I.

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> Despertar en Silencio <

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—¡Te dije que no lo tocaras así! ¡Es solo un niño!
—¡Y yo te dije que ese mocoso necesita disciplina, no lástima! ¡Mira lo que se ha convertido!

El sonido de objetos golpeando el suelo. La voz de su madre rota en gritos. Y luego...
Silencio.
Silencio espeso, inmenso. Como si alguien hubiera apagado el mundo.

Félix abrió los ojos.

Su habitación estaba oscura, apenas iluminada por el tenue resplandor gris de la mañana colándose entre las cortinas. Se quedó quieto por un momento, mirando el techo. El silencio seguía ahí, como una segunda piel. Luego se incorporó lentamente, se frotó los ojos y, con manos temblorosas, abrió el cajón de su mesa de noche.

Pastillas blancas, pequeñas.
Las tomó sin agua, como siempre.

Se puso de pie, caminó descalzo hacia la cocina, donde una taza vacía lo esperaba desde la noche anterior. Su madre no estaba. Otra vez. Tal vez había salido temprano al trabajo. O tal vez no. A veces, Félix prefería no preguntar.

—Buenos días, mamá —murmuró de todos modos, dejando la taza en el fregadero con un tintineo que pareció resonar demasiado fuerte en la casa vacía.

Tenía 16 años. Su padre había muerto hacía cinco. Y desde entonces, algo en la casa se había apagado.

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En la escuela, los empujones eran rutina. Los murmullos también.

—Loco.
—Mira sus ojos, parecen de muerto.
—Apuesto a que habla solo.

Félix no respondía. Nunca lo hacía. Caminaba derecho, con los audífonos puestos (aunque no reprodujeran nada), y se sentaba en la esquina del aula, lejos de todos.

Nadie lo esperaba al llegar a casa. Nadie, excepto ellos.

—¡Felix! ¡Al fin! —exclamó Ghosty, flotando cerca del techo, con un sombrero de copa y ojos vacíos que brillaban.
—Llegas tarde, jovencito —dijo la señora Ann, su cuerpo gelatinoso vibrando como gelatina de fresa.
—Estás pálido otra vez —agregó Hyunjin, el único que parecía humano. Su voz era suave, casi melancólica—. ¿No comiste nada en todo el día?

Félix sonrió. Con ellos sí hablaba. Solo con ellos.

—No tenía hambre —respondió, dejándose caer sobre el sofá.
Ghosty empezó a contarle un chiste absurdo sobre un gato sin cuerpo que quería ser cantante. Ann reía con un sonido viscoso. Y Hyunjin... Hyunjin solo lo miraba. Siempre lo miraba como si pudiera ver dentro de él.

Félix giró la cabeza hacia él, observándolo con detenimiento.
A veces... A veces pensaba que Hyunjin era real. No como los demás.

—¿Estuviste aquí todo el día? —preguntó.
Hyunjin asintió, con una leve sonrisa.

—Siempre estoy contigo, Félix.

Y por primera vez en todo el día, Félix sintió algo tibio en el pecho. Como si, en medio de tanta oscuridad, todavía existiera un pequeño rincón donde podía respirar.

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>El consultorio<


—No tienes que decir nada si no quieres —susurró su madre mientras se acomodaban en la sala de espera del hospital—. Solo... intenta ser sincero, ¿sí?

Félix no respondió. Sus ojos estaban clavados en el suelo, los dedos entrelazados con fuerza sobre su regazo. Odiaba ese lugar. Las paredes blancas. El olor a desinfectante. Las revistas viejas. Todo.

—Félix —llamó una enfermera, asomándose por la puerta—. El doctor está listo.

Entró sin mirar atrás. El consultorio era igual que siempre: escritorio ordenado, estanterías repletas de libros, una lámpara cálida intentando hacer parecer el ambiente menos frío de lo que era.

—Hola, Félix. ¿Cómo te sientes hoy? —saludó el doctor con una sonrisa amable, tomando su libreta.

—Normal.

—¿Has dormido bien? ¿Tomaste tus medicamentos?

Félix asintió sin ganas.

—Y... ¿sigues hablando con tus amigos imaginarios? —preguntó el psicólogo, con tono neutral, anotando algo en su cuaderno.

Hubo un silencio largo.

—No son imaginarios —dijo Félix al fin, con la voz baja, pero firme—. Son reales. Me cuidan. Me escuchan. Me entienden más que nadie.

El psicólogo levantó la mirada.

—Félix... sé que se sienten reales. Pero son parte de tu mente. Proyecciones. Maneras de lidiar con lo que has vivido. No son reales. No están aquí.

Félix lo miró fijamente, el pecho apretándosele.

—¡No son invenciones! ¡No te atrevas a decir eso! ¡Ellos me quieren! ¡Yo los quiero!

Se levantó de golpe, tirando la silla al suelo. El doctor apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Félix saliera del consultorio, furioso, respirando con dificultad. Su madre intentó detenerlo, pero el doctor le hizo una seña. Era mejor dejarlo calmarse.

El hospital estaba casi vacío a esa hora. Pasillos largos, luces parpadeantes. Félix caminaba rápido, con los ojos húmedos, hasta que dobló una esquina...

Y allí estaba.

Hyunjin. De pie, esperándolo. Con esa expresión suave, como si supiera exactamente lo que pasaba dentro de su corazón.

Félix no lo dudó. Corrió hacia él y lo abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su cuello.

—Odio este lugar —murmuró contra su camisa—. Odio que digan que no existen. Que no eres real...

—Estoy aquí, Félix. Siempre estoy aquí —respondió Hyunjin, abrazándolo de vuelta, acariciando suavemente su espalda.

Unos segundos después, Ghosty apareció flotando sobre una camilla abandonada.

—¡Doctor Tontín otra vez con sus discursos de “esto no existe” y “todo está en tu mente”! Qué original.

Félix rió débilmente.

Luego llegó la señora Ann, deslizándose lentamente por el pasillo con su cuerpo gelatinoso temblando de preocupación.

—¿Te hizo llorar ese hombre, querido? Ya sabes que nos tienes a nosotros...

Félix se separó de Hyunjin y los miró a todos, uno por uno. Sus ojos aún brillaban por las lágrimas, pero ahora también había una pequeña chispa de calidez en ellos.

—Los quiero mucho. A todos.

Ghosty chasqueó los dedos.

—Pero más a Hyunjin, ¿eh? ¡Lo sabíamos!

—¡Ghosty! —Hyunjin se sonrojó, apartando la mirada.

—¡Ay, lo puse nervioso! ¡Qué tierno!

Félix soltó una carcajada, una de esas que le temblaban en el pecho y no tenía desde hacía semanas.

Por un momento, en ese pasillo frío y solitario, el mundo volvió a sentirse un poco más cálido.



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Entre La Verdad Y La Mentira Stories to obsess over. Discover now