Es curioso cómo recuerdo hasta los detalles más insignificantes de ese día. No fue particularmente memorable para nadie más, estoy seguro. El gimnasio olía a sudor y madera vieja, el eco de los balones rebotando en las paredes era la banda sonora de nuestra rutina diaria. Pero, para mí, ese día marcó el inicio de algo más, aunque en ese momento lo hubiera negado.
El club de voleibol siempre fue un lugar que entendí. Todo tenía su lugar, su ritmo. Había una estructura que me hacía sentir seguro. Entonces llegaste tú, rompiendo con esa armonía como si hubieras nacido para desafiarla. El entrenador te presentó con esa mezcla de sorpresa y esperanza que siempre me resultó extraña. Te habías unido tarde, y, a simple vista, no tenías idea de lo que hacías.
Cuando te vi por primera vez, pensé que el entrenador debía estar loco. Tan alto, pero desgarbado. La torpeza con la que movías tu cuerpo me exasperaba. Parecía que tus extremidades no obedecían a ninguna ley conocida por el voleibol, y cada vez que intentabas moverte en la cancha, era como ver un choque inminente que no podía evitar.
Pero, aunque me irritabas, había algo en ti que no pude ignorar. Quizás fue esa sonrisa tonta que parecía pegarse a tu rostro incluso cuando cometías errores, o tal vez fue la forma en que te reías después de un tropiezo, como si todo fuera una broma que sólo tú entendías. Mientras los demás parecían resignarse a tu torpeza, yo, en silencio, te observaba. Y aunque me enorgullezco de no haberlo admitido entonces, fue en ese momento cuando algo cambió.
A veces pienso en ese día y me pregunto por qué fue tan importante. Quizás fue porque, a pesar de todos los errores y tropiezos, no te rendiste. Quizás fue la forma en que insististe en encajar, en mejorar, incluso cuando todo el mundo sabía que serías un caso difícil. O tal vez fue porque, desde el primer momento, vi algo en ti que los demás no parecían notar.
En ese momento, no lo sabía, pero hoy puedo verlo con claridad. Algo en tu desorden me hizo darme cuenta de que la perfección, al menos la mía, siempre había sido rígida, fría. Tú, con toda tu torpeza y errores, trajiste algo diferente a mi vida, algo que nunca supe que necesitaba.
Nunca olvidaré ese primer balón que no lograste atrapar. Fue casi patético, un espectáculo que me hizo apretar los dientes. Pero no te importó. Reíste, te rascaste la cabeza y pediste intentarlo de nuevo. En ese instante, me di cuenta de que algo en ti me molestaba, sí, pero también... me intrigaba.
Y así fue como todo comenzó. Un tropiezo tras otro, un error tras otro. Poco a poco, tu torpeza dejó de ser una molestia y comenzó a parecerme, en algún nivel extraño, reconfortante. Porque, sin darme cuenta, lo que había considerado desordenado y caótico empezó a llenar un vacío que no sabía que tenía.
Y, aunque en ese entonces no lo comprendía, ahora sé que ese fue el día en que algo importante comenzó a formarse. Algo que, incluso cuando ya no está, sigue aquí, persistente, como un eco que no puedo hacer callar.
Ese fue el día que te conocí, aunque no lo supe en ese momento.
Oops! This image does not follow our content guidelines. To continue publishing, please remove it or upload a different image.