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El olor lo golpeó como una bofetada húmeda en pleno rostro. No era solo dulce. No. Era salvaje, sucio, desafiante.
Pedro Medina alzó la cabeza desde su escritorio de madera maciza, sus ojos entrecerrados como los de un depredador que acaba de detectar a su presa.

—¿Quién demonios…? —murmuró, su voz grave vibrando en la oficina solitaria.

El aroma flotaba en el aire como un susurro indecente. No era un celo completo, pero rozaba el límite: ese calor contenido, esa provocación involuntaria que solo los omegas rebeldes sabían desprender. Uno que aún no había sido reclamado. Uno que pedía a gritos ser marcado.

Salió de su oficina como un perro de caza, bajando las escaleras con pasos firmes. Y entonces lo vio.

Ezequiel Basurto, de uniforme ajustado y mirada altiva, discutía con uno de los agentes de bajo rango. Su boca se movía rápida, su ceño estaba fruncido… y su aroma seguía llenando el ambiente como un maldito hechizo.

Pedro no escuchó una sola palabra de lo que decía. Solo lo observó. El cuello del uniforme ligeramente abierto. Las gotas de sudor en su sien. El modo en que su espalda se tensaba con cada palabra…
Esa maldita boca.

—Basurto —dijo al fin. No fue una orden. Fue una sentencia.
Ezequiel volteó, su expresión endurecida al ver al comandante.

—¿Qué quiere, Medina?

Pedro se acercó hasta quedar a centímetros, tan cerca que Ezequiel sintió su aliento cálido contra la mejilla.

—¿Tú sabes lo que hueles, verdad? —le susurró al oído, lento, peligroso, como quien acaricia una bomba antes de detonar.

Ezequiel se tensó, pero no retrocedió.
—¿Y usted sabe lo patético que es un alfa que necesita olfatear para sentir algo?

Pedro sonrió.
Jodido omega con lengua de serpiente.

—No me provoques, Basurto. No sabes de lo que soy capaz.

—Tampoco usted de lo que soy capaz yo.

Se miraron. Fuego contra fuego. Orgullo contra obsesión.
Y justo antes de apartarse, Pedro rozó con la yema de los dedos la cintura de Ezequiel, apenas un roce. Pero suficiente.
Suficiente para sentir cómo se le erizaba la piel. Suficiente para saber que ese cuerpo, tarde o temprano, iba a ceder.

Y cuando lo hiciera, iba a ser para él.

Solo para él.

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Cadenas de Fuego.Stories to obsess over. Discover now