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Pensamiento = cursiva 

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—No podemos dejar que siga avanzando.

—¿Pero estás seguro de que lo va a lograr?

—¿No ves los videos de ese maldito científico? Se nota que la probabilidad es alta.

—Hay que matarlo antes de que complete su investigación. Pero, ¿cómo? Ya tiene una gran cantidad de seguidores que lo apoyan.

—¿Por qué ese científico que habla tres o hasta seis horas de ciencia pura en sus videos tiene tantos fans?

—No lo sé, pero se atrevió a decir el nombre de nuestra compañía por si desaparece...

Me mantuve en silencio mientras esos cerdos millonarios debatían cómo eliminar a su nueva amenaza. La reunión se desarrollaba en una sala ridículamente ostentosa: paredes con detalles dorados, una mesa de madera refinada, asientos de terciopelo rojo, lámparas de cristal incrustadas con joyas y una alfombra tan suave que apenas amortiguaba el peso de su codicia.

Y ahí estaba yo, en medio de su miseria disfrazada de poder, esperando la orden.

¿Aumentó el precio?

Tan obsesionados con su dilema que no notaban mi impaciencia. Saqué un cigarro del bolsillo, lo giré entre los dedos, pero no lo encendí. Aún no.

El problema que los alteraba tenía nombre: Dr. Xeno, un exinvestigador de la NASA que, por razones desconocidas, había abandonado su puesto para convertirse en un científico independiente. A diferencia de otros genios limitados por la falta de recursos, él había nacido en cuna de oro.

Al principio, su trabajo no les preocupó. Hablaba sobre el espacio, la exploración, teorías avanzadas... Nada que amenazara directamente sus bolsillos. Pero luego decidió incursionar en la medicina. Y ahí todo cambió.

Xeno afirmaba estar en proceso de desarrollar una cura para el cáncer. Accesible. Eficiente. Segura.

Su propuesta era convincente, tanto que ganó miles de seguidores en redes sociales. Al principio, estos ancianos intentaron frenar su avance con las tácticas de siempre: contratar médicos para replicar su investigación, comprarle la patente, desprestigiarlo con campañas falsas, incluso meterle presión legal.

Nada funcionó.

Era demasiado inteligente. Cada intento por derribarlo solo servía para reforzar su reputación. Solucionaba cada obstáculo con lógica.

—¿Por qué tuvo que meterse en la medicina? Debería haberse quedado contando estrellas... —refunfuñó uno de los empresarios, revolviéndose el cabello con frustración.

—Lo mismo me pregunto. ¿Cómo pasó de ver estrellas a querer curar enfermedades? —murmuró otro, derrotado.

—Si esto sigue así, será el fin de nuestra compañía —sollozó el jefe del grupo, limpiándose las lágrimas con un pañuelo que probablemente costaba más que el salario anual de un médico promedio.

El entusiasmo inicial con el que discutían estrategias de eliminación se había convertido en un murmullo resignado. Por más dinero y poder que tuvieran, les aterraba enfrentarse a alguien que no podían comprar ni silenciar.

Subiré el precio.

—Un accidente —dije finalmente.

Las cabezas de los millonarios se giraron hacia mí de inmediato.

—¿Accidente? —repitió el jefe, incorporándose de golpe. Sus ojos, aún brillantes por las lágrimas, ahora destellaban con algo parecido a la esperanza.

—Sí. Un accidente creíble. Algo que no levante sospechas, algo que sus seguidores y el mundo entero acepten como una desgracia inevitable.

—Pero... ¿será suficiente? —dudó uno de ellos—. Si se hace mal, podrían señalar a la compañía.

Me miraron, expectantes.

Encendí el cigarro con calma, dejando que el humo escapara lentamente de mis labios antes de responder.

—Puedo hacerlo.

Intercambiaron sonrisas satisfechas.

—Bien, Stanley. Te encargamos que mates al Dr. Xeno.

Cuando todo falló, solo quedaba un último recurso: yo.

Ahora tenía un nuevo trabajo.

Matar a aquel científico.

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Mi guardaespalda, Mi Enemigo (Stanley x Xeno)Stories to obsess over. Discover now