I. Antes de saberlo

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Si me hubieran preguntado esa mañana qué esperaba del día, habría dicho algo como: sobrevivir a matemáticas, terminar el dibujo para historia del arte y ver si Amelia quiere salir el viernes. Nada muy dramático. La vida a los dieciséis a veces parece un ciclo de tareas, profesores y conversaciones medio eternas con tus amigos sobre nada y todo al mismo tiempo.

En mi mochila, llevaba la libreta de bocetos que nunca mostraba. Tenía decenas de dibujos, la mayoría hechos en clase, mientras el profesor explicaba algo que no lograba concentrarme en entender. No eran retratos perfectos ni paisajes impresionantes. Eran pedazos de mí: una mano que se agarra el pecho, una cara cubierta de humo, un par de ojos con tinta corrida.
Dibujar era mi forma de hablar sin decir nada. Nadie sabía bien lo que había en esas páginas, excepto Michelle, que a veces lograba espiar uno que otro y se quedaba mirándolo en silencio, como si leyera un secreto que no pensaba traicionar.

No sé por qué me costaba tanto mostrarlos. Tal vez porque, aunque nunca firmaba ninguno, sentía que todos llevaban mi nombre grabado en el fondo.

Salí de casa con los audífonos puestos, ignorando el ruido de la calle y la voz lejana de mamá deseándome buen día. Ella siempre salía antes que yo, pero esa mañana, por alguna razón, todavía estaba en casa. Le respondí tarde, ya con un pie fuera. Nos veíamos poco, pero su cuídate siempre me acompañaba.
En la esquina del colegio, como siempre, estaba Andy. Con su mochila colgada de un solo hombro, cara de sueño y alguna teoría nueva sobre física cuántica lista para soltar.

—No dormí nada —me dijo apenas me acerqué—. Pero descubrí que, si ves los números al revés, a veces todo tiene más sentido.

—¿Y si no los ves?

—Bueno, entonces tienes mi cara a las siete de la mañana.

Entramos juntos al salón. Amelia ya estaba en su puesto junto a la ventana, hojeando un libro de recetas. Le gustaba soñar con platos imposibles para la merienda. Andy, como siempre, se sentó al frente, listo para representar al grupo como si estuviéramos en una conferencia internacional.

Yo me fui al fondo, a mi puesto de siempre, detrás de Michelle. Ella giró apenas me senté.

—¿Trajiste la libreta? —preguntó con una sonrisa cómplice.
—Tal vez.
—John... déjame ver. Seguro dibujaste otra cosa interesante.
—No es nada extraordinario, es solo lo que me sale.
—Pues lo que te sale es mejor que lo que mucha gente intenta. Déjala ver. Solo una página.
—Después —murmuré, intentando evitar una conversación incomoda sobre que tengo talento o algo parecido.lñ

Pasó la mañana sin muchas sorpresas. Hasta que llegó la hora del almuerzo. La cafetería olía a lo de siempre: comida recalentada, papas fritas y una mezcla indefinida de salsas. Nos sentamos en la mesa de siempre, cerca de la ventana pero lo suficientemente lejos de los profesores como para que no escucharan nuestros chistes malos.

—Dime que trajiste postre —dijo Amelia, sin siquiera mirar su bandeja.
—No. Pero tengo una galleta aplastada de hace dos días —respondí, sacándola del bolsillo lateral de mi mochila.
—Eso cuenta —dijo Andy, mientras intentaba equilibrar tres cartones de jugo como si fueran una torre.

Michelle metió la cuchara en su arroz con cara de decepción.
—¿Por qué el arroz de la cafetería siempre parece castigo?
—Porque lo es —dijo Andy—. Es el precio que pagamos por vivir en esta simulación.
—Ay, otra vez con la teoría de la simulación —bufó Amelia—. La vida es real, Andy. El arroz no, pero la vida sí.

Todos nos reímos. Incluso yo, aunque sentía que el arroz sí podía ser prueba de que algo no estaba del todo bien en el universo.

Estábamos en eso, entre mordidas y burlas, cuando se me resbaló el tenedor de la bandeja.
—¡Nooo! —me quejé, dejando la servilleta como si pudiera frenar la caída.
—Cinco segundos, John —dijo Michelle—. Si lo recoges antes de cinco segundos, el universo lo limpia.

Me agaché a buscarlo entre los pies de las mesas, sintiéndome parte de una película en cámara lenta. Cuando lo recogí, levanté la mirada, más por instinto que por otra cosa, como quien revisa si su vergüenza ha sido testigo para alguien más.

Y ahí lo vi.

Al otro lado de la cafetería, justo frente al mostrador, estaba él. Alto, con el cabello negro en las puntas, riéndose con dos chicos que parecían igual de nuevos. Llevaba el uniforme con una despreocupación elegante, como si no se esforzara demasiado por encajar. Estaba apenas reclamando su almuerzo, girando hacia uno de sus amigos con una sonrisa leve, pero honesta.

Y durante un segundo, se me olvidó por qué estaba en el suelo.

Me levanté con el tenedor en la mano, un poco más lento de lo normal, tratando de no parecer obvio.
—¿Qué pasó? —preguntó Amelia—. ¿El tenedor tenía algo escrito?
—No... nada —respondí, sacudiéndolo con la servilleta como si eso explicara mi demora.

No dije nada más. No hacía falta. Pero algo dentro de mí se activó. Como si una línea invisible, hasta ese momento dormida, se hubiera encendido por accidente.

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El resto del día siguió como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera visto a alguien que, sin saberlo, iba a mover algo dentro de mí. Fue como esas veces en que te cruzas con alguien en la calle, te parece hermoso, y justo cuando te animas a voltear otra vez, ya no está. Así lo guardé: como un momento bonito y fugaz. Uno de esos que se guardan en la carpeta de "nunca más".

En clase de informática, la profesora interrumpió la rutina de comandos y pantallas azules para anunciar algo que nadie esperaba.

—La escuela va a montar una obra teatral. Necesitamos voluntarios para todo: escenografía, luces, utilería... ¡y arte! Alguien que tenga buen gusto, y buen pulso. ¿Alguno de ustedes dibuja?

Le lancé una mirada a Michelle, suplicándole que no abriera la boca. Pero ella ya había levantado la mano.

—¡John!
—¿Perdón? —dije, como si hubiera habido otro John en el salón.
—Él dibuja increíble. Tiene bocetos que parecen de revista.
—¿Es cierto? —preguntó la profesora.
—Bueno... sí, pero...
—Perfecto. Te quiero en el auditorio mañana después de clases. Necesitamos ayuda con los decorados. Y tú —dijo, señalando a Michelle—, si lo vas a vender, lo acompañas.

Y así, sin querer, me vi metido en un proyecto artístico escolar. No me molestaba del todo. De hecho, pensé que podría ser divertido. Una distracción. Nada más.

Entre LineasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora