Prologo

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Naruto tenía seis años cuando murió por primera vez.

No fue heroico.
No hubo fuegos artificiales.
Ni música de fondo.
Ni una cámara lenta para el recuerdo.

Simplemente resbaló.

Una piedra, una caída torpe y la orilla del río Naka hizo lo que su familia nunca logró:
lo tragó sin preguntar si quería volver.

Se golpeó la cabeza.

El agua lo abrazó con cariño homicida.
Y se acabó.

Pasaron horas antes de que alguien notara que faltaba. Lo cual tenía sentido: no se suele echar de menos lo que nunca se quiso del todo.
Menma lloró -perfecto, emotivo, como si siempre hubieran sido inseparables
Spoiler: no lo eran.
Kushina gritó -desgarrador, digno de premio, como si acabara de perder al hijo favorito.
Y Minato movilizó a la aldea como si su culpa de último minuto pudiera reescribir el pasado.

Por un breve momento, naruto fue importante.

Tan importante como un jarrón roto en la casa de una madre neurótica: no por lo que era, sino por el desastre que causó.

Y entonces, despertó.

No en una cama de hospital.
No entre brazos cálidos ni lágrimas de alivio.

Despertó en la morgue.

Solo.
Desnudo.
Frío como sus ganas de vivir.

Se sentó, tosió agua. Y nadie gritó milagro, solo lo catalogaron como "error administrativo".
Un pequeño malentendido entre la muerte y el papeleo.

El tema desapareció, como todo lo demás.

Kushina lo abrazó con fuerza.

Minato le revolvió el cabello como si fuera un perro callejero que regresó solo.

Menma le dio un dibujó donde eran una familia feliz con crayones baratos.

Después... silencio.

Como siempre.
Como si nada hubiera pasado.
Como si él nunca hubiera muerto.

Pero él ya no era el mismo.

Había algo que no podía nombrar.

No era dolor.
No era rabia.

Era otra cosa.

Un hueco sin nombre, una quietud que no pica ni arde, pero que no se va.

Era la certeza: no podía morir.

Y cuando uno deja de morir, empieza a pudrirse por dentro.

Desde entonces, la muerte se volvió costumbre.
Hábito.
Terapia.
Una conversación íntima que solo él y su sombra entendían.

A veces lo hacía rápido.

Cuchillos, sogas, tejados con vistas al olvido.
Otras, se ponía creativo: Pastillas, electrocución, sellos explosivos, un shuriken de regalo en la garganta.

Nada.
Nada funcionaba.
Ni una cicatriz permanente.

A los nueve años dejo de hacerse preguntas. Total, las respuestas nunca llegaban con subtitulos.

A los diez, descubrió que llorar no cambiaba nada... y encima dejaba los ojos hinchados.

A los once, dejó de soñar con un futuro distinto, ¿para que?. Siempre terminaba igual de jodido.

Y a los doce, entendió que su inmortalidad no era un milagro, sino una condena empaquetada con su propio código de barras. Porque claro, hasta las maldiciones vienen con sistema de inventario.

No por valentía.
Ni por madurez.
Sino porque incluso la esperanza se pudre si nadie la riega.

Y él...
Él era un jardín de cosas marchitas.

Pero no te preocupes.

No es una historia triste.

Es solo una historia que nadie quiso contar.

Hasta ahora.

Naruto.Opowieści tętniące życiem. Odkryj je teraz