Capítulo 1

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El Sendero Olvidado

Hora: 6:45 p.m.

La lluvia golpeaba con insistencia el parabrisas del coche mientras Margaret ajustaba el limpiaparabrisas a la velocidad máxima. Su rostro reflejaba la determinación propia de alguien que ya había enfrentado más de una situación macabra. A sus 28 años, era una detective reconocida por su temple frío y su habilidad para resolver casos imposibles. Pero nada en su carrera la había preparado para lo que estaba por descubrir en el caso de William Tooshing.

La llamada había llegado dos días antes. Un hombre, residente de la pequeña ciudad de Syoring, había desaparecido sin dejar rastro en los densos y sombríos confines del bosque que rodeaba la localidad. William Tooshing, un naturalista local, fue visto por última vez saliendo de su cabaña hacia el corazón del bosque con su equipo de grabación y una mochila con provisiones para tres días. Nunca regresó.

El jefe de policía de Syoring, un hombre de voz ronca y mirada desconfiada llamado Harold Munce, fue quien solicitó ayuda del estado. "Este caso no es como los otros," había dicho por teléfono. "Necesitamos a alguien con sangre fría. Necesitamos a Unidad 13."

"Unidad 13" era el nombre en clave que Margaret había adoptado desde su incorporación a una división especial dedicada a casos considerados anómalos, imposibles o "no clasificables". Su nombre completo rara vez era mencionado en expedientes; era una sombra, un rumor, un recurso de último recurso. Ahora, la sombra llegaba a Syoring.

El cartel oxidado que indicaba la entrada a la ciudad colgaba torcido, como si quisiera desplomarse con el próximo soplo del viento. "Bienvenidos a Syoring" decía en letras apenas legibles. Margaret detuvo el coche frente a la comisaría, un edificio de ladrillos agrietados que parecía tan viejo como el bosque que lo rodeaba.

Harold Munce la recibió en la entrada. Su mano era tan firme como su expresión.

—Unidad 13. Esperaba que no vinieras sola. Este caso... este lugar, es diferente.

—Trabajo mejor sola —respondíó Margaret, escaneando la calle vacía con la mirada.

El jefe la condujo adentro. La comisaría olía a humedad y café recalentado. Sobre una mesa, varios expedientes estaban abiertos, y en la pared colgaba un mapa del bosque Syoring, con áreas marcadas con tinta roja.

—Aquí fue visto por última vez —dijo Munce, apuntando una zona llamada "Sendero del Susurro". —No enviamos a nadie allá desde hace años. La gente del pueblo cree que está... maldito.

Margaret no respondió. Tomó una copia del mapa y se lo guardó en la chaqueta. Se giró hacia Munce y preguntó:

—¿Hay algún registro de sonidos? Dijo que llevó equipo de grabación.

Munce asintió y abrió una carpeta. Dentro, había una nota: "Grabadora encontrada, sin rastro de Tooshing". Le entregó un reproductor y presionó "play". Durante los primeros segundos sólo se escuchaba el crujido de hojas secas y el canto lejano de aves. Pero luego... un murmullo. Bajo, persistente, casi un susurro, como si alguien repitiera palabras en un idioma irreconocible.

Margaret frunció el ceño.

—Esto no es interferencia... Esto es... algo más.

Al día siguiente, antes del amanecer, Margaret se internó en el bosque. Llevaba una linterna, su arma reglamentaria, una mochila con provisiones, y un grabador digital. El Sendero del Susurro era angosto, cubierto de maleza y coronado por árboles tan altos que bloqueaban casi por completo la luz del sol.

A medida que avanzaba, el silencio se volvió ensordecedor. No había viento, ni aves, ni el zumbido de insectos. El bosque entero parecía contener la respiración. Margaret sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Tras una hora de caminata, encontró lo que parecía ser un claro. En el centro, una cabaña destartalada cubierta de hiedra. No estaba en el mapa. La puerta colgaba de una bisagra y crujía con el movimiento más leve.

Al entrar, un olor a moho y madera podrida la obligó a taparse la nariz. La luz de la linterna reveló dibujos tallados en las paredes: círculos, figuras antropomorfas, espirales. En el suelo, había una grabadora igual a la que le había entregado Munce, con la cinta rebobinada.

La encendió. La misma interferencia. El mismo murmullo. Pero ahora, se escuchaba una voz al fondo, apenas perceptible.

"No están muertos... Están... esperando."

Un ruido seco la hizo girarse. Afuera, algo había crujido entre la maleza. Apagó la linterna y se quedó inmóvil. Un sonido rápido, como garras sobre madera, se escuchó en el techo de la cabaña. Margaret salió de un salto, con el arma en mano.

Nada.

Pero el cielo había oscurecido. La niebla había descendido. El bosque era ahora un mar blanco y denso. La brújula giraba sin rumbo. Las ramas parecían acercarse lentamente, como si respiraran.

Margaret intentó regresar por el mismo camino, pero cada paso parecía llevarla más adentro. Las marcas en los árboles ya no estaban. El murmullo del grabador comenzó a escucharse de nuevo, aunque ella no lo había encendido.

La oscuridad cayó rápidamente. Y en la distancia, una figura.

Alta. Esquelética. Ojos blancos como leche derramada. No caminaba, flotaba.

Margaret disparó. El sonido retumbó en el bosque. La figura no se inmutó. Desapareció entre la niebla.

Temblando, Margaret encontró una roca grande donde refugiarse. Encendiendo su linterna, vio en el suelo un cuaderno. Era de William Tooshing.

"Día 1: El bosque susurra cuando el sol se oculta."

"Día 2: Vi a los que se fueron. No están muertos. Me ven. Me llaman."

"Día 3: No hay salida. Unidad 13 vendrá. La esperan."

Margaret cerró el cuaderno con las manos heladas. El bosque pareció reír en un susurro ahogado. Y ella supo, sin duda, que acababa de cruzar un umbral del que pocos regresaban.

El caso de William Tooshing había dejado de ser una búsqueda. Era una advertencia.

Y ella, ahora, era parte de la historia que otros temerán contar.

Unidad 13 ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora