001

64 1 5
                                        

Lydia

Forks era exactamente como recordaba, solo que mas frio, mas gris y mucho mas silencioso de lo que cualquier recuerdo podia conservar. Desde la ventanilla del coche,el mundo se me presentaba en tonos de verde y niebla, como una fotografía antigua que alguien había olvidado colorear. Las gotas de lluvia recorrían el vidrio con una calma hipnótica, y cada árbol parecía inclinarse ligeramente hacia nosotros, como si nos estuvieran observando, como si supieran que estábamos de vuelta. Yo no quería estar allí. No lo dije en voz alta, claro, porque Bella sí quería. O mejor dicho, Bella dijo que quería. La conozco demasiado bien como para creerme sus excusas. No era que quisiera venir a Forks. Era que no quería quedarse en Phoenix. Y a veces, no querer algo es razón suficiente para aceptar lo que venga. Incluso si lo que viene es este lugar con su cielo en constante amenaza y esa casa donde los recuerdos de papá flotan como el humo de un cigarro que nunca se apaga.

Yo tampoco tenía un motivo real para venir. Podría haberme quedado en casa de mamá, haber seguido con mi vida, con mis amigas, con las fiestas, con mis notas perfectas y mis sonrisas ensayadas. Podría haber seguido siendo la Lydia Martin que todos creían conocer. Pero había algo en mí que ya no encajaba en ese mundo brillante de falsedad. Algo se rompió el último año y no me di cuenta hasta que fue demasiado tarde para repararlo. Algo en mí se cansó de fingir, y aunque Forks no era mi primera opción, sí parecía el lugar perfecto para esconderse de una versión rota de ti misma. Así que cuando Bella me dijo que pensaba mudarse con Charlie, simplemente le dije que iba con ella. Ni siquiera fue una decisión lógica. Fue una reacción. Como si algo en mi interior dijera "sí" antes de que pudiera pensar en un "no".

 Charlie nos recibió como recibe todo: con una mezcla de afecto torpe y silencio paterno. Habíamos preparado nuestras habitaciones, había llenado la nevera, había dejado espacio en el baño para nuestras cosas. Todo lo hizo a su manera: callado, constante, como si el amor no fuera algo que se dice sino algo que se demuestra con cada pequeño gesto. A Bella eso le gusta. A mí también, aunque nunca lo admitiría en voz alta. Esa noche, mientras Bella desempacaba sus cosas y Charlie veía la televisión, yo me quedé sentado en la cama de mi cuarto, observando la madera vieja de las paredes, el pequeño escritorio contra la ventana, el armario medio vacío. No era un mal lugar. Era en solitario... triste. Como si todo estuviera congelado en el tiempo. Me recosté sin cambiarme de ropa y me quedé mirando el techo, escuchando el silencio, el crujir lejano de las ramas, la lluvia golpeando suavemente el techo. Y entonces, por alguna razón que no comprendí, me puse a llorar.

No era llanto desesperado ni dramático. Era de esos llantos lentos, silenciosos, que no buscan consuelo. Como si el cuerpo necesitara vaciar algo que llevaba demasiado tiempo acumulando. Al día siguiente, no le dije nada a Bella. Me maquillé como siempre, me puse el uniforme con precisión y bajé a desayunar como si no hubiera pasado nada. Ella tampoco preguntó. A veces somos demasiado parecidos para nuestro propio bien.

La escuela de Forks era justo lo que esperaba: pasillos húmedos, profesores aburridos, alumnos que nos miraban como si fuéramos estrellas fugaces que habían caído en su aburrido universo. Bella se hizo notar de inmediato, aunque no quisiera. Yo, por otro lado, ya sabía cómo moverme entre miradas y cuchicheos. No me gustaba, pero lo sabía hacer. Sonreír sin mostrar los dientes, asentir con la cabeza en los momentos precisos, fingir interés en conversaciones irrelevantes. No tardamos en sentarnos en una mesa durante el almuerzo, rodeadas de caras nuevas que trataban de ser amables. Y ahí fue cuando los vi.

