Frente a sus ojos solo había oscuridad: no había forma de entender dónde se hallaba. Su corazón palpitaba tan fuerte que parecía sobresalirse de su alma. Escasamente podía visualizar lo que había en aquel lugar oscuro. Sentía como si sus ojos se hubieran cegado por completo. Su piel concebía un frío penetrante, que parecía que sus huesos se quebrantaban con una mayor facilidad. No deseaba proveer pasos por aquel lugar, porque el miedo hacía que su cuerpo se derrumbara. Llevaba una turbulencia de sentimientos en ella, que le ocasionaba una gran desesperación y le emergían un par de lágrimas en su mejilla. «¿Dónde estoy?, ¿qué hago aquí?», son las preguntas que ella se hacía.
Una mujer de piel blanca, con cabello negro y desordenado, apareció como espíritu andante frente a ella, como si fuese un faro reluciente que despojaba la oscuridad en el fondo del lugar. Aquella desconocida llevaba encima una bata blanca, que la cubría como si fuese una persona en tratamiento psiquiátrico. La mujer de gran misterio levantaba la cabeza lentamente, y reflejaba una miraba fija e inmóvil. Acarreaba consigo una tristeza muy marcada, que le manifestaba angustia y dolor. Comenzó a hacer un gesto con la mano derecha, que le indicaba que debía salir de inmediato de aquel lugar. Fue así cuando ella decidió caminar rápidamente en sentido contrario, en obediencia de aquella mujer; sin embargo, todo continuaba a oscuras y no podía apreciar el camino con claridad. «Corre, corre, corre», gritaba la mujer pálida, y eso era lo que ella intentaba. Por lo que decidió marchar con una gran desesperación y sin mirar atrás. La angustia que llevaba era tenaz al sentir que la oscuridad seguía allí, que sus pasos no daban respuesta a la petición de la extraña. Permanecía en el mismo sitio, como si la penumbra se ensañara mañosamente contra ella. Luego, sus ojos se hallaron plasmados frente a una luz que emergía mansamente en el camino oscuro. «Quizás sea la salida», pensó. Y la luz amarillenta se había convertido en el objetivo para escapar; para volver a la vida, a respirar, y para sentir que se encontraba con los suyos. Dio un impulso y comenzó a correr, pero se sentía cansada, agobiada, preguntándose, además, por qué no podía alcanzar la deseada luz brillante, y era un esfuerzo en vano. «¡No puede ser! ¿Dónde estoy?», seguía cuestionándose.
«Quiero salir de aquí», era el pensamiento que posaba en su mente. De nuevo, observó a aquella extraña mujer, pálida, deprimida; con su vestido blanco, y que lloraba sin cesar. Apareció en el lado contrario del camino oscuro. La mujer descendió su cabeza lentamente y, al mismo tiempo, comenzó a caminar despacio hacia ella. Con gran detenimiento la observó, pero no lograba ver su rostro porque el cabello negro de la aparición andante la cubría en su totalidad. El miedo le paralizaba la voz para preguntar quién era y solo sus ojos se paseaban sobre la bata que llevaba puesta. Una bata de un blanco reluciente por la que, debajo de esta, sobresalían sus pies descalzos.
Empezó a observarla como si fuese una cámara en modo de grabación; de los pies hacia arriba. Pero, repentinamente, la mujer misteriosa ya no era la misma. Ahora lucía un cambio inesperado: poseía un vestido negro, como si asistiera a una noche de funeral. Su rostro aún no era expuesto; solo su cabello negro podía precisar. Luego, la mujer alzó la cabeza lentamente y mostró una mirada macabra y aterradora; en la frente, llevaba una estrella de cinco puntas que, al parecer, se había provocado con un objeto punzante. Perezosamente, ofreció una sonrisa y expuso una dentadura amarilla, como si tuviese dientes de oro. Al mismo tiempo que sus ojos estaban muy abiertos y reflejaban un color púrpura sobre el iris, carcajeaba sin parar, como ofreciendo una burla eminente de que ella jamás podía escapar de la oscuridad eterna.
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La cueva del diablo
ParanormalLeticia Streignard una joven estudiante de periodismos del pueblo de Villa libre, siente como su vida se va apagando desde que hace un año fue ultrajada por un hombre. Sin embargo, hay algo más en su vida que la coloca en un plano de desgracia, debi...
