Capítulo 1: Bajo lunas de sangre

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En un rincón olvidado del vasto universo donde los cielos arden perpetuamente en tonos dorados y escarlatas, flotaba Kasei el planeta de los soles infinitos. Un mundo forjado por guerras antiguas y esperanzas marchitas, donde la vida y la muerte bailan juntas en un ciclo sin fin; como viejos amantes incapaces de separarse.

Los inmensos cielos rojos y mares de fuego de Kasei no eran gobernados por reyes ni emperadores, sino por Dioses antiguos, cada rincón de este mundo respira la presencia de lo divino; cada rayo de luz, gota de agua, soplo de viento, guerra incluso cada beso o lágrima derramada tienen un Dios que lo contempla; nada se escapaba de los ojos divinos. Pero incluso entre los mismos dioses existían límites y... pecados.

Con furia y ternura, dos nombres resonaban por encima del resto... Ella, Asai Diosa del sol, radiante, daba vida, tejía amaneceres, su mirada era luz de esperanza; él, Takeshi Dios de la guerra, imponente señor de la conquista y destrucción, guiaba a los mortales hacia la gloria o... la ruina. Eran el día y la noche, la compasión y el conflicto; esencias que no debían unirse y sin embargo, se buscaron, se encontraron y se amaron; pero las leyes divinas eran claras: "Un Dios de la luz jamás deberá unirse con un Dios de la oscuridad, pues de su unión nacerá la grieta que devorará el equilibrio".

Pero el amor no entiende de decretos... Solo arde. Fue un amor oculto entre eclipses, no sellado con palabras sino con caricias ocultas, besos robados en los ocasos, con manos entrelazadas bajo un cielo donde nadie pudiera verlos.

Una noche, cuando el firmamento de Kasei se tiñó de una oscuridad que ni un rayo pudo atravesar, los oráculos conjugaron una profecía que sería temida hasta por los mismos Dioses:

"En una noche de lunas sangrientas, cuando del cielo lluevan estrellas muertas; de la unión del caos de la guerra y del brillo del sol nacerá un niño cuyo corazón será un campo de batalla entre la luz y la sombra, su cabello arderá como el fuego y en sus ojos vivirá la memoria de todo lo perdido, bajo su sombra los reinos caerán o renacerán, desafiará a Dioses y hombres por igual y de su juicio nadie escapará".

Conscientes de la furia que desatarían, Asai y Takeshi eligieron amarse sin miedo; en un santuario escondido del monte Kiyoshi cubierto por nieblas sagradas, donde ni la luz ni la sombra podían dictar sentencia, confirmaron su amor con sangre y llamas.

-Ya no hay marcha atrás, seremos juzgados por las leyes divinas; jamás nos lo perdonarán - dijo Takeshi con el rostro cubierto en sombras.

-Aun así, no me arrepiento ni un momento de amarte- respondió Asai mirándolo fijamente a los ojos.

Fue así como; fruto de ese amor prohibido en una noche cuando las lunas de Kasei se tiñeron de sangre como heridas abiertas en el cielo, los mares se retiraron de las costas, los volcanes contuvieron su furia y el viento enmudeció, como si el planeta entero temiera su llegada... Un niño nació.

Él no lloró, ni sonrió, solo suspiró; como si su primer aliento le doliera. Abrió sus hermosos ojos al mundo por primera vez; en ellos no había chispa de vida, eran de un rojo sereno como la última luz de un sol moribundo, como si supiera que vendría a este mundo para ser prisionero de un destino escrito para él mucho antes de nacer. Su cabello rojo como el fuego parecía absorber toda luz que lo tocara.

Yoriichi le dieron como nombre que en lenguas perdidas de los dioses significaba "el sol ardiente".

Desde esa noche de su existencia, los Dioses lloraron en secreto y los hombres alzaron plegarias para no ser los primeros en su juicio.

Y así... En un mundo donde la esperanza era solo un recuerdo en extinción; comenzó la historia de aquel que tenía en sus manos el poder del fin o quizás... el de un nuevo renacer.

La profecía del sol ardiente ☀️Stories to obsess over. Discover now