Entraron como si el mundo se acomodara a sus pasos. Eran cinco. Pálidos, hermosos, inhumanos. Cada uno con una presencia tan intensa que hacía que el resto del comedor pareciera de cartón. Edward Cullen caminaba atención ligeramente detrás, como si no quisiera atraer, pero era imposible no notarlo. Rosalie, imposible de ignorar, caminaba con esa arrogancia de quien sabe que todo el mundo la está mirando. Emmett, enorme, relajado, riendo por algo que Alice acababa de decirle. Y Jasper... Jasper parecía fuera de lugar. Como si estar rodeado de tanta gente lo estaría quemando por dentro. Los ojos de todos en el comedor los siguieron, y los comentarios no se hicieron esperar. Pero yo apenas los escuchaba, porque vi algo que nadie más parecía ver.

Había otro.

Él no estaba con ellos. Entró después. Solo. Sin decir una palabra. Sus pasos eran tan ligeros que no se escuchaban. Su cabello oscuro estaba ligeramente mojado por la llovizna, y sus ojos... eran iguales a los de los Cullen, pero distintos. Más profundos. Más antiguos. Como si llevara siglos observando desde las sombras. Me miré. Directo. Como si supiera exactamente quién era yo. Como si me hubiera estado buscando. Fue un solo segundo, pero me sentí desnuda, atrapada en un instante congelado. No pude mirar hacia otro lado. No hay duda. Y luego, tan rápido como apareció, desapareció por una puerta lateral, sin que nadie más lo notara. Nadie lo nombró. Nadie lo saludó. Como si no existiera.

—Tú lo viste? —le preguntó a Bella en voz baja.

—¿Ver a quién?

—El que entró después de los Cullen. No iba con ellos. Cabello oscuro, ojos dorados, piel pálida...

Bella me miró como si me estuviera inventando cosas. Me dijo que los Cullen eran cinco. Solo cinco. Que no había nadie más. Pero yo

Esa noche, no pude dormir. Me acosté temprano, finciendo agotación, pero no cerré los ojos ni una sola vez. Me senté en la cama, con la espalda contra la pared, mirando la ventana. Algo en mi pecho palpitaba distinto. No era miedo. Era otra cosa. Una mezcla de ansiedad, nostalgia y deseo. Como si una parte de mí supiera que algo estaba a punto de cambiar para siempre. A las dos de la mañana, la ventana se abrió. Solá. Lo juro. No había viento. No había tormenta. Solo un silencio tan espeso que dolía. Me acerqué, empujada por una fuerza que no entendía, y miré al exterior. No había nadie. Solo el bosque. Oscuro, quieto, expectante. Me quedé allí, mirando, respirando el aire helado, y lo sentí. No lo vi. Solo lo sentí. Estaba allí. En alguna parte. Mirándome.

Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí sola.

***

Querido lector,

Gracias por sumergirte en este mundo tan peculiar que él creó, uno donde la oscuridad no siempre es lo que parece, y donde las sombras en los rincones no siempre son solo sombras. Si has llegado hasta aquí, probablemente ya tengas sentido la intensidad que se despliega entre los personajes, la tensión que hay en el aire, la sensación de que algo más grande, más antiguo y más peligroso está al acecho, esperando que todos se enfrenten a lo que está oculto.

Mi versión de Crepúsculo no es solo una historia de amor, ni una historia sobre criaturas inmortales. Es una exploración del miedo, de las conexiones inexplicables que nos atan a algo más allá de nuestra comprensión. Es también una reflexión sobre las sombras dentro de nosotros mismos, las que intentamos esconder y las que no podemos ignorar.

Lydia Martin, mi protagonista, no es solo una hermana, sino una observadora, alguien que ve más allá de lo evidente. Ella no solo ve a través de las personas, sino también de los secretos, de las mentiras y, sobre todo, de su propio destino. Mientras Bella sigue el camino trazado por su amor con Edward, Lydia debe enfrentarse a las preguntas que surgen del misterio, a los oscuros rincones que se abren en su vida de forma inusitada. ¿Qué pasa cuando no solo uno, sino todos, tienen secretos? ¿Qué pasa cuando los secretos de tu familia y los de un amor imposible se mezclan de una forma que no puedes controlar?

Este primer capítulo es solo el principio. La niebla de Forks es solo la capa superficial de lo que vendrá. cada paso

Gracias por acompañarme en este viaje. Espero que disfrutes los secretos que estamos por descubrir, las conexiones que vamos a hacer y las vidas que se van a transformar. Te prometo que lo que viene solo es el comienzo.

Con cariño,

La autora

El Sexto CullenWhere stories live. Discover now