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No vas a impresionarte ni por un segundo cuando te diga que nada nunca pasa en este minúsculo pueblo. Todos los días son insoportablemente iguales. Arriba a la seis, desayunar y estar lista para las siete, llegar a la escuela a las ocho y media y volver a casa a las catorce. Dormir la siesta, a veces hacer la tarea, pero normalmente trabajar en los arreglos que tenga esa semana. Es bueno que todas las semanas, sin excepción, siempre haya al menos un arreglo. Todavía no tengo máquina, pero soy muy buena cosiendo a mano y todos en el pueblo me reconocen por eso.

Me gustaría decir que sueño con irme a la ciudad y volverme diseñadora, pero no soy tan ingenua. La vida que yo quiero es cara y en mi familia apenas tenemos para comer. Familia es una palabra que nos queda grande incluso. Somos papá, mamá y yo. Mamá es ama de casa y papá vive de hacer changuitas. Yo ayudo desde que era chiquita trabajando como costurera. A veces también vendo algunos accesorios en las ferias de la zona. El pueblo es tan chico que no hay realmente muchos eventos ni oportunidades para vender a otros.

Aldana, mi mejor amiga, vuelve hoy desde Buenos Aires. Me entusiasma mucho verla porque siempre tiene el generoso y hermoso detalle de traerme varios presentes cuando sale de viaje. Quizás sea inapropiado, por mis orígenes tan humildes, pero me encantan las cosas. Sé que cosas es un término muy vago e impreciso, pero es exactamente lo que me gusta.

En sus últimas vacaciones, Aldana me trajo unas perlas y mostacillas con las que pude hacer unas pulseras y collares que vendí muy bien. También me compró una remera de una marca reconocida de Buenos Aires. Me queda tan elegante. No puedo explicarles lo feliz que soy cada vez que la visto. Otra cosa que me trajo fueron unas brochitas para el maquillaje, un perfume y varios broches de pelo. Lo que para Aldana son "unas cositas" para mí son lo que nunca me podría permitir. Por eso me entusiasma su vuelta.

Creo que a todos los que nunca salimos del pueblo o la provincia nos encanta, cada vez que vuelve, escuchar todas las anécdotas de Aldana y ver con detenimiento las miles de fotos que sacó con su teléfono, cámara o tableta. Yo creo que si algún día voy a Buenos Aires voy a ser capaz de moverme como si ya hubiera visitado la ciudad cientos de veces. Al menos por los lados en que anduvo mi mejor amiga.

Otra cosa que me gusta mucho de cuando Aldana vuelve de sus vacaciones es cuando me muestra todas las cosas que se compró. Es nuestro ritual que me invite a merendar a su hermosa casa de dos pisos. Comemos siempre en el patio de la planta baja, bajo una sombrilla, algunas de las delicias que haya traído para compartir junto con un mate o —según la época— un té especial, un submarino, una limonada, un licuado o incluso un smoothie. Todo hecho con insumos del lugar al que haya viajado.

Después, ella me lleva hasta su habitación y, en el camino, pierdo mi mirada en los distintos lugares de la casa, apreciando algún adorno que han cambiado por otro nuevo, algún mueble que han remplazado por otro más moderno, algún arreglo o mejora en proceso que hará de su casa la más lujosa del pueblo. Siempre es en este punto cuando le pido permiso para ir al baño —el de los invitados— y disfruto de contemplar mi reflejo en su enorme, luminoso y coqueto espejo. Es tan linda la iluminación en esa parte de la casa. Incluso cuando era chica empezaba a hacer todo tipo de ademanes e interpretaciones, fingiendo que lo que miraba en el reflejo era una pantalla. La casa de Aldana tranquilamente podría aparecer en una telenovela. Si bien es una casa modesta para ciudades grandes, al punto que no se le puede decir mansión, en nuestro pueblo es algo que solamente su familia se puede permitir.

Al término de mi visita al baño, subo por las escaleras y paso al espacioso y luminoso dormitorio de Aldana. Me encanta que tenga una enorme biblioteca poblada de libros. Yo no leo tanto o, más bien, leo libros menos complejos que ella. Cada vez que voy, ella, que sabe que a mí se me hace muy difícil acceder a un libro, me permite llevar uno o dos para que me entretenga unas semanas. Cuando se los llevo de regreso, muchas veces me permite llevar otros. Es importante que no me los quede mucho tiempo y devolverlos impecables. Me acuerdo de una vez en la que se me marcó uno porque papá le apoyó sin querer la pava del mate casi hirviendo y Aldana dejó de prestarme libros por seis meses. Fue su mamá quien, cuando supo que había dejado de leer, la retó y le indicó que volviera a compartirme. Desde entonces, siempre me aseguré de cuidar sus libros como un tesoro. Hasta le hice varias funditas para que los pudiera trasladar sin que se estropearan.

Además de la enorme biblioteca, la computadora, su smartphone, la televisión de alta definición de pantalla plana y la bicicleta fija, lo que más me da envidia del cuarto de Aldana es su vestidor. Tiene un armario del tamaño de mi cuarto lleno de ropa. Aldana es tan, pero tan buena que muchas veces me ha prestado sus prendas. Es un poco inútil porque nuestras tallas son muy distintas y a lo que ella le va bien a mí me queda como un poncho, pero igualmente disfruto de probarme su ropa, de desfilar con sus carteras y usar sus zapatos. ¡Ay, soy tan afortunada de calzar lo mismo que Aldana!

No quiero que deje nunca sus viajes. Esa tarde, mientras merendamos unas tazas de té de hierbas que compró en su última visita a Buenos Aires y compartimos unos bombones de una confitería muy reconocida, Aldana rompe mi ilusión con una sola sentencia:

—Espero que los disfrutes porque va a ser la última vez que traiga de allá.

—¿Vas a vacacionar en otro lugar? —pregunto dubitativa.

—No. Voy a irme a estudiar. Tal vez solo vuelva para las fiestas de fin de año. Pero sinceramente preferiría ir a vivir allá y no volver nunca. Mamá y papá podrían visitarme seguido y, bueno, nosotras... ¡podemos hablar por teléfono!

Sé que Aldana dijo eso para ser amable. Pero lo cierto es que no podríamos hablar por teléfono porque en mi casa no hay uno. Si Aldana necesitara decirme algo con imperiosa urgencia, no tiene otra que llamar a La Chola, la vecina de al lado, que gentilmente me pasa el recado. O así fue las dos o tres veces que sucedió.

Si Aldana se va se corta para siempre mi contacto con el mundo exterior. Sigo sonriendo y no dejaré de hacerlo toda la tarde, mientras Aldana y yo repetimos nuestro ritual. Cuando me despido y me tengo que volver a casa, una angustia me invade el pecho y se me escapa un gemido incontrolable.

Ni siquiera todos los presentes que me trajo en esta ocasión podrán contenerme: en adelante, me quedaré encerrada para siempre en este aislado pueblo.

La CampanaWhere stories live. Discover now