Las oscuras calles de Londres, en plena madrugada, apenas eran iluminadas por la tenue luz de los faroles y el resplandor intermitente de los edificios que aún permanecían despiertos. La bruma se deslizaba por las aceras, envolviendo todo en un manto misterioso. En la plaza, una ronda de autos con las luces encendidas destacaba en medio de la penumbra, creando un contraste inquietante.
Al lado de cada automóvil, cuatro hombres vestidos de negro vigilaban con atención, sus rostros serios y decididos, armados y listos para actuar en cualquier momento si la situación lo requería. En el centro de aquella ronda, dos hombres mayores se encontraban en conversación; sus cabellos salpicados de canas y las arrugas marcadas en sus rostros contaban historias de batallas pasadas y decisiones difíciles.
— Gabriel Camden... — dijo uno de ellos, sosteniendo un puro entre los labios. Su voz era profunda y resonante, mientras sus manos permanecían sumidas en los bolsillos de su gabardina negra. Su mirada era oscura como la noche misma, pero había un brillo dorado en sus ojos que destilaba amenaza.
Gabriel ajustó la bufanda gris que lo envolvía, sintiendo el frío nocturno que se colaba entre las costuras. Miró a Dmitri con una sonrisa afilada que no ocultaba la tensión palpable en el aire. — Dmitri, ¿cuánto tiempo? — extendió su mano, buscando un saludo cortés a pesar del ambiente cargado.
Ambos alfas se miraron fijamente antes de estrecharse las manos con un apretón firme, como si cada uno evaluara al otro en una danza silenciosa de poder y respeto. A su alrededor, el silencio de la noche se tornó aún más profundo, como si el mundo mismo contuviera la respiración ante lo inevitable que estaba por suceder.
— Iván — pronunció Dmitri, sin apartar la mirada de Gabriel, su voz era firme y resonante. Hizo un gesto con la mano, y un hombre vestido de negro se acercó con un maletín negro en sus manos, como si fuera un objeto de gran importancia.
Dmitri lo recibió con una mano, mientras daba una calada al puro que sostenía entre los labios, dejando escapar un toque amargo de licor que se mezclaba con el aire frío de la noche. Con movimientos precisos, introdujo una contraseña en el maletín y lo abrió, extendiéndoselo a Gabriel con una expresión que desafiaba cualquier duda.
Uno de los hombres de Gabriel tomó el maletín en su lugar, ya que el alfa no podía apartar su fría mirada de Romanov, a pesar de que una sonrisa afilada se dibujaba en su rostro. La tensión entre ellos era palpable, como si la noche misma estuviera atenta a cada movimiento.
Dentro del maletín, una hoja de papel ya estaba firmada; al lado, una pluma esperaba pacientemente para ser utilizada. El abogado presente tomó la pluma y comenzó a leer el documento en voz alta, asegurándose de que todos los presentes estuvieran al tanto de cada cláusula y condición. Su voz resonaba en el silencio nocturno, y cada palabra parecía marcar el peso del acuerdo que estaban a punto de sellar.
— Este contrato — comenzó a leer — establece los términos del intercambio. Ambas partes acuerdan cumplir con las condiciones aquí expuestas...
Mientras el abogado continuaba leyendo, las miradas se intensificaron. Gabriel mantuvo su atención fija en Dmitri, cada palabra resonando como un eco en sus pensamientos. La atmósfera estaba cargada de expectación; todos sabían que lo que estaba en juego iba más allá de simples acuerdos comerciales.
Al terminar de leer el acuerdo, el abogado entregó la pluma y el documento a Gabriel, quien, con un gesto decidido, colocó su firma en el espacio en blanco justo al lado de la de Romanov. Con ese trazo final, se selló oficialmente el acuerdo entre ambas organizaciones, un pacto que resonaría en el submundo que ambos lideraban.
El documento fue cuidadosamente guardado de nuevo en el maletín junto a la pluma y este fue cerrado con un clic firme, como si encerrara no solo papel, sino también las esperanzas y temores de cada uno de los presentes. Ambas partes estaban de acuerdo; no había marcha atrás.
— Y con esto, damos todo por hecho — declaró el abogado con una voz que resonaba con autoridad, mientras se quedaba con el maletín y hacía una reverencia hacia ambos hombres. Su expresión mostraba una mezcla de satisfacción y respeto, consciente de la magnitud del acuerdo que acababa de presenciar.
Gabriel asintió hacia Dmitri, un gesto que simbolizaba tanto respeto como reconocimiento mutuo. Sin perder tiempo, ambos comenzaron a girar sobre sus talones para regresar a sus autos.
Mientras caminaban hacia sus vehículos, la brisa ligera traía consigo un aire fresco y renovador. Sabían que el sol pronto comenzaría a asomarse en el horizonte, trayendo consigo un nuevo día y, quizás, nuevos desafíos. No podían permitirse ser vistos por testigos indeseados; su mundo operaba en las sombras y debían mantenerlo así.
Al llegar a sus autos, intercambiaron una última mirada cargada de entendimiento. Cada uno subió a su vehículo; los motores rugieron como bestias despiertas listas para la acción. Con un último vistazo hacia atrás, se despidieron del lugar donde habían sellado su destino. La carretera se extendía ante ellos como un camino lleno de posibilidades y peligros por igual.
Con el alba acercándose rápidamente, ambos hombres se alejaron en direcciones opuestas.
El brillo verde de unos ojos esmeralda en los asientos traseros del auto donde se encontraba Gabriel se despertó y de inmediato miraron en su dirección.
— ¿Todo está hecho? — preguntó una voz suave pero precisa, como un susurro que cortaba la tensión del ambiente.
Gabriel sintió un ligero escalofrío al reconocer la voz. Sin embargo, mantuvo su mirada fija hacia adelante, dejando que el chófer condujera en silencio, mientras el motor del vehículo resonaba suavemente en el fondo.
— Todo — respondió Gabriel con firmeza, aunque su voz traía un matiz de inquietud. Sabía que el acuerdo firmado no solo sellaba un pacto de negocios; también traía consigo una serie de implicaciones que podrían cambiar el rumbo de sus vidas para siempre.
Los ojos esmeralda lo observaban con intensidad, como si pudieran leer cada pensamiento que cruzaba por su mente. Sonrió levemente, satisfecho con su respuesta.
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Me tienes a tus pies
RomanceQuizás el matrimonio arreglado no tenga nada de bueno, el convivir con una persona que apenas conoces y detestas con todo el corazón es muy molesto. Siempre escuchas esa voz en casa, los pasos de sus zapatos por el suelo, su mirada seria y crítica s...
