El callejón se encoge a cada paso, corro sin saber por qué ni desde cuándo. El suelo está húmedo, pero no suena, y el aire es pesado, como si me envolviera una sábana mojada que no deja pasar el aliento. Trato de gritar, nada, la garganta se me cierra como si tuviera los pulmones llenos de humo.
Me detengo, giro la cabeza, no hay nadie, lo sé. Pero esa certeza no me da paz, porque lo que me sigue no necesita cuerpo. Entonces lo veo, una figura borrosa al final del callejón, como si alguien hubiera querido dibujarla pero se hubiera arrepentido. No tiene rostro, pero me llama, lo siento más que escucharlo, mi nombre, dicho sin boca, retumbando en el cráneo.
Abro los ojos.
Estoy en mi cama, en la litera de arriba,pero el techo se siente más bajo de lo normal, aunque sé que no lo está. El corazón me late contra las costillas, estoy empapado, pero no por lluvia, sino de un sudor frío que se cuela por la espalda como un insecto.
Me incorporo despacio, el dormitorio está en silencio, las camas vacías. Escucho ruido en la cocina, lejos, la luz de la mañana entra por las rendijas de la cortina. Hoy es el día del concierto, pero no es por eso que no puedo respirar bien.
Es mi cuerpo, algo no cuadra. Es como si estuviera peleando consigo mismo, con una parte que acaba de despertar o que ya no quiere dormir.
Mis piernas no responden bien, pero me arrastro hasta la cocina. Todo parece más lejos de lo normal, como si los pasillos se estiraran a propósito para burlarse de mí. Me aferro a la barra, casi de rodillas, y alcanzo el vaso más cercano.
Abro la llave, el agua cae con un sonido demasiado fuerte, demasiado agudo, llena el vaso hasta desbordarse. Bebo todo, un trago largo, desesperado. Nada, mi garganta sigue ardiendo, como si nunca hubiera probado líquido en mi vida.
Lleno otro vaso, lo bebo. Otro más. El estómago me duele de tanto líquido, pero la sed sigue ahí, intacta, riéndose de mí desde dentro. Apoyo los nudillos contra la puerta del refrigerador, como buscando algo frío que me despierte, que me saque de este cuerpo que ya no reconozco.
Y ahí, de pie, con la cabeza gacha y el pulso retumbando en los oídos, lo admito: tengo miedo. No por estar enfermo, ni por estar débil. Tengo miedo porque esta sensación no es nueva, no del todo.
Es como si no la hubiera sentido antes, la misma desesperación de ese primer día.
Siento su mirada. Está preocupado, lo sé, pero no hizo falta más que eso para que él lo entendiera, él simplemente me abraza. La tensión es palpable, pero esa calidez tan familiar es tranquilizante, siento cómo mis músculos se sueltan de una tensión que no sabía que estaba cargando.
—Está bien, todo está bien, Sung —susurra en mi oído mientras me sostiene con fuerza, como si pudiera contener todo lo que me está desbordando.
Me aferro a él, sintiendo cómo su respiración acompasa la mía, lenta, paciente. El mundo a nuestro alrededor se desdibuja, ya no existe la cocina, ni el refrigerador vibrando en la esquina, ni el eco lejano de los pasos de los demás, solo quedamos nosotros dos, en este pequeño refugio silencioso.
La sed no desaparece, pero por un instante deja de doler tanto.
No sé cuánto tiempo pasa, solo sé que, cuando por fin levanto la cabeza, sus ojos me buscan, suaves pero firmes, como si fueran un ancla en medio de una tormenta que todavía no entiendo del todo.
—¿Quieres que nos vayamos? —pregunta, como si supiera que estar aquí me está rompiendo un poco más.
Asiento, sin voz, y en silencio, me dejo guiar.
Después de unas horas de descanso, ya listos para subir al escenario, los nervios aumentan mientras esperamos el momento de salir.
—¿Tan nervioso estás o es por esa cara de estreñido? —comentó Hyunjin mientras le terminan de poner su monitor.
—Vete a la mierda, solo quiero vomitar, es todo —respondí después de tomar otra botella de agua.
Un aire denso se sentía en backstage, la música retumbaba, escuchábamos el eco del recinto mientras se preparaban para salir. Las luces de neón parpadeantes iluminaban el pasillo en un tono escarlata, los nervios estaban a flor de piel, entre botellas vacías y el bullicio del staff corriendo de un lado para otro.
—¡Dos minutos, chicos! —gritó una chica del staff.
En ese momento la ansiedad aumentó, a pesar de que no era la primera vez, aún no me acostumbraba del todo. La ansiedad, minutos antes de salir al escenario, me sigue sorprendiendo cada vez.
—Sung, tranquilo, recuerda que, si te sientes nervioso, mírame. Lo harás bien, créeme —animó Minho, dándome otra botella.
—Gracias...
—Es tarde, vamos —avisó Minho, tendiéndome la mano.
Al salir, el escenario vibraba bajo mis pies mientras la música del comeback tronaba por todo el estadio, respiró hondo y corrí hacia mi posición.
Las luces me ciegan apenas piso mi marca, los gritos del público son un eco en mis oídos, lejano, distorsionado. Sonrío por reflejo, muevo los labios como si pudiera engañar a la mente, pero no hay control en los músculos. Todo sucede sin que yo esté del todo ahí, como si bailara con alguien más metido dentro de mi cuerpo.
Cada paso es una coreografía memorizada, pero mi cuerpo no obedece del todo, siento las piernas pesadas, como si corriera bajo el agua. El sudor no es normal, es pegajoso, helado, me resbala por la espalda y por detrás de las orejas como si me empaparan con agua de lluvia congelada.
Cuando la canción termina y apagamos la pose final, me quedo unos segundos más quieto de lo necesario. La luz central me cae justo en el cuello, me arde, no figurativamente, me quema como si alguien pusiera un encendedor demasiado cerca. Me obligo a moverme.
En el pequeño corte antes de la siguiente canción, Minho se acerca y me pasa una toalla sin decir palabra, solo me mira. Sus ojos me interrogan en silencio, pero no puede decir nada, no aquí. Yo finjo una sonrisa, no me sale.
La siguiente es Railway.
El escenario se tiñe de un rojo eléctrico, estoy solo en el centro. La intro suena, los primeros acordes que deberían emocionarme ahora suenan demasiado lejanos. Abro la boca para cantar, la voz me sale más suave de lo usual, pero sigue la melodía. Camino unos pasos hacia adelante, el pecho me duele, el aire no entra como debería, siento los dedos dormidos.
La nota final se acerca, respiro hondo, o eso creo. Doy un paso más, pero el cuerpo no responde.
El suelo me abraza de golpe.
No hay sonido, ni luces, ni gritos, solo el vacío.
[…]
Cuando vuelvo a sentir algo, es el calor de unos brazos que me sostienen, la textura del suelo bajo mis piernas, un murmullo lejano, angustiado. Minho, lo sé antes de abrir los ojos, me aferro a su voz como a un salvavidas.
—Han, mírame, por favor, respira, respira conmigo —susurra con una urgencia rota, desesperada.
Pero no puedo responder, no con palabras, solo con un leve movimiento de los dedos, apenas perceptible. La oscuridad vuelve a cerrarse, suave como una manta pesada.
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AQUELLO QUE NO DIJIMOS
VampireEntre luces brillantes y miradas calculadas, los ídolos no solo deben bailar, sino también ocultar lo que realmente arde en su interior. Relaciones que se deslizan entre lo prohibido, emociones que no se pueden controlar, y secretos más oscuros de l...
