Solías follar con el entrenador, el señor suh. Sucio y duro, tarde en la noche, cuando las luces del gimnasio aún zumbaban y te dolían los muslos del entrenamiento. Nunca te dijo que bajaras el ritmo. Te subías a su regazo todavía de uniforme, con la falda remangada, la boca abierta, y lo montabas hasta que no podía hablar; con las manos apretadas alrededor de tu cintura, murmurando tu nombre como si fuera algo sagrado y prohibido. Le dabas palmadas en el pecho cuando intentaba salir, te restregabas más fuerte cuando decía que alguien podría oírte, te acercabas y susurrabas "que lo hagan". Nunca duraba mucho cuando tomabas el control. Nunca lo necesitabas. A veces te lo follabas ahí mismo en su silla de oficina, con las rodillas sobre los reposabrazos, la lengua en su boca mientras te rogaba que no le dejaras marcas. Siempre lo hacías. Nunca se quejaba. Solías chuparle la polla en horas de oficina, acurrucada bajo su escritorio mientras él asentía en las reuniones con estudiantes y otros profesores. Tus dedos agarraban sus muslos mientras él intentaba mantener la compostura, con la voz tensa, la mandíbula apretada, una mano escondida bajo el escritorio acariciándote el pelo como si te estuviera consolando, no follándote la garganta. A veces perdía el hilo de lo que decían, tenía que toser o moverse en la silla, y tú tarareabas a su alrededor solo para verlo estremecerse. Lo llamabas "papi" en voz baja, con la voz empalagosa, y él se agarraba al borde del escritorio con tanta fuerza que crujía. Cuando se iban, subía la cremallera despacio y te decía que te portaras bien. Nunca lo fuiste.
Jugaste a sus roles varias veces, solo para ver hasta dónde podías presionarlo. Lo llamabas "entrenador, señor" cuando ya estaba dentro de ti, con la respiración entrecortada, la voz quebrada, y él te agarraba las caderas como si fuera lo único que lo mantenía cuerdo. Otras noches cambiabas, dejabas de lado la formalidad y ronroneabas "Johnny" en su cuello mientras te subías encima, con un conjunto de lencería de animadora y una falda tan corta que ya te salía el culo antes de que te la subiera. Él entraba y te encontraba inclinada sobre su escritorio, con las bragas a un lado, pronunciando su nombre mientras te frotabas contra el borde de la madera, esperando. Nunca te hacía esperar mucho.
