Parte 1

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En una tierra donde el destino se traza no solo por la cuna, sino por el aroma que emana del alma, la jerarquía del mundo se dobla ante los instintos. Alfas gobiernan con puños de hierro, Betas sostienen el equilibrio de la sociedad, y Omegas... nacen para ser deseados, protegidos o poseídos.

El imperio de Gyeokhan se extiende vasto y poderoso, rodeado por montañas como colmillos y mares que susurran leyendas de dragones. En su trono de jade oscuro se sienta el joven emperador, Michael Kaiser, un Alfa dominante puro de apenas veintitrés inviernos. Su nombre es temido tanto en las cortes como en los campos de batalla.

Dicen que cuando empuña su espada, el aire se espesa y la tierra se inclina, que su presencia sola puede someter al más fiero de los guerreros. Otros lo llaman el Dictador del Este, no por salvajismo desmedido, sino por su implacable precisión al matar. Sus enemigos no mueren con crueldad, sino con eficiencia brutal, como hojas caídas por el filo del viento.

Su ascenso al trono no fue heredado. Fue arrancado con sangre, sudor y traición. Uno a uno, los que se interponían en su camino fueron cayendo: tíos, generales, incluso su propio padre, el emperador anterior, cuyo cadáver aún marca el lugar donde la dinastía fue purgada.

Ahora, bajo la fría luna de primavera, el palacio imperial permanece en un silencio tenso. Se rumorea que Michael Kaiser busca algo más que dominio. Algo que ni la guerra ni la corona le han otorgado.

Pero como siempre los rumores tan equivocados, no sabían que aquello ya se encontraba entre sus manos.

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El sol apenas rozaba las celosías de madera tallada, proyectando sombras elegantes sobre las sedas que colgaban del dosel. La habitación, vastamente decorada con pinturas de dragones en oro, biombos de marfil y alfombras traídas desde los reinos más lejanos, olía aún a incienso imperial: loto blanco y madera de sándalo ardido en el alba.

Entre las sábanas bordadas con hilos de plata, un pequeño cuerpo se removía con suavidad, aún cálido por el reciente descanso. Su piel era tan pálida como la porcelana más fina, casi translúcida bajo la luz tenue. Sus ojos, grandes y de un azul profundo como los lagos de invierno, se abrieron lentamente, parpadeando con confusión suave. Eran ojos que parecían hechos para mirar el cielo… o para ser llorados por él.

Su cabello, largo y lacio, se desparramaba por las sábanas como una cascada de tinta azul noche. Le llegaba hasta la cintura, sedoso, perfectamente cuidado, como si los dedos de alguien más lo acariciaran cada noche. Su figura, aunque delicada, era tan armoniosa que cualquier artista habría dado su vida por inmortalizarla. Tenía las curvas suaves de una flor cerrada, una belleza serena que no clamaba atención, pero la robaba sin permiso.

El Omega se incorporó lentamente, buscando, como cada mañana, el único aroma que podía envolver su cuerpo y calmar sus instintos: el del emperador.

Aquel aroma único, imposible de reproducir, que mezclaba la intensidad de la pimienta negra con la calidez de la miel tostada y una nota final de pino salvaje, como si su alma hubiera nacido entre el fuego, la tierra y el acero. Un aroma que hablaba de fuerza, protección y peligro. El de un Alfa dominante en todo su esplendor.

Pero no estaba.

Parpadeó. Alzó levemente la nariz, como un cervatillo en la nieve. Inhaló el aire. Una vez. Dos. Tres.

Vacío.

No quedaba ni una traza de él en la habitación.

Un leve estremecimiento cruzó su espalda desnuda mientras se recostaba otra vez, sus ojos clavados en el techo tallado de la habitación imperial. La seda de las sábanas no tenía calor. La ausencia del emperador no solo era física… era sensorial, y dolía como una punzada leve e insistente.

La princesa del Emperador  | кiisPříběhy, které tě pohltí. Začni objevovat