Belladonna despertó sumida en la más absoluta oscuridad. No había luz ni sombra, ni forma ni color. Sólo un vacío opresivo que parecía tragársela lentamente. Su mente estaba en blanco, un mar de nada donde ninguna memoria, ni un solo recuerdo, emergía. ¿Quién era? ¿Dónde estaba? Una neblina espesa cubría sus pensamientos, y un frío insidioso recorría cada fibra de su ser.
Un ruido extraño rompió el silencio: un murmullo lejano, como un suspiro entrecortado, un eco gutural que retumbaba entre paredes invisibles. Luego, un aroma fétido, nauseabundo, que se coló en sus fosas nasales y le revolvió las entrañas con un torbellino de asco. Un hedor a carne podrida, a muerte y descomposición, a un infierno al borde del colapso. Belladonna sintió un temblor recorrer su cuerpo. Intentó moverse, pero algo tiraba con fuerza de sus muñecas. Quiso mirar sus manos, pero estaban ocultas, encadenadas, frías, doloridas. No había libertad, sólo cadenas que apretaban su piel como si quisieran absorberla.
El silencio fue roto por un crujido, el sonido metálico de una puerta que se abría con lentitud. De repente, un haz de luz se coló en la habitación y sus ojos, aunque acostumbrándose al negro absoluto, lograron distinguir lo que había a su alrededor. Cadáveres esparcidos en el suelo, cuerpos putrefactos con carne desgarrada y oscura, apilados unos sobre otros. Pequeñas criaturas, demonios humanoides del tamaño de bebés, correteaban entre los restos, masticando con voracidad la carne podrida, sus bocas salpicadas de sangre reseca y saliva viscosa.
El asco fue tan profundo que Belladonna no pudo contener las náuseas. Su estómago se revolvió violentamente, un retortijón que le subió desde el fondo del alma hasta la garganta, y antes de que pudiera detenerse, vomitó con fuerza sobre el frío suelo. Uno de esos demonios, al oler el vómito, se acercó con lentitud. Sus ojos, que a primera vista parecían crueles y maliciosos, mostraban una extraña ternura. La criatura lamió el vómito del suelo con una delicadeza perturbadora, como si fuera un manjar exquisito.
Belladonna sintió el cuerpo temblar, no sólo por el frío o el horror, sino por una extraña mezcla de miedo y una inesperada tristeza. Intentó arrastrarse, desesperada, buscando una salida que no existía. ¿Estaba en el infierno? ¿O era una víctima de algún secuestro? Intentó mover las manos, probar si había algún resquicio de libertad, pero las cadenas la sujetaban firmemente, atrapando sus extremidades detrás de su espalda. Trató de levantarse, pero la fatiga y la inmovilidad la hundían en la desesperación.
De pronto, la puerta se abrió completamente y un hombre apareció. Alto y esbelto, con cabello rubio medio largo que caía con suavidad sobre sus hombros, y unos ojos lilas profundos que parecían brillar con una luz propia, casi hipnótica. Sus ojos se encontraron con los de Belladonna, y durante un instante eterno, el mundo se detuvo. Luego, sin mediar palabra, él se lanzó hacia ella, la tomó en sus brazos con una fuerza y una ternura que la hicieron temblar.
Una expresión de alivio profundo cruzó su rostro, sus labios se fruncieron apenas y su ceño se relajó. Belladonna sintió su corazón latir con fuerza contra el pecho del rubio mientras él la acurrucaba, como si quisiera protegerla del mundo entero. Lágrimas invisibles comenzaron a deslizarse por sus mejillas pálidas. No sabía si debía sentirse aliviada, condenada o simplemente perdida. La incertidumbre la carcomía desde dentro, mientras ella hundía su rostro en el calor de su pecho, aspirando ese aroma limpio y dulce que la hacía sentirse extrañamente segura.
Al salir de la habitación, un pasillo interminable se desplegaba ante ellos, bordeado por numerosas puertas idénticas a la que acababan de abandonar. Era una prisión, una masiva cárcel donde más de doscientas almas estaban encerradas en celdas idénticas. Un tumulto de voces, pasos y gemidos llenaba el aire. Una multitud de personas, tan cansadas y abatidas como ella, era sacada de sus prisiones, liberadas o quizás trasladadas, Belladonna no lo sabía. El rubio no apartaba la mirada de ella, preocupado, vigilante. Pero Belladonna no podía recordar nada. Su mente era un abismo sin fondo, y la oscuridad la envolvía con su manto frío.
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Vincta Sum: Encadenada
RomanceBelladonna despierta en una celda putrefacta, encadenada y sin memoria. Rodeada de cadáveres y criaturas demoníacas, no recuerda quién es ni cómo llegó allí. Su rescate llega de manos de Damon Phalius, un hombre enigmático de cabello rubio y ojos li...
