La rutina

3 0 0
                                        

Era un día caluroso en el fraccionamiento, la pradera, por la carretera 68. El aire estaba seco que quemaba la garganta, el sol quemaba ardiente sobre la piel, era normal no ver a nadie en las calles de aquel pueblo en construcción, pero Leonor había descubierto que cerca había un paraje mejor que estar frente al aire acondicionado dentro de casa, como todos lo hacían, o podían, afuera podias poner un huevo en la acera y este se cocería en cuestion de minutos.

Si Leonor tenía la suficiente fuerza de voluntad de aguantar hasta su pequeño auto de segunda mano, que ya le fallaban varias cosas, incluyendo el aire acondicionado, manejaba durante 30 minutos bajo el ardiente sol. Sin tráfico en las calles por supuesto. E iba con la ventana abierta esperando que el aire de afuera llegará y refrescara su rostro, pero aún no se decidía si era mejor o peor tener la ventanilla abajo. Después de que el aire empezará a enfriar, solo un poco sabía que estaba más cerca, llegando a la carretera, corria otros 7 minutos calles adentro del bosque hasta un pequeño lago, donde el clima bajaba de los 40° hasta los 20°, el ambiente ahí era precioso, valia la pena pasar por aquella tortura con tal de tirarse en el pasto. Miraba a sus alrededores ya conocidos para ella y solo para ella, se agradecía de ser una mujer soltera, pues así se aseguraba de guardarse el secreto, pues no se podía confiar de hombres o niños, que gustan de presumir sus hazañas o simplemente soltar la lengua. Leonor lo sabía bien, había pasado ya por 4 relaciones diferentes en los últimos dos años, una peor que la anterior, entones decidió probar celibato, y sabía mejor de lo que le habían contado. Claro a veces le dolía reírse sola de chistes en la televisión, o de los libros que leía, además de no poder contarle a nadie cuando había tenido un mal día, por otro lado, podía poner lo que ella deseaba en televisión, leer sin o con música de fondo de su elección, si llegaba con un estrés del trabajo, podía gozar de su silencio que la abrazaba. Para ella este paraje perdido en la carretera era eso, silencio absoluto de la sociedad, aire humedo mojando sus mejillas, aves canturreando por entre las ramas, a veces si tenía mucha suerte podía ver algunos patos, le encanta ver como se sumergen dejando sus patas al aire para luego salir y sacudirse el agua de sus plumas hidrorepelentes, ver tanta vida presa silvestre le daba esa confianza extra. De su mochila, que siempre llevaba a ese paraje, sacó sus provisiones para estos momentos, una botella de agua, no quería llevar algo más azucarado o con alcohol, odiaba el alcohol, queso de su elección, en esta ocasión fue una bola de provolone que acompañaría con unas galletas saladas, un poco de jamón y uvas, a muchas personas les daría un ataque al corazón de ver como comía todo aquello, pero justo eso la alegraba, que nadie ahí la juzgaba, saco su cuchillo favorito, que siembre llevaba para los quesos y comenzó a comer.

Pero como todo lo bueno que hay, también debe de terminar, volvió a casa ya que el clima estaba bajando, al menos manejar de vuelta siempre era más comodo.

Al aparcar en su casa notó que en la casa de adelante se mudaba alguien, entre tantas personas moviendo muebles, no sabía si se trataba de una persona, una familia, o sabra Dios, mientras no hicieran ruido no le importaba. Entro en casa, limpio sus herramientas, y preparo toda su rutina de noche, bañarse, cenar en silencio, meditar o leer y después ir a la cama, así era la rutina que tanto le había costado conseguir. Iba a mitad de la rutina cuando un retumbido de una bocina la sobresalto, corrió hacía su ventana y ahí estaba, una fiesta justo enfrente de su casa. Salió con furia, abrochando su bata, estuvo a punto de gritar buscando a los responsables, pero antes un hombre de quizá unos 26 años se acerco a ella.

-Hola vecina, lamento todo el ruido, pero es la fiesta de bienvenida, termineremos temprano.

