Prologo

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¿Sabes esa sensación de estar en la playa, con el sol calentándote la cara, la arena blandita bajo el cuerpo y ese silencio que parece decirte “tranquila, ya pasó lo peor”?
Así me sentía yo. Paz absoluta.
Hasta que, claro, tuvo que venir Henry a arruinarlo todo.

—¡HENRY, QUE NO ME QUIERO METER AL AGUA! —grité mientras él me cargaba como un saco de patatas sobre su hombro.

Henry es... complicado. Un chico atractivo de piel morena, ojos verdes y una complexión atlética. Muy atlética.

De esos que miras sin darte cuenta, como si tus ojos tuvieran voluntad propia.

Y como yo no soy muy observador (nótese la ironía), me acerqué a hablarle el primer día de universidad.

Él, por supuesto, notó que lo estaba escaneando con la mirada, intentando descifrar sus abdominales a través de la camiseta.

Y me soltó, así sin anestesia: que era gay.

Yo... me convertí en un tomate. Literal.

Él todavía se ríe de eso. Pero, mira, gracias a ese momento de humillación máxima, terminé conociendo a una de las mejores personas de mi vida.
Aunque a veces sea un listillo insufrible. Como ahora, por ejemplo.

—Mara, un bañito no le viene mal a nadie —me dijo con una sonrisa malévola, corriendo conmigo como si yo no estuviera gritando como loca.

—¡TE VOY A...! —intenté negociar. Spoiler: no funcionó. Nunca funciona.

Salí del agua hecha un desastre: mi pelo rojizo y esas mechas rubias (que me hice hace un mes, gracias por preguntar) estaban pegadas a mi cara como algas.

Y ahí estaba él, el culpable, esperándome en la orilla con una carcajada que se le salía del alma.

—Pareces... Pareces... —intentaba hablar entre risas—. ¡El primo despeinado del monstruo del Lago Ness!

Se rió TODO el camino de vuelta a la toalla.

Y fue justo ahí cuando noté algo raro.

—¿Dónde se ha metido Eli? —pregunté, mirando alrededor.

—Se fue a unos baños públicos con un rubio guapísimo. Ya sabes cómo es. Dale media hora —respondió Henry, como si nada.

Y como Eli se había ido, claro, me tocó a mí ser la víctima del día.

Cuarenta minutos después, me sentía como una madre cuarentona con un hijo hiperactivo que parece haberse comido media tonelada de azúcar.

Si seguía así, iba a acabar estrangulándolo.

Pero, como si fuera una aparición divina, llegó mi salvación.

Ahí estaba ella, caminando por la playa como si el mundo fuera su pasarela: Elisabeth Ramos, señoras y señores.

Eli —bueno, para el resto de la sociedad, Elisabeth— es una pedazo de mujer. Curvas de infarto, pelo castaño a juego con sus ojos, y una presencia que lo llena todo.

Y, cómo no, apareció en mi vida en uno de esos momentos en los que, por supuesto, yo tenía que estar haciendo el ridículo.

Trabajaba como camarera en una cafetería muy mona —porque, amigos, la uni y el pisito no se pagan solos— y, un día a mediados del primer curso, estaba llevando café a una mesa cuando... adivinad: me tropecé con mi propio pie.

Y no es que tirara una taza.
No.
Tiré CINCO TAZAS de café.
Encima de la mesa donde estaban sentados los del equipo de rugby de la universidad y las animadoras.

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⏰ Last updated: May 15, 2025 ⏰

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