El semáforo apareció frente a nosotros. La luz roja se encendió y mi padre frenó de golpe. El Maserati quedó inmóvil.
Giró el cuerpo hacia mí, serio, sin rastro de burla.
—Allora devi lottare per lei.
(Entonces tienes que luchar por ella.)
Mi corazón dio un salto.
—Adesso. Non domani.
(Ahora. No mañana.)
—Papà... —susurré.
—Vai.
(Ve.)
—E fai capire a tutti che non è una trattativa. È amore.
(Y hazles entender a todos que no es una negociación. Es amor.)
El semáforo cambió a verde. Volvió a arrancar como si nada, como si no acabara de cambiarme la vida.
Yo apreté los puños, con la mirada fija al frente.
—Lo farò.
(Lo haré.)
Apenas avanzamos unos metros.
Ni siquiera llegué a terminar de procesar sus palabras cuando todo ocurrió al mismo tiempo.
Un impacto brutal.
El mundo se lanzó hacia adelante con una fuerza imposible.
Sentí el golpe seco en el cuerpo, el cinturón clavándose en mi pecho, el sonido del metal retorciéndose como un grito. Después... nada claro. Solo un zumbido espeso en los oídos.
Oscuridad por un segundo.
Luego luces.
Ruido.
Sirenas.
Abrí los ojos con dificultad. El aire me ardía en los pulmones. Intenté moverme y un dolor profundo me atravesó, pero lo ignoré al ver lo que tenía delante.
Mi padre estaba a pocos metros.
En el suelo.
La cabeza ladeada, la camisa manchada de rojo. Sangre bajándole por la sien, empapando el asfalto.
—Papà... —quise decir, pero la voz no me salió.
Todo se movía lento, como si el mundo estuviera bajo el agua.
Entonces la escuché.
—¡Domenico! ¡Domenico!
La voz de mi madre. Inconfundible. Rota. Desesperada.
La vi forcejeando con alguien, intentando acercarse, llorando sin control.
—È mio figlio! Lasciatemi passare!
(¡Es mi hijo! ¡Déjenme pasar!)
Un paramédico le hablaba, con tono firme pero calmado.
—Signora, la prego di calmarsi. Stiamo affrontando la situazione.
(Señora, por favor, tranquilícese. Estamos atendiendo la situación.)
Quise levantarme. Quise ir hacia mi padre. Decirle que aún teníamos tiempo. Que iba a luchar. Que iba a ir por ella.
Pero mi cuerpo no respondió.
El cielo sobre mí se volvió borroso. Las sirenas se mezclaron con voces, con órdenes, con el llanto de mi madre.
El ruido empezó a apagarse.
Las sirenas se volvieron lejanas, como si alguien hubiera cerrado una puerta entre el mundo y yo. El cielo se desdibujó en manchas de luz blanca y gris.
Y entonces... la vi.
Estaba frente a mí.
Intacta.
Hermosa.
Con esa sonrisa suave que siempre aparecía cuando yo menos la esperaba.
Isabella.
—Fiamma —susurre.
Se inclinó un poco, me tomó la mejilla con la mano, despacio, con una ternura que me desarmó.
Su piel no debería haber sido tan real.
Sonrió más, acercándose, como si fuera a besarme.
Como si viniera a buscarme.
Cerré los ojos justo cuando sentí el roce de su pulgar, y pensé —con una paz extraña— que si esto era el final... no me importaba.
Porque lo último que veía
No era sangre.
No era metal.
No era miedo.
Era ella.
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Fiore mia
RomanceA veces, despertar no es abrir los ojos... es reconocer quién estuvo contigo mientras dormías.
