Los hijos de lilith

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Capítulo 1: Sangre de Dioses

Hace siglos, el mundo fue testigo de un ritual prohibido. Vampiros, hombres lobo, brujos, y dos dioses —el de la guerra y la de la belleza— sacrificaron partes de su esencia en un cáliz sagrado. Esa sangre fue dada a beber a Lilith, la Diosa de la Destrucción. Nueve meses después, nacieron dos niños marcados por el destino: Ares y Atlhas, los últimos descendientes del clan RYU.

Pero el mundo no estaba preparado para su poder. Los ancianos del clan, temiendo una catástrofe, separaron a los hermanos al nacer. Ares fue llevado a las montañas heladas del norte, entrenado por Kael, el Dios del Juicio. Atlhas fue ocultado en un templo en las profundidades del bosque de Hirai, bajo la tutela de Maia, la Diosa del Conocimiento.

Ares, con 19 años, era una fuerza indomable. Su mirada era como acero fundido, y su cuerpo, una máquina perfecta de destrucción. Su poder era tan grande que una vez, sin querer, rompió el suelo de una montaña solo con pisarla. Frío, callado y letal... pero bajo esa coraza de dureza, amaba en silencio a su clan y anhelaba conocer a su hermano.

Atlhas, con 17, era diferente. Más abierto al conocimiento, más pensativo, pero no menos fuerte. Su mente era su arma más poderosa. Sabía cosas que nadie había enseñado. Desde los cinco años resolvía acertijos que ni los sabios del templo podían entender. Su poder era la sabiduría en estado puro. Pero también deseaba una cosa que le negaron toda su vida: conocer a su hermano.

El día llegó. En el corazón del Valle de RYU, donde sólo los marcados pueden entrar, las marcas de ambos ardieron. La marca del sacrificio, grabada al nacer, brillaba en sus hombros. El cielo se quebró. Los dioses callaron. Ares y Atlhas se encontraron.

No hubo palabras. Solo una mirada.

La sangre reconoció a la sangre.

Sin decir nada, se abrazaron con la fuerza de dos almas que nunca debieron separarse.


Aquí continúa la historia de Ares y Atlhas:

El cielo estaba cubierto por una densa niebla violeta. En medio del Valle del Eco Eterno, donde los sonidos viajan a través del tiempo mismo, Ares descendió del cielo. Su presencia era tan imponente que los árboles se inclinaban hacia él sin viento alguno. Había seguido una energía familiar, algo que no sentía desde que era apenas un recién nacido. El aura de Atlhas.

Del otro lado del valle, Atlhas flotaba en silencio, su mirada seria, su oído captando el latido del corazón de su hermano a kilómetros de distancia. Lo había sentido también. Había entrenado toda su vida para ese momento, sin saber exactamente con quién se encontraría.

Cuando por fin sus ojos se cruzaron, no hubo palabras. Solo un instante eterno, como si el tiempo se detuviera, mientras la marca del sacrificio en sus hombros comenzaba a brillar con un resplandor ancestral.

—Sabía que eras real... —murmuró Atlhas.

Ares no respondió. Caminó hacia él, y en un gesto simple, le colocó una mano sobre el hombro. No necesitaban hablar. Eran hermanos. Sangre de Lilith. Hijos de un linaje que había sido ocultado incluso de los Dioses.

Hace siglos, el clan RYU era solo un mito. Un grupo de ninjas y magos que protegían las fronteras de los mundos. Pero un día, uno de sus líderes, un hechicero llamado Kaien, tuvo una visión: "El equilibrio del universo sería roto... y solo dos seres superiores podrían restaurarlo."

Para crear esos seres, reunieron la sangre de las criaturas más poderosas: vampiros, hombres lobo, brujos, dioses de guerra y belleza. Mezclaron todo en un ritual prohibido y se lo dieron de beber a Lilith, la diosa de la destrucción, la única capaz de dar a luz a seres por encima de los dioses.

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