- Prólogo; Lazos Familiares. -

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Entre aquellos peregrinos que buscaban refugio dentro de una oscura urbe, se dedicaba un rosario para Nuestro Señor de Novak. El anciano Hakkan, sentado en una silla hecha de lo que quedaba del cuero de un borrego mal nutrido, hacía sonar las campanas de la pandereta al son de una canción cantada por una sacerdotisa de la tribu. El olor difuso del incienso combinado con la neblina del desértico panorama hacia difícil ver entre tanto furor. El resto de la tribu estaba sentada de forma en la que al ver desde el cielo se vería la silueta de un cuervo, buscando la bendición del santo. Fue ahí cuando al señor Kokomata II, le llegó una epifanía. El diablo no era color carmesí, no llevaba cuernos, ni tenía dientes afilados y apariencia de chivo. Si no que el tan temido Señor de Las Tinieblas tenía rabo de demonio, orejas de zorro, un aspecto más pálido que la nieve que había al norte y por lo mayor... Unos ojos profundos y vacíos color carmesí. La única forma de desistir de la desesperación y inquietud por riqueza del hombre era purificando el alma de los recién nacidos dejándole un sello de nacimiento que los protegía de cualquier rastro demoniaco dentro de su cuerpo.

Pronto habría una revolución dentro de la tierra, una dónde un ser perfecto emergeria del centro de la tierra, creado por el poder del Aura. Sería la creación de la forma definitiva de vida, el Geno. Un ser etéreo con capacidad de dar la vida y deshacerla si así lo quisiera. Era hora de que todos regresaran a su creador.

Pronto un guerrero de la Ciudad-Estado abrió las puertas a aquellos peregrinos para que entrarán, deslizó sus dedos por la dura madera de caoba que recorría toda la superficie de aquella entrada. Arriba estaban el General Jao, y su compadre de muchas copas Kirui. Hablaban sobre la princesa, que resistente hacia su padre, el emperador Makul, impidió de muchas formas su casamiento con príncipes de otras regiones aliadas a la del pequeño estado. Hasta que de la noche a la mañana, un joven por arriba de todos se apareció de la nada. Media unos 2,47 metros, llevaba un atuendo tradicional hecho de lino y lana de borrego, con tocados de lápiz lazuli en el cuello, un sombrero de paja con plumas de Oricorio, y dos grandes sacos de Plata y Oro. El hombre no parecía ser un Pokémon, parecía ser una especie ambigua, parecida a las representaciones del diablo de las tentaciones hechas por los Rapauíes. Aquello había pasado algunos meses antes, ahora mismo la señorita Clo'hi llevaba a un pequeño hijo en manos, resultado de la luna de miel de aquellos individuos.

Nadie sabe con exactitud como el hombre había conquistado a la princesa, era obvio su atractivo, muchos afirmaban que era el hombre más grande y fornido que hubieran visto, una cara muy fina con rasgos demasiado masculinos, además de una gran capacidad de trabajo y estudio. Pero ninguna de esas cosas parecía importarle a la muchacha, después de todo. Habían varios candidatos que habían sido elegidos por esas mismas características, además, era incierto el lugar de donde provenía.

Hace dos semanas había nacido un pequeño retoño, que pronto aprendería a caminar por su cuenta sin tropezarse. Su madre parecía tenerle algo de temor, ella decía que sus ojos reflejaban el vacío del infierno en ellos.

Mientras aquellos paseaban por las calles tierrosas de la ciudad, pasaron al lado del Chamán, quien reconoció aquella figura que había estado buscando hace tantos años. El lo reconoció como el Jauri, un señor del Inframundo Rapauí. Un hombre de alta estatura creado para infundir la tentación en las hembras de las diferentes especies y dar su semilla para crear monstruos.

Entre la neblina de la ciudad, y el humo del incienso, una gota de sangre derramó en el hermoso vestido de la mujer. Un puñal atravesaba su pecho, mientras todos caminaban al lado de ella. Parecían no percatarse de la muchacha. El siguiente fue el marido, el cual fue atravesado por una daga enterrada por el chamán mismo. Aquel demonio, antes de morir, maldijo a la raza de los Rapauíes, así como traspasar su propia maldición al cuerpo de su recién nacido hijo, antes de partir otra vez al Inframundo.

Entre la neblina de la ciudad, y el humo del incienso, una gota de sangre se derramó. Gota de sangre que se convertiría en un charco si no se detenia a aquel pequeño niño.

Fue abandonado por los monjes y chamanes de la ciudad, en medio del acalorado desierto del Hoenn Viejo. Lo que no sabían aquellos hombres cegados por el miedo, era que, habían hecho renacer el pecado dentro de un ser aún peor que cualquier demonio.

Un ser complicado, deprimido y adolescente.

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⏰ Última actualización: Jan 06, 2025 ⏰

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