Capítulo 1 – No Debes abrir 🔓
La lluvia golpeaba con fuerza los cristales de la ventana. El viento silbaba como si alguien quisiera entrar. Pero Isla no dormía. No podía.
Sentada en el suelo de su habitación, con la espalda pegada al borde de su cama, sus rodillas recogidas contra el pecho, miraba un punto fijo en la pared. No parpadeaba. Apenas respiraba.
—¿Otra vez no vas a dormir? —preguntó Thiago, su hermano menor, desde el rincón, con voz cansada.
Ella no respondió. Sus ojos seguían clavados en la nada. El zumbido en su cabeza era cada vez más fuerte, como un enjambre de abejas atrapadas en un frasco cerrado.
Entonces lo escuchó.
Toc, toc, toc.
Isla se estremeció. Tres golpes. Sordos. Lentos. Provenían de la puerta principal.
Y luego… una voz. Una que no era humana.
“No abras.”
—¿Qué fue eso? —preguntó Thiago, mirando hacia el pasillo—. ¿Fue la puerta?
Isla negó con fuerza, como si esa acción pudiera borrar lo que había oído.
—No vayas. No abras. No debemos abrir.
—¿Por qué no? ¿Y si es mamá?
—No es mamá. La voz lo dijo. No debemos abrir.
Thiago se puso de pie, confundido pero decidido. Caminó hacia la puerta de la habitación. Isla se levantó de golpe, temblando.
—¡Thiago, por favor, no! —le gritó, y corrió hacia él.
—Estás exagerando. Solo son golpes. Seguro es mamá. Está lloviendo.
—¡Te digo que NO es mamá! —gritó, con los ojos desorbitados, su voz desgarrada por el miedo.
Toc. Toc. Toc.
Los golpes volvieron, más fuertes esta vez. Isla retrocedió, tapándose los oídos.
—Nos está probando… Nos está probando —murmuraba—. Si abrimos, entra. Si entra… se lo lleva todo.
Thiago ya estaba en la puerta del pasillo.
—Basta, Isla. No podés seguir así. No hay nadie allá afuera. Estoy harto de tus voces.
—¡NO SON MIS VOCES! —chilló ella, y se lanzó sobre él.
Empezaron a forcejear, entre gritos, lágrimas, y golpes. Nadie sabe quién empujó primero. Nadie sabe si fue accidente o destino. Solo se escuchó un golpe seco. Y luego, silencio.
Thiago yacía en el suelo, inmóvil. Sus ojos abiertos. Isla, en estado de shock, se quedó arrodillada a su lado, respirando entrecortadamente.
—La voz me lo dijo… —susurró—. Me lo dijo…
Toc. Toc. Toc.
La puerta seguía llamando.
Y ella ya no tenía fuerzas para detenerla.
CAPÍTULO 2 – El Lugar De los Que Escuchan 🧷
Las paredes eran blancas. Demasiado blancas. Como si quisieran borrar cualquier rastro de lo que Isla había sido antes.
El hospital psiquiátrico tenía ese olor agrio a desinfectante y soledad. Isla estaba sentada en una silla, vestida con un camisón gris, sin cordones, sin botones, sin ningún detalle que pudiera usarse para hacerse daño.
Pero no necesitaba nada para lastimarse. Su cabeza ya era castigo suficiente.
—¿Cómo te sentís hoy, Isla? —preguntó la doctora León, con voz suave y una libreta en las manos.
Isla levantó la mirada. Tenía ojeras profundas y la piel pálida, casi transparente.
—Silencio… hoy no gritan tanto —respondió, apenas moviendo los labios.
—¿Quiénes?
—Las voces —dijo ella, como si fuera obvio—. Aunque a veces se ríen. Me despiertan riéndose.
La doctora anotó algo y suspiró. Isla bajó la mirada.
—¿Qué pasó con mi hermano?
Silencio.
La doctora cerró la libreta despacio.
—Thiago falleció, Isla. Lo sabes.
Ella asintió… pero no lloró. Solo se quedó mirando sus manos.
—Él quería abrir la puerta —susurró—. Yo se lo dije. Le dije que no. Pero él…
Se interrumpió.
La doctora se inclinó hacia ella.
—¿Qué había detrás de la puerta, Isla?
Isla sonrió. Fue una sonrisa rota, enferma, casi infantil.
—No lo sé. Nunca abrí.
...Todavía.
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Esa noche, Isla soñó.
En el sueño, la habitación era la misma. El reloj marcaba las 3:07. Llovía. Y la puerta volvía a sonar.
Toc. Toc. Toc.
Y una voz familiar, cálida, desesperada, gritaba:
—¡Isla! ¡Abrime! ¡Soy mamá!
Isla despertó empapada en sudor. Al principio pensó que seguía soñando, hasta que escuchó los pasos, reales esta vez, acercándose por el pasillo del hospital.
La puerta de su habitación se abrió lentamente… y ahí estaba su madre. Ojerosa. Envejecida de golpe. Con las manos temblorosas.
—Hola, mi amor…
Isla no dijo nada. Solo la miró.
Y por primera vez, sonrió de verdad.
—Ahora sí… puedo abrir.
Su madre cayó de rodillas al verla. Ya no quedaba nada de la niña dulce que había criado. Solo una sombra… un vacío con forma humana.
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La Puerta Que No Debía Abrirze
TerrorIsla escuchó el llamado Y todo cambió. Ahora, encerrada en un hospital donde las paredes susurran y los espejos sonríen, trata de recordar si fue ella quien abrió esa noche... ...o si ella ya estaba adentro desde mucho antes.
