La Dra. Elia Rho caminaba en silencio, con pasos calculados y la mirada afilada de alguien acostumbrado a buscar respuestas en el desastre, ya que había pasado los últimos tres años persiguiendo preguntas sin solución.
Noches en vela en laboratorios estériles, rodeada de informes incompletos y muestras selladas en vidrio, su trabajo no había sido fácil, pero siempre había tenido sentido... hasta que el ataque lo cambió todo.
El gobierno no lo llamó un ataque, lo etiquetó como un "evento crítico". Pero Elia sabía lo que había sido, una brecha. Algo había salido. Algo que no debería haber existido. Y ahora, después de semanas de silencio y censura, la habían enviado allí, la estación Delta-7 había dejado de transmitir hacía seis días. Lo último que recibieron fue una grabación llena de gritos y estática. Después, nada.
Elia no había pedido esta asignación. De hecho, había discutido contra ella. No era una soldado, ni una cazadora, trabajaba en mesas de acero, no en ruinas contaminadas. Pero el gobierno no estaba interesado en excusas.
—Eres la mejor en esto, Elia. —le había dicho el ministro de Investigación, con su voz grave y mirada de piedra—. Encuentra lo que pasó. Y tráenos respuestas.
Elia se había sentado frente al escritorio del ministro, sintiendo el peso del momento sobre sus hombros. El hombre, de traje impecable y mirada dura, entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Sé que no es lo que esperabas —dijo, su tono más calmado de lo que Elia esperaba—, pero necesitamos a alguien como tú. No solo alguien con tu conocimiento, sino con tu enfoque.
Elia desvió la mirada hacia la ventana. Desde allí, podía ver los Jardines de Oro en toda su perfección controlada. El lugar donde la ciencia había florecido, donde las respuestas se buscaban entre laboratorios y no entre ruinas. Abajo, más allá del bosque, estaba Metaterra, la zona donde exiliaban a los que ya no podían llamarse humanos. Y más allá, Alcalia, la ilusión de normalidad que había sido creada cuidadosamente por el gobierno para el resto de la población.
—Esto es un error —Gruñó—. Soy investigadora, no exploradora.
—Precisamente por eso te estamos enviando. Ya tenemos soldados, pero ellos no entienden lo que están viendo. No saben cómo estudiar estas cosas... cómo prevenirlas. Tú sí.
Elia apretó los puños sobre su regazo. —¿Y qué pasa si me encuentro con algo que no puedo manejar?
El ministro se inclinó hacia adelante. —No estarás sola.
Fue entonces cuando deslizó un archivo sobre la mesa. Elia lo tomó con dedos temblorosos y lo abrió. Tres expedientes.
—Alex Rowen —dijo el ministro, señalando la primera foto—. Especialista en combate cuerpo a cuerpo. Ha sobrevivido a más enfrentamientos de los que puedo contar. Si algo se pone violento, él será tu primera línea de defensa.
La segunda imagen mostraba a una joven de cabello oscuro y ojos serenos. —Maya Ishara. Tiene la capacidad de contener maldiciones mágicas. Una habilidad rara que hemos estudiado durante años. Confía en ella si la situación se descontrola.
El último expediente mostraba a un joven con gafas y una sonrisa desbordante. —Y Nolan Veidt. Científico. Como tú. Quizás un poco... excéntrico, pero brillante. Está emocionado de salir al campo, y puede ayudarte a analizar cualquier descubrimiento.
Elia cerró la carpeta y la dejó sobre la mesa. —¿Esto es todo?
El ministro asintió. —Es más de lo que tenían los últimos equipos.
Hubo un largo silencio antes de que ella se levantara. —¿Cuándo salimos?
El ministro esbozó una leve sonrisa, pero había algo frío en sus ojos. —Están preparando el helicóptero. Saldrán al amanecer.
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Metaterra; Tierra maldita.
FantasyEn un mundo asolado por una maldición que transforma a los humanos en criaturas monstruosas, Elia Rho, una científica inexperta en el campo, lidera una misión para desentrañar el origen de las mutaciones. Acompañada por un equipo inusual, deberá en...
