💳 : 𝐌𝐎𝐍𝐄𝐘 𝐌𝐀𝐂𝐇𝐈𝐍𝐄

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No era la primera vez que Spreen la cagaba con cosas como esa. Es un hombre de negocios, su agenda está siempre llena y, aunque ama a Roier con toda su alma, a veces su cerebro de empresario se olvida del resto del mundo.

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Roier amaba, adoraba y veneraba a su esposo... pero había momentos en los que lo quería tirar por el balcón.

—¿Me estás diciendo que cancelaste nuestra reserva en el restaurante porque "pensaste que no era tan importante"? —el tono de Roier era peligroso, sus ojos entrecerrados y los brazos cruzados.

En cambio, Spreen, de manera despreocupada, le sostuvo la mirada desde el asiento del sofá.

—No es para tanto, podemos ir otro día.

—¡Ese "otro día" era HOY! ¡Lo planeamos con semanas de antelación!

Cuando Spreen vio el ceño fruncido de Roier por su creciente molestia, se levantó del sofá.

—Pero, Roro, es solo un restaurante... —intentó razonar Spreen, acercándose para tomarle las manos, pero el castaño no tardó en apartarlo.

—No era "solo un restaurante", era una cita. Tú y yo, sin trabajo, sin llamadas, sin reuniones —al no oír respuesta, soltó un bufido. —. Pero claro, ¿cómo te va a importar estar unas horas con tu esposo, si tienes una empresa que dirigir?

Spreen suspiró, sintiéndose mal, culpable, porque lo era.

—Perdoname, no pensé que significara tanto para vos-...

—Ese es el problema, Spreen, nunca piensas.

Y con esa última frase, el castaño se giró y salió de la habitación.

Spreen volvió a suspirar cuando la puerta se cerró de golpe tras él.

Sabía que la había cagado.

Roier no era una persona exigente; era demasiado comprensivo. No se quejaba de que su esposo trabaje demasiado ni de que a veces se quede hasta tarde en la oficina. No hacía berrinches cuando Spreen tenía que viajar por negocios, y cuando estaban a solas, nunca le echaba en cara el poco tiempo que pasaban juntos, solo se centraba en disfrutar del momento.

Así que, cuando Roier sí se molestaba con él, Spreen sabía que se había pasado de imbécil.

La puerta volvió a abrirse, y el azabache tenía la esperanza de que fuera su esposo para poder rogarle de rodillas que lo perdone.

Pero solo era Shadoune, su asistente.

—La cagué. —se masajeó el puente de la nariz.

—Efectivamente, señor Dobluque. —respondió Shad, que se encontraba cerca con una bandeja de café.

Spreen alzó la cabeza y lo miró con el ceño fruncido.

—¿Desde cuándo das vos opiniones?

—Desde que se las gana, señor.

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A Spreen le encantaba su vida, le encantaba su trabajo y, sobre todo, le encantaba Roier. Pero también era consciente de que su cerebro estaba programado para priorizar la empresa antes que cualquier otra cosa. No estaba acostumbrado a que las personas le importen un mínimo.

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