Ruidos o silencio, no hay punto medio

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    El zumbido constante del purificador de aire era una melodía familiar, casi reconfortante, en el laboratorio 3. Para Blaire, sin embargo, hoy vibraba con una inquietud sutil, como un enjambre de abejas impacientes silbando dentro de sus oídos. Sus dedos huesudos, aferrados al portapipetas, temblaban ligeramente mientras intentaba extraer una alícuota precisa de la Sustancia 128. El líquido, de un color jade, parecía palpitar con una vida extraña bajo la luz fría de los fluorescentes.

— Concéntrate, coneja. — La voz áspera de Badgy resonó desde la mesa contigua, donde manipulaba una serie de cultivos celulares con una eficiencia casi robótica. Bunny asintió sin mirarlo, sus ojos fijos en la marca minúscula del tubo de ensayo. Badgy. Siempre tan seguro, tan metódico. A veces, su perfección exasperaba a Bunny, amplificando su propia sensación de torpeza e inseguridad.

    A su lado, Sheepy tarareaba una melodía suave y distraída mientras ajustaba los parámetros de un espectrofotómetro. Su cabello lanudo, recogido descuidadamente en una coleta, se movía ligeramente con sus movimientos. Sheepy. Un remolino de ideas brillantes y divagaciones ocasionales. La coneja sentía una punzada cálida al observarla, una sensación que intentaba reprimir, enterrándola bajo la urgencia del trabajo.

    La Señora P, pálida y frágil en su silla de ruedas, observaba desde una esquina, sus ojos cansados siguiendo cada uno de sus movimientos. Su presencia era un recordatorio constante de la presión que los atenazaba, el reloj implacable que marcaba el tiempo hacia una solución o hacia la desesperación. El señor Poppyseed no estaba presente en ese momento, probablemente encerrado en su despacho, revisando informes o ideando un nuevo enfoque, su rostro habitualmente sombrío aún más oscurecido por la preocupación por su amada esposa.
Un escalofrío recorrió la espalda de Bunny. Por un instante, le pareció ver una sombra fugaz danzar en el rabillo de su ojo, una figura alta y delgada que se desvaneció tan rápido como apareció. Parpadeó con fuerza, obligándose a volver al presente. Eran solo sus nervios, la falta de sueño, la tensión palpable en el aire.

—¿Algún progreso con la vacuna, coneja?— La voz grave de Beary, el médico del equipo, la sacó de su ensimismamiento. Estaba de pie junto a la Señora P, con su habitual expresión seria y preocupada.

—Aún inestable, doctor Beary.— respondió Bunny, su voz un hilo apenas audible. —Las reacciones son impredecibles. Intento aislar el componente que...— La frase se quedó colgando en el aire.

    Sintió una punzada detrás de los ojos, una sensación familiar de confusión que amenazaba con nublar sus pensamientos.

Concéntrate. El señor P confía en ti.— La repetición mental era un mantra, un intento desesperado por aferrarse a la cordura.

    Recordó la última conversación con Mr. P, su mirada fija y demandante. "Coneja, tú tienes la habilidad para esto. No me falles." La necesidad de su aprobación era un peso constante, una cuerda invisible que la ataba a este laboratorio, a esta misión desesperada. Sin él... la mente de Bunny divagó hacia la oscuridad, hacia los días inciertos antes de que Mr. P la encontrara, ofreciéndole un propósito y un salario, aunque fuera a cambio de noches sin dormir y la constante amenaza de un patógeno desconocido.

    Un pequeño temblor recorrió su mano, derramando una gota de la Sustancia 128 sobre la superficie de cristal. Un siseo leve y un rastro opaco marcaron el lugar del contacto. Bunny sintió el pánico ascender por su garganta. Un error. Otro error. La sensación de ser observada se intensificó, como si ojos invisibles la juzgaran desde cada rincón del laboratorio.

—Cuidado, Bunny,— advirtió Badgy, su tono ligeramente condescendiente. —Esta cosa no es un juego.

    No era un juego. Lo sabía. La fragilidad de la Señora P, la creciente desesperación en los ojos de Sheepy cuando hablaba de Inglaterra, el silencio preocupado de Beary... todo era un recordatorio sombrío de las consecuencias de su fracaso. Miró a Sheepy de reojo. Su compañera sonreía levemente mientras anotaba algo en su cuaderno, ajena a su creciente angustia. Bunny sintió una oleada de afecto mezclada con una punzada de soledad. Quería hablar con ella, contarle sobre las sombras que veía, sobre el eco persistente en su cabeza, pero las palabras se atascaban en su garganta, aprisionadas por el miedo al juicio y la necesidad de parecer fuerte, capaz, para Mr. P.
Respiró hondo, intentando calmar el temblor de sus manos.

Donde Cesan Los Problemas ○ LabcarrotsStories to obsess over. Discover now