El suelo estaba cubierto por una humedad pegajosa, como si el dolor se filtrara desde abajo. Las paredes, agrietadas y sudorosas, parecían susurrar secretos podridos. Todo olía a encierro, a metal oxidado y recuerdos que no se lavan. Un hilo de luz, intermitente, temblaba desde algún rincón inalcanzable, como si hasta la electricidad temiera permanecer allí demasiado tiempo.
San yacía en el suelo, inmóvil, con los labios entreabiertos como si aún buscara oxígeno que ya no llegaba. Sus muñecas dolían; una quemazón latente que vibraba al ritmo de su corazón herido. El frío le calaba hasta los huesos, pero el calor que subía desde sus venas —ardiente, incontrolable— era peor. Una fiebre cruel, más del alma que del cuerpo.
Los recuerdos no golpeaban con lógica. Llegaban como tormentas en una noche de profunda oscuridad. Cada escena era una esquirla que se incrustaba en su conciencia, sin orden, sin clemencia.
Y entre la niebla de su mente, apareció él.
Al principio, solo era una sombra borrosa. Pero entonces habló:
—He conocido a muchas personas... pero nadie hizo algo así por mí.
Esa voz... dulce, rota, le atravesó como cristal.
San apretó los dientes, girando apenas el rostro contra el suelo. Las lágrimas caían sin permiso. Cada palabra suya era un puñal que no quería evitar.
Y entonces, otro fragmento lo arrastró.
Frente a San, él. Ojos rojos. Mandíbula tensa. Su sonrisa... una herida más.
—No creas que has roto mi corazón... no. Soy feliz, feliz porque tú lo eres.
Rió con una intensidad artificial que helaba la sangre.
Pero sus ojos... no eran los de alguien feliz.
San cerró los ojos. Una punzada aguda le atravesó la frente. El aire se volvió espeso. Cada rincón de su cuerpo gritaba. Su voz apenas alcanzó a susurrar:
—Wooyoung...
Él jadeaba, luchando con su propia garganta para no desmoronarse.
—¡No tienes alma! ¡¿No tienes sentimientos?! —Su desesperación lo empujó—. ¡Eres un maldito niño!
Y entonces el recuerdo cambió.
Estaba de espaldas, viendo la calle. San corría hacia él, aún sin aliento.
—Hola —dijo, sonriendo.
—Hola —respondió él, girando con esa calma suave que siempre lo desarmaba.
—¿Te hice esperar mucho?
Él solo suspiró y cruzó los brazos. San se inclinó hacia su hombro, buscándolo como refugio.
—¿Entramos?
Lo miró, sonrió... y el recuerdo se desvaneció como niebla al sol.
Otro fragmento.
Ambos en una habitación, viendo una película. Las luces tenues, el silencio entre ellos pesando más que el diálogo de la pantalla.
—Estoy feliz de que seamos amigos —dijo él, sin mirarlo—. Y nunca, nunca quiero perder la paz que hay entre nosotros.
—Novio, novia, esposo, esposa... cuando esas relaciones mueren y las personas se van.
Luego giró apenas, y sus ojos se encontraron.
—Pero yo... nunca quiero que tú te vayas, San.
El corazón de San se hizo trizas. La pantalla de su mente se llenaba de grietas.
Un nuevo eco.
—¿Para quién fue? —sollozaba, desgarrado—. ¿Debería decírtelo?... Pero supongo que ya es tarde. -Se acercó, demasiado—. ¿Es tarde, no?... Ahora solo quiero que ella muera en la procesión de la boda.
San negaba con la cabeza. Pero las palabras lo herían como cristales rotos contra su piel abierta.
Y al final... el último recuerdo.
Él sonriendo.
Sus manos suaves tomaron el rostro de San, como si lo protegieran del mundo entero.
Y luego lo besó.
No había urgencia, ni miedo. Solo una promesa.
Cuando sus labios se separaron, murmuró:
—Quizás sea todo lo que tengamos, solo hoy, solo ahora.
La imagen se quebró como un espejo al caer.
San volvió al presente. Al frío. A la suciedad que se adhería a su cuerpo como una segunda piel.
El silencio era un monstruo sin rostro. Solo se oía su respiración, quebrada. El pecho le subía con esfuerzo. Sus ojos abiertos miraban sin ver, y su boca apenas dejó escapar un hilo de voz:
—No...
Un espasmo recorrió su espalda.
—... seguir respirando mientras tú ya no estás...
Un gemido, casi animal, brotó de su garganta.
—... es...
El dolor le estrujó el pecho; su cuerpo temblaba.
La voz se le cortó. Tosió. Sangre o saliva. No distinguía.
—... Perdón...
Sus labios se partían con cada sílaba.
—... pero ya no puedo seguir sin ti.
Sus ojos se nublaban. Su pulso erraba el ritmo.
—Creí que recordarte y sufrir... era una forma de pagar lo que pasó...
Un quejido. Se retorció apenas.
—... pero no puedo más.
Sus labios temblaban. Su voz ya era un susurro perdido:
—Si después de morir nos encontramos otra vez...
Su mandíbula se tensó por el esfuerzo.
—... no seré capaz de renunciar a ti...
La oscuridad se volvió más densa.
Y entonces, lo sintió.
Una presencia. Inexplicable, silenciosa.
El aire tembló. Algo, alguien... estaba allí.
Pero sus párpados cayeron.
Su mente descendía, lenta, al abismo.
Y entonces...
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Nunca Digas Adios
General FictionSINOPSIS "Si deseas algo con todo tu corazón, el universo entero conspira para que lo consigas." San nunca conoció el amor. Aprendió a sonreír, incluso cuando su mundo se desmoronaba, porque si no lo hacía, terminaría por romperse. Parecía optimista...
