulzón que se le pegaba a la piel. Una voz sin forma le susurró: "estás abierta... estás lista".

Mariana se despertó empapada en sudor. En su brazo, ahora los agujeros eran más grandes. Uno tenía algo blanco dentro. Intentó apretarlo, pero no salió pus. Lo que salió fue aire. Y un sonido, como el silbido de un panal recién abierto.

Fue al médico al día siguiente. Lo que recibió fue una mirada incómoda y una receta para una crema antibacterial. "Dermatitis por estrés", dijo el doctor, sin siquiera tocarle el brazo. Ella quiso gritarle que no era estrés, que lo sentía moverse bajo la piel, que los agujeros aumentaban y se multiplicaban como si su cuerpo se estuviera pudriendo desde adentro. Pero no lo hizo.

Tenía miedo de que la trataran como a una loca.

La pesadilla se repitió. Pero ahora había un pasillo.

Ella lo recorría descalza, con las paredes hechas de carne vibrante. Las abejas se arrastraban por su rostro y entraban en su boca. Intentaba escupirlas, pero cada vez que abría los labios, algo más salía de su garganta: larvas. Miles de larvas que caían al piso y se arrastraban a los agujeros de su brazo, entrando con una precisión quirúrgica.

En la pesadilla, no podía gritar. Solo sentir.

Y al despertar, las marcas en su piel no eran rojas ni inflamadas. Eran profundas. Huecos negros como ojos. Uno de ellos... tenía una antena saliendo.

Mariana dejó de ir al trabajo. Cerró cortinas. Tapó espejos. No soportaba mirarse. El cuerpo ya no era suyo. Cada poro era una puerta, y algo había cruzado desde el otro lado.

Se envolvía en vendas, pero la carne hervía bajo el algodón. Cada noche sentía algo moverse dentro. Como si pequeños pies estuvieran caminando en fila por su sistema nervioso. Intentó arrancarse un agujero con una cuchilla de afeitar. Pero al abrirlo... no sangró.

Salió una sustancia blanca. Pegajosa. Y algo más.

Una cabeza. Pequeña. Insectoide. Viva.

Ya no dormía.

Cada vez que cerraba los ojos, veía el panal. Gigante. Respirando. Colgando del techo de su habitación onírica. Miles de réplicas de sí misma colgaban boca abajo, con cuerpos abiertos por miles de agujeros. Todas estaban vivas. Todas tenían los ojos abiertos. Y todas zumbaban al unísono: "Bienvenida a casa".

Mariana gritó hasta desgarrarse la garganta. Pero nadie la escuchaba. Porque nadie soñaba lo mismo.

Una noche, no despertó.

Los vecinos notaron un olor dulzón y ácido que salía por debajo de la puerta. La policía rompió la cerradura. Encontraron a Mariana sentada en una esquina del baño, cubierta de vendas ensangrentadas y cáscaras secas. Su piel era como papel húmedo, con cientos de agujeros esparcidos por todo el cuerpo. En su lengua había un símbolo tallado: un panal.

Y en sus ojos, miles de pupilas.

Ningún insecto fue encontrado.

Pero el zumbido... el zumbido siguió resonando en las paredes durante semanas.

Pesadillas HumanasOpowiadania do pokochania. Odkryj je teraz