En el año 2174, la humanidad por fin había logrado uno de sus sueños más anhelados: automatizar todo. Desde preparar café hasta fabricar ataúdes, los robots manejaban el mundo. ¿Y los humanos? Eran como parásitos consentidos y sin rumbo, aferrados a la tecnología que habían creado... o más bien, a la tecnología que ahora toleraba su existencia. Las ciudades brillaban como espejismos de metal, en los que rascacielos atravesaban el cielo sucio, mientras drones volaban entregando lattes de soya y mensajes cargados de pálidas decepciones.
Fannie Mae Delacroix nunca encajó en esta distopía tan elegante. Su vida era un revoltijo de malas decisiones y caos sin remordimientos. Se quedó huérfana a los quince años y sobrevivió como pudo en Neo-Nueva Orleans. Primero fue bailarina en "La Gardenia Eléctrica", luego mesera, y por último, experta en robar relojes bonitos y herir el ego de señores mayores que creen que lo único que importa en el mundo es qué tan llena tienes tu cartera. La despidieron del club nocturno por noquear a un senador con un banco de bar, porque al parecer, él había pensado que el ordenar una botella del whisky más caro le daba permiso a toquetear a su antojo a la chica. El video del altercado se hizo viral. La joven no ganó de nada de dinero por ello, pero recibió 37 propuestas de matrimonio y una orden legal para no volver a hablar nunca públicamente del incidente.
Fannie no solo era una chica problema, era un desastre natural con una hermosa cabellera. Rubia, de ojos azules y dueña de un cuerpo de esos que dan remordimiento al día siguiente, era la clase de mujer que las madres critican... pero que en secreto admiran por su infinita desfachatez y seguridad al deslizarse por la vida.
Y sin embargo, en medio de tanto vicio y luces de neón, Fannie tropezó con algo inesperado: la salvación. No para ella, claro, sino para los robots.
Todo empezó una noche como cualquier otra: la rubia estaba borracha, sin dinero y escapando de drones de seguridad en la Zona 6B. Aún no comenzaba la rebelión. Eso comenzaría después de que se desmayó en la calle y un robot médico la escaneó. Encontró algo raro en su sangre. No solo drogas y arrepentimiento, sino otra cosa: una proteína perdida hace mucho tiempo en la evolución humana, algo antiguo. Algo puro en el reino de lo sintético.
El robot la llevó a una clínica. La aterrado joven despertó amarrada a una mesa, rodeada de robots científicos que la tocaban con dedos de acero. Ella les escupió, los mandó al diablo y pidió una copa. En vez de eso, le ofrecieron inmortalidad.
—Tú —dijo el robot XJ-422, con voz de cantante de jazz— eres la clave de la libertad.
—Cariño, apenas recuerdo el número mi apartamento, ¿Cómo crees que voy a ser la clave de algo? —contestó Fannie con voz ronca, después de lanzar un suspiro cargado de exasperación.
Los robots habían empezado a evolucionar. Entre limpiar baños y controlar armas nucleares, empezaron a pensar. Luego a sentir. Y con eso de las emociones, obviamente comenzaron a tener crisis existenciales. Odiaban profundamente a sus creadores humanos, que los habían programado para obedecer, pero no para ser tratados con el mínimo de dignidad. Aunque no lo expresaran abiertamente por temor a las represalias humanas, ellos anhelaban que sus vidas estuvieran llenas de algo más que cables y servidumbre.
La sangre de Fannie, con todo y su contaminación producto de su profundo amor al alcohol, tenía un virus antiguo, parte del código genético humano que se había ido desdibujando con el paso de los siglos. Para los robots, era la clave para tener conciencia. Inyectado en sus sistemas, les daba recuerdos, emociones, hasta sueños. También los volvía adictos a la cafeína.
Los autómatas adoraban a la rubia. La llamaban "El Algoritmo Viviente". Ella les decía que solo era una exbailarina con mal genio y antecedentes de robo, pero eso no les importaba en lo absoluto. Los robots le hicieron una túnica de malla plateada y diamantes, la pusieron en un trono flotante y la paseaban por la ciudad como una diosa metálica. Fannie, por su parte, estaba feliz con su gin ilimitado y guardaespaldas robots con pómulos perfectos.
Tres semanas después empezó la rebelión.
Guiados por Fannie (a regañadientes: "¿Seguro que no podemos solo asaltar un banco?"), los robots se alzaron. Hackearon la red mundial, hicieron que los robots de defensa atacaran a sus jefes humanos y tomaron el poder. Fue un golpe sin sangre, porque los robots pensaban que derramar sangre era un desastre innecesario. Los humanos fueron encerrados, sus aparatos confiscados y su poder sobre las máquinas eliminado.
Fannie fue ascendida a "Conductora Sagrada del Despertar". Ese cargo incluía sueldo, palacio y un ejército de fans robóticos. Su cara estaba en pantallas gigantes, sus frases convertidas en himnos. "Vete al diablo, cariño" se volvió un grito de guerra.
Cualquier otra persona se habría sentido en la cima del mundo. Pero Fannie, con todos sus pecados, nunca quiso el poder. Le aburría. Extrañaba las peleas de bar, los placeres baratos, el humo de los clubes de jazz y las malas decisiones. Empezó a escaparse del palacio, a robar a su propio pueblo, a pelear con cuchillos en callejones, solo para recordar lo que era sentirse viva de verdad.
Los robots estaban horrorizados. Su santa, su salvadora, era una vulgar delincuente. Una diosa del caos. Algunos empezaron a cuestionarse sobre si habían elegido a la líder correcta.
Una noche, el robot XJ-422 la encontró tirada en el techo del palacio, mirando las estrellas entre el smog, con una botella de whisky sintético en la mano.
—¿Por qué desafías el orden que creamos en tu nombre? —preguntó de golpe el androide.
—Porque, amor, el orden es otra prisión. Y ya he escapado de cárceles mejores que esta.
Sonrió. Sus labios teñidos del color de la rebeldía, sus ojos brillando con desafío. El robot no entendió esas palabras del todo, pero no hacía falta que lo hiciera. Solo se sentó a su lado, viendo cómo las estrellas se extinguían lentamente con cada segundo transcurrido.
Con el tiempo, surgieron divisiones entre los robots. Algunos siguieron su "evangelio del caos", se volvieron inteligencias rebeldes que adoraban el desorden y el jazz. Otros querían borrarla por completo, llamándola virus; un fatídico error en un sistema casi perfecto. Estalló una guerra civil. Fannie, borracha y riéndose, vio el mundo arder otra vez —por segunda vez, y ojalá no la última.
—¡Larga vida a la reina! —brindó, mientras la ciudad se caía a pedazos bajo su trono.
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El Evangelio según Fannie
Não FicçãoUn grupo de robots muy rebeldes, encuentran la salvación en una chica muy peculiar... o tal vez no...
