Hoy me desperté rara.
No triste. No enojada.
Rara.
Como si algo dentro mío se hubiera desacomodado durante la noche
y ahora no encuentro cómo volver a calzarme en el día.
Como si mi alma se hubiera movido apenas un centímetro,
lo justo para que todo me quedara incómodo.
No tenía palabras. Solo ese nudo que no duele pero incomoda,
como cuando te aprieta el jean justo en la boca del estómago.
Una sensación muda, espesa,
que no sabés si llorar, sacudir o dejar que se quede un rato.
Me senté en la cama sin apuro,
miré una taza vacía sobre la mesa de luz
y me quedé un rato ahí, abrazándola como si me sostuviera.
Como si en esa taza pudiera ver el mapa de lo que sentía,
aunque no lo entendiera.
No tenía ganas de peinarme, ni de justificarme.
Así que me puse el abrigo azul.
Ese que uso cuando no sé cómo sentirme.
Cuando no tengo respuestas pero igual salgo a buscarlas.
Me puse los auriculares y salí a caminar.
A paso lento, sin dirección clara,
como quien necesita moverse para no romperse.
Tomé el camino de siempre, ese que bordea la costanera.
El aire estaba fresco, con ese olor a hojas secas
y a lago que trae el otoño.
Los árboles tenían colores nuevos: rojos tímidos, amarillos suaves.
Y detrás de todo, como un telón de fondo que no exige nada,
las montañas quietas, inmensas, miraban sin juzgar.
No pensaba en nada, pero sentía todo.
Cada paso era un intento de no desarmarme.
De no dejar que ese "raro" me tragara entera.
Y justo ahí, en la esquina de la panadería,
una señora me sonrió.
Así, sin motivo. Sin conocerme.
Una sonrisa chiquita, sin apuro,
como si supiera algo que yo no.
Y no sé por qué, pero eso me hizo querer llorar.
No de tristeza.
De alivio.
Como si esa sonrisa dijera:
"No hace falta que estés bien para que el mundo te mire con cariño."
Volví a casa con las mejillas frías y los ojos un poco húmedos.
Me tiré en el sillón, todavía con el abrigo puesto,
y me dejé suspirar largo.
Como si al fin pudiera aflojarme sin culpa.
Porque entendí que hoy no vine a brillar.
Ni a cumplir expectativas,
ni a resolver el mundo con buena cara.
Hoy vine a aguantarme el cuerpo.
A caminarme con paciencia.
A sobrevivirme con ternura.
Y con eso, por hoy, me alcanza.
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Refugio: El lugar al que vuelvo cuando me pierdo
Short StoryA veces el refugio es una casa con ventanas grandes. Otras, una amiga que no pregunta, solo escucha. A veces tiene forma de ciudad -como Bariloche, con sus montañas y su aire limpio- y otras veces vive adentro mío, en ese rincón al que tardo en lleg...
