El gran día... creo

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La luz matutina se filtraba a través de los ventanales de la majestuosa Mansión Cohen, iluminando tenuemente la habitación de Astrid. Sentada frente al espejo, deslizaba la brocha de maquillaje sobre su piel con movimientos lentos, casi mecánicos. Su reflejo le devolvía una mirada vacía, un destello de melancolía oculta bajo el impecable delineado de sus ojos.


No quería estar allí. No quería regresar a la Ciudad de México. La idea de enfrentar de nuevo aquel mundo del que una vez huyó le oprimía el pecho, como una sombra que acechaba en los rincones de su memoria.


Su madre apareció detrás de ella en silencio, sus ojos reflejaban el peso de los años y las batallas que ambas habían librado. Sin decir una palabra, rodeó los hombros de Astrid con sus brazos y la atrajo hacia sí en un abrazo cálido y protector.


—Que el pasado no afecte tu presente, mi amor —susurró con voz serena, dejando un beso sobre su cabello.


Astrid cerró los ojos un instante, sintiendo cómo su madre, su único pilar, trataba de sostenerla incluso cuando su mundo parecía tambalearse. Tomó aire, forzó una sonrisa y volteó a verla.


—Mami, tú eres la razón por la que sigo adelante —dijo con voz temblorosa, pero firme—. Te amo.


La mujer le acarició el rostro con ternura, como si pudiera borrar con sus manos cada herida del pasado. Astrid, por primera vez en mucho tiempo, permitió que aquella sensación de amor la envolviera por completo. Aún tenía miedo, pero al menos no estaba sola.


En la pequeña habitación de su hogar, Iñaki Toledo abrochaba los últimos botones de su uniforme con manos ligeramente temblorosas. El escudo de la prestigiosa Elite Way School resaltaba en la tela, como un recordatorio constante de que estaba a punto de entrar a un mundo que no le pertenecía.

Por un momento, se permitió sonreír. Estaba emocionado. No todos los días se tenía la oportunidad de estudiar en una escuela de élite, rodeado de hijos de empresarios, políticos y celebridades. Pero la emoción se desvaneció tan rápido como había llegado cuando bajó la mirada y vio sus zapatos gastados. Un golpe de realidad lo sacudió. No importaba cuán impecable estuviera su uniforme, esos detalles hablarían por él antes de que pudiera siquiera abrir la boca. Él no encajaba.

Suspiró, tratando de apartar esos pensamientos. Se acercó a la ventana y, en ese instante, vio a Daniel Zabala salir de su casa con el mismo uniforme. Iñaki lo observó por un segundo. Él sí entendería lo que era ser "el diferente" en un lugar como ese.

Sin pensarlo dos veces, tomó su mochila y salió apresurado, alcanzándolo antes de que se alejara demasiado.

—¿Listo para el primer día? —preguntó con una sonrisa que intentaba ocultar su nerviosismo.

Daniel lo miró de reojo y asintió con una leve sonrisa.

—Listo para sobrevivir, supongo.

Iñaki soltó una leve risa y, por primera vez en la mañana, sintió que quizás no estaría completamente solo en aquel nuevo mundo.


Iñaki y Daniel caminaban a paso firme, aunque en el fondo ambos sabían que lo que les esperaba dentro de la Elite Way School no sería fácil.

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