Julián no hablaba mucho. No porque fuera tímido, sino porque cada vez que abría la boca se le notaban los colmillos. Así que, por las dudas, se mantenía callado. Y con la bufanda hasta la nariz, incluso en febrero, cuando el sol te cocinaba las ideas.
Iba a la secundaria Nº 48, en el conurbano. Era de esos pibes que están, pero no están. Siempre solo, siempre con cara de "me quiero ir a mi casa" aunque no tenía casa. A veces parecía que tenía ojeras desde el nacimiento. Una vez la profe de Biología le preguntó si estaba bien y él respondió:
—Sí, profe… Nomás tengo anemia.
Nadie le creyó, pero tampoco preguntaron más. En esa escuela no había tiempo para andar resolviendo misterios. Si no se desmayaba en clase, todo bien.
Pero Julián no era anémico. Era vampiro. Chupasangre. No del tipo empresario evasor, sino del que literal te mete los colmillos en el cuello y te vacía como un tetra.
Y como no podía morder en la escuela (demasiado testigos, demasiada cámara de seguridad), esperaba a la noche. Ahí se juntaba con su "bandita": cinco o seis vampiritos igual de desubicados que él. Se encontraban en un baldío entre un maxikiosco abandonado y un árbol que parecía tener hepatitis.
Salían tipo 2 de la mañana, con capucha, sigilosos, buscando víctimas fáciles: borrachos que salían del boliche, algún desprevenido que volvía tarde del laburo, o el clásico que se distraía con el celu mientras cruzaba la calle. Un mordisco rápido, una dosis de sangre y a otra cosa.
El pacto era claro: no matar. Solo un toque de sangre, como quien agarra una papa frita del plato ajeno sin que se note.
Pero una noche, uno del grupo se cebó. Un tal "El Peluca", que era nuevo y tenía problemas para controlar el hambre. Vieron a un chabón medio dormido en una parada y se mandaron. Julián dudó, pero no dijo nada. Fue cuestión de segundos: gritos, forcejeo, y de pronto, el tipo estaba en el piso, blanco como hoja nueva y con dos agujeritos en el cuello. No respiraba.
Silencio.
—Che… me parece que se fue— dijo uno.
—Se fue tipo… ¿al cielo?
—Me pa' que sí.
Miedo. Terror. Pánico. De ese que te hace transpirar frío aunque estés muerto.
—Nos mandamos alta cagada— murmuró Julián, mirando el cadáver con cara de “esto no estaba en el contrato”.
No sabían qué hacer. Lo dejaron ahí, como si fuera un borracho más tirado en la vereda. Pero no era cualquier noche. Esa noche, justo, una cámara de seguridad en el poste más roto del barrio decidió funcionar. Y captó todo.
A la mañana siguiente, la noticia estaba en todos lados.
“Cadáver sin sangre en barrio del sur. Sospechan secta satánica o cosplay extremo.”
Las autoridades no entendían nada. Pero empezaron a tirar teorías. Y a medida que seguía la investigación, la palabra “vampiro” empezó a sonar en serio.
Julián supo que era cuestión de días para que lo encontraran. Para colmo, "El Peluca" subió una historia a Instagram la misma noche con un filtro de murciélago y la frase "alta cena con los pibes".
Un boludo.
Y así empezó el fin.
La mañana después del desastre, Julián se despertó en el piso del galpón donde dormía, con un balde al lado lleno de botellas vacías de suero y una radio vieja sintonizando Crónica. Lo primero que escuchó fue:
—…y en otras noticias, hallaron el cuerpo de un hombre completamente desangrado en El Paredón. Las autoridades sospechan de una posible secta o… ¿un culto vampírico?
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Sangre y Merca
VampireJulián es un vampiro adolescente que trata de sobrevivir la secundaria sin que nadie descubra su secreto. Pero una noche todo se desmadra, y su vida da un giro sangriento. Perseguido, caído en la droga y convertido en criminal, termina reinando el b...
