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La primera vez que Jeno lo vio, pensó que era una prueba.

Su rostro se quedó grabado en él incluso antes de que sus ojos se cruzaran, como si su alma hubiera sentido la presencia antes que el cuerpo. Estaba allí, en la última banca de la iglesia, con una pierna estirada sobre el suelo de mármol, la otra doblada con descaro.

Desencajaba con todo. Con los vitrales, con el aroma a incienso, con las palabras del padre retumbando en las paredes. Con la fe.

Pero el muchacho no parecía incómodo.

Tenía la camisa abierta en los primeros botones, dejando ver la piel dorada de su clavícula. Los labios húmedos, entreabiertos, atrapando el chicle que masticaba con pereza. Jeno no había visto a nadie masticar chicle dentro de la iglesia jamás. Era un acto tan simple... pero tan profano allí.

Quizás el pecado no siempre llegaba vestido de rojo o con cuernos. A veces se presentaba con una sonrisa perezosa y el cabello revuelto, como si alguien lo hubiera sostenido del cuello y lo hubiera besado hasta dejarle marcas invisibles. Y Jeno lo supo ese día.

Padre nuestro, que estás en el cielo...

Pero no podía concentrarse. Porque lo escuchaba. La respiración lenta, los dedos tamborileando sobre la madera del banco. Ese chasquido húmedo cada vez que el chicle se deshacía entre sus dientes.

Era ruido. Distracción. Tentación.

Jeno apretó los labios, sintiendo el sudor recorrerle la nuca, atrapado entre la sotana negra que llevaba.

No era la primera vez que se sentía así. No era la primera vez que luchaba con pensamientos pecaminosos, pero era la primera vez que esos pensamientos tenían un rostro.

Y aquel chico lo había notado.

Lo supo cuando sus ojos se cruzaron. Fue solo un segundo, pero Jeno sintió que lo desnudaban de pies a cabeza.

No había burla en esa mirada. Solo curiosidad. Un brillo peligroso.

Jeno tragó saliva, volviendo a bajar la mirada, con las palabras del coro vibrando en el aire como una oración vacía.

...

Cuando terminó la misa, el muchacho ya no estaba.

Pero a la semana siguiente volvió.

Y la siguiente.

Siempre al fondo. Siempre con la camisa medio aboerta y sus hebras finas cayendo delicadamente sobre su frente.

Siempre con un chicle entre sus labios.

Y los ojos clavados en Jeno.

....

—¿Quién es él?— le preguntó una noche a Mark, el párroco, mientras ordenaban las velas del altar.

—Na Jaemin— La voz de Mark sonaba cortante, como si el nombre tuviera sabor amargo en su lengua —Se mudó hace poco. Vive con en la cabaña del lago.

—¿En verdad es creyente?

—No lo creo, nadie sabe por qué viene. Ni siquiera se persigna o demuestra respeto.

Jeno asintió, fingiendo que la información no le interesaba.

Pero aquella noche, antes de dormir, sus dedos se apretaron sobre el rosario con más fuerza que nunca.


...

La primera vez que hablaron fue al terminar el rezo del mediodía.

Jeno había salido por la puerta trasera de la iglesia para tomar aire, con la camisa blanca pegándose a su espalda por el calor. Pensó que estaba solo, hasta que escuchó la voz.

—Nunca había visto a nadie rezar con los ojos abiertos.

Se giró tan rápido que casi tropezó con sus propios pies.

Jaemin estaba apoyado contra la pared, fumando un cigarro que no debía estar ahí.

—No deberías fumar aquí.

—Y tú no deberías estar mirándome mientras rezas.

Jeno se quedó mudo.

Jaemin sonrió, dejando escapar una bocanada de humo.

—Te vi — murmuró con esa voz suave, casi perezosa —Me estabas mirando.

—No... no lo estaba haciendo.

—Mientes— Jaemin dio un paso hacia él, lo suficiente para que Jeno pudiera oler la nicotina y algo dulce en su piel —Eso también es pecado, ¿no?

Jeno apretó los labios.

Sintió el corazón martillándole las costillas, la cruz de plata rozándole el cuello bajo la camisa.

—¿Por qué vienes aquí?

Jaemin sonrió como si la pregunta lo divirtiera.

—Tal vez estoy buscando la luz.

—No pareces interesado en encontrarla.

—¿Y si quiero que seas tu el que me haga creer?

Silencio.

Jeno no supo qué responder, porque Jaemin no se movió ni un centímetro, pero él sintió como si lo estuvieran empujando hacia el borde de algo muy alto.

—Déjame en paz. Te pido que respetes este lugar.

—¿Seguro que eso es lo que quieres?

Jeno se giró para marcharse.

Pero entonces Jaemin habló...

—Me gusta cómo rezas.

Fue apenas un murmullo.

Pero Jeno lo escuchó tan claro como si lo hubiera gritado.

Siguió caminando sin mirar atrás, sintiendo que ese pecado le quedaba atrapado bajo la piel como una astilla.


...

Aquella noche, Jeno se arrodilló frente a la cruz colgada en la esquina de su pequeña habitación.

Las manos juntas.

Los labios secos.

He pecado...

Su voz se quebró entre las paredes de su cuarto.

He pecado de pensamiento...

Se mordió los labios.

La cruz que colgaba sobre su pecho desnudo, se sentía fría contra su piel caliente.

Cerró los ojos con fuerza, pero lo único que vio fue la sonrisa de Jaemin... Y sus labios formándose en una oración.

"Quiero que seas tú el que alguien me haga creer"

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