Leonor percibió de inmediato el aroma a alcohol en su aliento, sintió asco, a leguas se notaba que era un muchacho riquillo, probablemente eran sus padres quién habían comprado la casa con tal de librarse de él, o solo con afán de seguir consintiendo a su aberración, la discusión no avanzo mucho, Leonor sabía bien que con gente que no escucha es mejor no discutir, lo aprendió con su penúltimo novio, el día siguiente fue peor, no pudo pegar ojo, estaba tan estresada que tuvo que repetir su reporte tres veces antes de que quedara, algo que antes podía hacer perfectamente en 5 minutos. El día siguiente no fue mejor, Richy o el mal nacido o cualquier otro insulto, como Leonor había decidido dirigirse a él, mintió de nuevo, una fiesta detrás de otra, incluso cuando él estaba solo, podía ver sus silueta a través de las ventanas bailando ridiculamente en soledad y posiblemente desnudo. Leonor no pudo disfrutar de su silencio, tampoco de su comida, cuando se dio cuenta todo se altero, su comida ahora estaba fría, tardaba tanto tiempo en concentrarse que todo se enfriaba, su cabello comenzó a anudarse, ya no podía dedicarle el mismo tiempo a acicalarse, sus sabanas empezarón a sentirse incomodas, su ropa sucia se acumulaba como las veces que escuchaba las mismas canciones, ahora entendía que su primer suposición era cierta, los padres del mal nacido le habían comprado esa casa en el rincón más recondito del mundo para deshacerse de él, pero Leonor no podía librarse de él tan facilmente, apenas había liquidado su casa, su auto funcionaba de milagro, y con su desempeño en el trabajo de estos días dudaba que le dieran ese aumento que le habían prometido meses atrás, la vida que ella con tanto esfuerzo había construido, un imbécil la había tirado con puras ondas de sonido.

Un día todo cambio, desperto a la mañana siguiente, por fin de un sueño reparador, su cuerpo trono, pero esta vez lo disfruto, escucho el silencio y lo gozo, medito como mucho antes no lo hacía, desayuno, esta vez caliente, tuvo que amarrar su cabello pero ahora por fin podría tratarlo, fue a su trabajo, esta vez rindio como hace mucho no hacia, terminó la mayoría de sus pendientes con una gran sonrisa, cuando volvió a casa el silencio continuaba, ella estaba tan feliz que limpio toda su casa, las copas de vino, las migas de pan regadas, la ropa desperdigada, ordeno de arriba a abajo, algunas salas más sucias que otras pero por fin todo volvio a donde debería y así fueron los siguientes días, los mismos que tardo en llevar su vida al mismo punto donde lo tenía antes.

Llego el fin de semana con un calor abrazador, un día de los más calientes del año sin duda, recordo entonces que hace tiempo no iba a su paraje soñado, tomo su mochila y guardo en ella sus tuppers con ahora queso camembert, un pan, un frasco pequeño de mermelada de fresa que había hecho el día de ayer, en cuanto salio la sed atacó su garganta y volvió corriendo por una botella extra.

Cuando volvió a salir unos oficiales estaban delante de ella, justo estaban por tocar, se refugiaban del ardiente sol debajo de su entrada, a leguas se les notaba que era un mal día para trabajar.

-Buenos días señora, disculpe las molestias, estamos investigando la desaparición de Richard, su vecino de enfrente.

Dijo el primer policía señalando la casa, a la vez que una gota de sudor resbalo por su cien.

-¿Cómo? ¿Desaparecido? pensé que había vuelto con sus padres hace días. -Respondio ella apenas acomodando la botella en su mochila.

-Por el contrario, llevan ya dos semanas sin saber nada de él, preguntamos a más vecinos, pero usted es la única cercana.

-Lamento no poder ayudarlos con ello, solo sé que su cuenta de la luz ahora debe ser más baja, siempre hacia fiestas, si no esta con sus padres o amigos yo puedo ayudar menos, pero si puedo ayudar con esto.

De su hielera le dio a cada uno una botella de agua, fría, ambos hombres la aceptaron gustosos, le desearon suerte con el calor del día y manejaron hacia lados contrarios, Leonor estacionó su carro, ahora se le había hecho casi imposible llegar, una botella de agua ya estaba vacia solo del camino, tendría que esperar mucho más para volver o no lo lograría. Ahora no corrió, camino hacia el lago, siguio el camino ligeramente marcado, mientras el aire humedo y frío ambientaba su cuerpo, por fin se sentía a gusto, se sento donde siempre, saco sus cosas, el pan, la mermelada, el queso y su última botella de agua. Cuando estaba por sacar su cuchillo para partir el pan, el queso y esparcir la mermelada, en ese orden, recordó que ya no tenía más su cuchillo y no lo había repuesto en su mochila. Miro al cielo desesperada, en días no había salido nada de su rutina hasta ese momento y por la misma persona.

-Maldito desgraciado, aún muerto me sigues jodiendo el día.

Grito hacia el lago, de mala gana empezó a comer con una cuchara que tenía, los cortes no eran precisos, y tuvo que cortar el pan con sus manos, definitivamente no olvidaría reponer su cuchillo, pero tardaría en encontrar uno igual a ese, que ahora estaba en el cuello de Richard que había quedado atrapado al fondo el lago, que quizá algun día alguien encontraría o probablemente no.

Antología para antes de dormirStories to obsess over. Discover now