1: My Pace SKZ

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No hagas eso, no hagas eso
하지 마 하지 마
Esas comparaciones no tienen sentido
그런 비교 따윈 의미 없잖아
No hagas eso, para ahora
그러지 마 stop it now
Sólo tienes que seguir tu propio camino ahora
그냥 넌 지금 너의 길을 가면 돼


Alessa despertó envuelta en sudor, con el cuerpo tenso y adolorido. Una vez más, la misma pesadilla la había atormentado: el accidente que cambió su vida para siempre. A pesar de las pastillas recetadas por la doctora Verónica para ayudarla a dormir, algunas noches simplemente le era imposible conciliar el sueño. Miró el reloj digital sobre su mesa de noche; marcaba las siete y treinta. Resignada, se levantó y se dirigió al baño.

El agua caliente relajó sus músculos tensos, arrastrando consigo las gotas de sudor que perlaban su frente. Tras la ducha, se preparó un desayuno ligero: un bol de chía con avena y un poco de yogur. Encendió la televisión mientras comía, pero solo encontró anuncios repetitivos que prometían productos gratis si se llamaba en ese mismo instante. Frustrada, apagó el televisor y encendió su parlante. Conectó su teléfono y dejó que las notas del rock suave llenaran el ambiente.

Era un género que la definía. Muchos asumirían que, por su pasión por la poesía, se sumergía en melodías clásicas de Chopin o Mozart. Pero lo cierto era que, desde que tuvo la libertad de elegir su propia música, optó por la que siempre había sonado en casa: rock alternativo, indie y todas sus variantes. No soportaba las nuevas tendencias, donde el pop se fusionaba con géneros comerciales. Su refugio eran las guitarras y el bajo, acompañados de letras con sentido social o crítico.

Se sentó frente a la computadora, con la esperanza de escribir algo. Llevaba una semana atrapada en un bloqueo creativo que la desesperaba. Su editorial comenzaba a impacientarse, enviándole mensajes constantes sobre el avance de su segundo libro. Pero ella no tenía respuestas. Ser escritora no era fácil, y menos cuando se trataba de poesía.

Había estudiado Literatura y Letras, encontrando en ello su vocación. Desde niña, las palabras la habían cautivado, pero no lo suficiente como para advertirle que su título académico venía con letras pequeñas: "No tendrás un buen trabajo. Puede que ni siquiera tengas uno." Aun así, se arriesgó. Escribió un poemario que, para su sorpresa, captó el interés de algunas editoriales. Aceptó una oferta que le permitió cumplir su sueño de vivir de la escritura. No con lujos, pero con la tranquilidad de hacer lo que amaba.

Su apartamento era pequeño: una habitación con baño en suite, un walk-in closet, una cocina de concepto abierto, un living comedor modesto y un balcón de nueve metros cuadrados. No necesitaba más. Estaba sola, sin mascotas, acompañada solo por sus poemas.

Su mirada se desvió hacia la pared donde colgaba el título que tanto le había costado conseguir. Recordó las palabras de su padre: "Persigue tus sueños. Siempre habrá una salida." Pero esas palabras pertenecían a un tiempo que se había esfumado junto con él y su madre. Antes de que todo se fuera al infierno.

El recuerdo era nítido, como si hubiese ocurrido ayer. Tenía diecinueve años, iban a celebrar su cumpleaños. Su familia había decidido celebrarlo con un viaje a la montaña para esquiar, una de sus actividades favoritas desde la infancia. Sin embargo, ni siquiera llegaron al punto de ascenso.

Los frenos del auto de su padre fallaron. De repente, un camión invadió su carril, dirigiéndose directamente hacia ellos. Su padre intentó maniobrar, pero el impacto fue inevitable.

Alessa recordaba haber mirado a su hermano Félix con terror. Nunca había sentido un miedo tan paralizante. Luego oyó un golpe sordo de metal y vidrios quebrándose, lo siguiente: oscuridad.

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