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El sombrerero del Niño
Capítulo I
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Nota: si encuentra algún error de ortografía o continuidad por favor comentarlo para arreglarlo
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Nunca supe tu nombre, sombrerero.
Simplemente un día apareciste en mi habitación y comenzaste a acompañarme como si fueras mi padre. Siempre me observas cuando estoy jugando en la sala.

Todo está vacío en la casa.

Se siente frío. Creo que es por que todo está limpio, se que cuando uno termina de limpiar todo queda fresco, pero nada aquí se ensucia, nada.

Siempre recorro la casa, y en cada esquina tú estás.. No puedo alejarme de ti porque siempre me encuentras aunque me oculte en la oscuridad. A veces me preguntó el por qué está aquí, pero cuando te lo quiero preguntar… no me salen las palabras.

Tu eres el único que sale de la casa. Y cuando vuelves traes una escopeta… y ese olor a sangre, aunque no se vea. Siempre traes un ciervo o un conejo, pero nunca un pájaro o un zorro. Dices que no son dignos de tu paladar. Que eres alguien de gustos tan finos que el sabor de animales como esos no merecen ser saboreados por ti jamas.

Aunque, eso tú no dijiste cuando te di un plato con una sopa que te sabía exquisita y eso que tenía carne de un pájaro que encontré en el patio de la casa, el único lugar donde puedo salir y ni la valla puedo saltar.
Aún no olvidó cuando me preguntaste de qué animal era me dijiste;

–”¿Es acaso está la carne de uno de los conejos que traje está mañana?”

–”No, no es de un ciervo o un conejo. Es la carne de un pájaro que encontré y le rompí el cuello.”

–”... Tú, maldito infante…”

Y recuerdo cuando vomitaste todo eso en el baño, vi como sudabas. El como tú vómito era de color negro me hizo saber que algo malo te hizo esa carne. Por eso ya no la cocino. Porque te hace muy mal.

A veces pienso que me odias.
Otras veces creo que solo me tienes pena.
Y unas muy pocas veces que solo me quieres como un juguete con el cual entretenerte.

Me he negado a creer lo último. No quiero ser usado. No otra vez, no como la última vez…

Nunca quiero estar solo en mi habitación. Así que te obligo a dormir conmigo siempre. Cuando dormía solo, justo antes que tú llegarás, sentía muchas cosas. Escuchaba murmullos, a veces la voz de una mujer que me gritaba algo que no entendía.

Cuando duermes conmigo las sábanas no te llegan a cubrir completamente. Tus pies quedan al aire y no puedes moverte agusto porque la cama es pequeña. Cuando tú piensas que me quedé dormido tú me abrazas, no se por que lo haces pero lo haces y me gusta.

Solo sigue abrazándome y no me sueltes nunca. Porque así no sentiré que me abandonan otra vez.
No me dejes solo nunca.
No quiero que te vayas más a cazar.
Si quieres ir a cazar iré contigo para no estar solo más.

•••

Un día simplemente llegué al frente de una casa abandonada. Maltrecha desde afuera, pero al entrar todo parecía muy nuevo.

era lúgubre por fuera, medio caída. La madera era pútrida, llena de termitas que comían lentamente la madera hasta hacerla caer.

La puerta estaba rota pero la manija parecía nueva, como si nunca la hubieran movido…

Cuando entré, todo estaba limpio…
Era una ilusión. Lo vi tantas veces que ya no recuerdo cuántas fueron. En distintos lugares, en distintos días, en distintas horas… No me sorprendió ver a un niño dormido cuando estaba viendo las habitaciones.

Lo vi por primera vez acurrucado en esa cama de sábanas de colores azules pálidos. Pequeño, pálido y débil. Una criatura hueca. No lloraba. No pedía. No rogaba por absolutamente nada. Solo se quedaba viendo un lugar en específico durante muchas horas. Pero en sus ojos noto que no aparentaba lo que intentaba parecer: un niño.

Nunca me interesó su historia. No necesitaba ni saber su nombre–¿y por que se lo iba a pedir si no lo recordaba ni el?–
Solo se que lo encontré, o tal vez él me encontró, no tengo idea.

Desde entonces me sigue a todas partes.
Camina tal cual un ratón detrás de mí cuando oye el sonido de los cuchillos siendo afilados para cortar la carne.

Me habla con un tono suave, como si la muerte no se hubiera colado en un susurro. Yo lo dejo hablar. No porque sí, si no porque es mejor no estar solo–Y por qué de alguna forma cuando habla me interesa–

La casa está limpia. Tan limpia que al pasar mis dedos manchados de sangre y tierra no se mancha ni la encimera. No hay polvo, no hay insectos, nada se mueve y solo estamos él y yo.
–”Hace frío todo el tiempo” me dijo una vez. Yo no sentía eso. Pero fingí sentirlo, no sé por qué lo hice.
Cada que camino escuchó el crujido de la madera. Si ese niño tuviera la capacidad de irse de este lugar se mostraría la verdadera cara de todo alrededor. Pútrido, repugnante, infectó y mugriento.

Cazo porque debo. No porque me crujen las tripas por el deseo de comer. El ciervo no me desafía cuando lo apunto con la escopeta. El conejo no me suplica cuando lo capturo.
No cazo aves porque no me gusta como chillán a la hora de morir. No cazo zorros, ni los miro, me recuerdan a los hombres que sonríen hasta cuando no deben.
Y aún así sin darme cuenta un día comí la carne de un pájaro. El niño me la ofreció, con esa mirada inocente me puso el plato en frente mío sin decirme de qué estaba hecho, y yo imbécil, trague esa asquerosidad.

Negro. Todo negro. Vómito como alquitrán. Mi estómago se revolvía y me obligaba a regurgitar todo lo que comí antes con tanto gusto. El solo me miró desde la puerta, sus ojos muy abiertos. Como si esperara a que me deshiciera y por un momento yo también pensé eso.

Desde entonces no cocina para mí. Me mira como si supiera algo que yo no sé y creo que sabe algo que en verdad yo no sé. Como si supiera que detrás de toda esta carne vieja que soy yo se encontraba un monstruo que ni yo sabía que existía.

Me hace dormir con él en su cama.
Las sábanas no me cubren completamente.
No cabemos, mis piernas cuelgan, pero no me puedo mover.
Pero cuando él respira suave, cuando por fin creo que duerme, yo…
Yo lo abrazo como si fuera un muñeco.
No sé por qué lo hago, no me interesa saberlo y no quiero llegar a saberlo. Es como si ese pequeño cuerpo tibio fuera lo único que me anclara a este patético mundo.

No le temo, pero es extraño verlo. No experimenté esto en todos los años que he vivido.
Un día es más alto.
Otro día es más pequeño.
A veces su sombra se alarga otras veces se achica. Cambia continuamente.

Yo no le hablo de la mujer. No le digo de los gritos que aún resuenan por las paredes. No le cuento lo que vi antes de llegar ahí. Porque sé que esta casa no es una casa
y que no es un niño.
y que yo no soy un hombre…

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⏰ Terakhir diperbarui: Aug 09, 2025 ⏰

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el sombrerero del niño.Cerita yang bikin terobses. Temukan sekarang