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"La evolución nunca ha sido un camino recto. A veces, la naturaleza da saltos inesperados... En 1990, los científicos detectaron la primera anomalía genética: el 'gen Kagayaku'. Un capricho evolutivo que permanecía dormido hasta la adolescencia, cuando despertaba habilidades impensables.

Al principio fueron casos aislados. Un niño que sobrevivió a un accidente imposible. Una adolescente que apagó un incendio sin extintor. Los llamaron 'Evolucionados'.

Mientras algunos veían el siguiente paso de la humanidad, otros solo vieron amenazas. El gobierno creó la Agencia de Contención Especial. Protección, dijeron. Pero las desapariciones comenzaron. Los rumores sobre experimentación. La caza.

Ahora, los Evolucionados viven entre nosotros. Ocultos. Temiendo el día en que sus poderes despierten. Porque ese día, dejan de ser personas... y se convierten en presas."

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El despertador sonó a las 5:30 am. Kaito Nakamura, dieciséis años, cabello negro despeinado y ojeras permanentes, lo apagó de un manotazo. La habitación, apenas más grande que un armario, estaba dividida en dos por una cortina improvisada. Del otro lado, Yumi, su hermana de catorce años, ya se estaba levantando.

"Buenos días, hermano," susurró Yumi con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Hoy te toca preparar el desayuno."

Kaito asintió en silencio. Desde la muerte de sus padres hace tres años, las palabras entre ellos habían disminuido, pero la comunicación se había vuelto más profunda. Un lenguaje de miradas y gestos que su tía Reiko no podía entender ni controlar.

"Vamos," dijo Kaito, "antes de que se despierte."

Ambos se deslizaron por el pasillo como sombras. La casa, una vez elegante, mostraba señales de abandono: fotografías retiradas, manchas de humedad, y ese olor persistente a cigarrillo y alcohol.

En la cocina, Kaito preparaba arroz mientras Yumi cortaba verduras. Trabajaban en sincronía perfecta, como un baile ensayado. El reloj marcaba las 6:15 cuando la puerta de la habitación principal se abrió.

Reiko Nakamura apareció en la puerta de la cocina, bata desabrochada y cigarrillo en mano. A sus cuarenta y cinco años, su rostro mostraba una belleza arruinada por el resentimiento.

"¿Ya está listo mi café?" preguntó, su voz áspera por el tabaco y el sueño.

"Casi, tía Reiko," respondió Kaito, manteniendo la mirada baja.

Reiko se sentó pesadamente en la silla, observándolos con desdén. "Yumi, esa falda está demasiado corta. ¿Quieres parecer una cualquiera como tu madre?"

Yumi se tensó, pero no respondió. Kaito le lanzó una mirada de advertencia.

"Y tú," continuó Reiko, señalando a Kaito con el cigarrillo, "tienes que pasar por el supermercado después de la escuela. Y necesito que arregles la tubería del baño cuando regreses."

"Pero hoy tengo práctica de kendo..." comenzó Kaito.

El cenicero voló por el aire, estrellándose contra la pared junto a su cabeza.

"¿Crees que me importa tu estúpido kendo?" escupió Reiko. "Si vives bajo mi techo, haces lo que yo diga. Deberías estar agradecido de que no los mandé a un orfanato cuando tu padre decidió matarse experimentando con esas... aberraciones."

Kaito sintió el familiar ardor en sus venas, una sensación extraña que últimamente aparecía cuando se enojaba. Sus manos temblaron ligeramente mientras servía el desayuno.

"Lo siento, tía. Iré al supermercado," murmuró.

Reiko tomó el café y lo probó. "Está frío," dijo, arrojándolo al fregadero. "Limpien este desastre antes de irse."

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